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El amor en 8 minutos

El “speed dating” es el sistema ideal para encontrar pareja en tiempos de “relaciones líquidas”. Anónimo, veloz y sin profundidad.

Por Milagros Belgrano Rawson

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Primeriza?”, me pregunta una chica. "No te preocupes, va a estar todo bien", asegura con voz tranquilizadora. No espero a mi primer hijo ni estoy por someterme a una cirugía, pero, de repente, esta charla se torna muy lógica en el bar de Palermo Hollywood donde ambas esperamos el inicio de una sesión de “speed dating” ("citas rápidas"). Este sistema, inventado en los 90 por un rabino californiano para que los jóvenes de su comunidad encontraran pareja, permite que diez mujeres conozcan a diez hombres en mini-citas de 8 minutos. Lo que en su origen fue una actividad recreativa y gratuita para los judíos ortodoxos de Beverly Hills, en pocos años se transformó en un verdadero negocio. Series televisivas, como "Ally McBeal" y "Sex & The City", reflejaron esta modalidad que promete encontrar a la media naranja sin el estigma tradicionalmente asociado a los encuentros de "solos y solas". En la Argentina, desde el 2005, cuando se organizó la primera sesión de citas exprés, tres empresas se disputan este mercado, especialmente entre la gente de 40 años para arriba, en general reacia a frecuentar discotecas o foros de internet para solteros.

"Estamos en épocas de reciclaje, chicas. El sapo de una puede ser el príncipe de otra", dice Alejandra Campero –directora de una empresa de “speed dating”– a las mujeres reunidas en el bar mientras los hombres esperan en otro rincón del local. Como una especie de “coach del amor”, esta seductora boliviana anima a las participantes a "abrir sus mentes": quizá no conozcan a su "alma gemela", pero pueden encontrar un buen contacto de trabajo o una amistad. Lo importante es "pasarla bien" en un lugar "sano y seguro" – un "bar-restó" en alguna zona ABC1–. También aconseja "optimizar" nuestro tiempo y los $ 70 que cuesta cada encuentro. Si algún varón nos interesa, habrá que dispararle las frases y gestos de rigor, pero varias veces, porque "ellos sólo se dan cuenta de las cosas obvias", asegura esta suerte de Alessandra Rampolla andina nacida en La Paz y criada en Colombia, Venezuela y México. En los 90, se radicó en Buenos Aires, donde luego de un intenso estudio de mercado comenzó a organizar encuentros multicitas.

Terminado el “speech” de motivación, cada mujer se sienta a una mesa. Durante hora y media, no nos moveremos del asiento, por el que desfilarán diez varones, cada uno en un turno de 8 minutos que empieza y termina con el sonido de una campana. En un formulario, cada participante –que se presenta con un "nick" y nunca con su nombre verdadero– calificará a los candidato/as con términos como "amistad", "flechazo" o "sin afinidad". Para mi desconcierto, muchas de las participantes son atractivas, al igual que varios de los hombres presentes. Sólo uno de ellos parece reunir los rasgos que la psiquiatría forense reserva a los asesinos seriales. Pero uno sobre diez es mucho más de lo que puedo decir de la tasa de potabilidad de mis vecinos de edificio o ex compañeros de facultad. "Hay mucho prejuicio alrededor del ‘speed dating’. Se cree que aquí vienen los ‘freaks’", afirma Campero, que también dicta "seminarios de seducción" a algunas clientas. A todas, les dice que tienen que ser conscientes de "sus limitaciones": "Existen mujeres de 55 que me dicen: ‘Parezco de 45 y quiero uno de 30’", cuenta. "Les explico que no vendo hombres. Y que, aunque no aparenten esa edad, la tienen. Hay que ver si el tipo de 30 la quiere conocer a ella. Lo mismo ocurre con los cuarentones que buscan veinteañeras", indica. De modo que, en cada reunión –con rangos de edad previamente definidos al acreditarse–, cada cliente debe mostrar su DNI, "para no defraudar las expectativas de los demás".

En mi caso, el problema no es la diferencia de edad, sino el cansancio que sobreviene al entrevistar a los candidatos. Para mi cuarta cita –“Tuqui” es su seudónimo– ya estoy agotada. Por alguna extraña razón, y como si todos nos hubiéramos puesto de acuerdo, tanto mis entrevistados como yo utilizamos los 8 minutos para vendernos de la mejor manera posible, como si nos sometiéramos al examen de un exigente gerente de Recursos Humanos. Alguno tiene que ganar, parece ser la consigna. Tuqui me cuenta que tiene un empleo en blanco y que gana 1.500 pesos “más tickets”. Vive con la familia en el Gran Buenos Aires y no es de salir mucho. Mientras se acomoda el cinturón del pantalón, me confiesa que esto es lo más cerca que ha estado de una mujer en mucho tiempo. Me salva la campana y mi quinta cita se instala en su puesto. Cordobés, de 32 años, en un instante decido que es el amigo ideal. La empresa donde trabaja lo trasladó a Buenos Aires y esta es su tercera sesión de citas. No consiguió pareja, pero armó un lindo grupo para salir. Confieso que fue el único al que le di una mínima chance en mi “date card”.

Mi sexta cita, Charly08, cuenta que vino a acompañar a un amigo y lo pusieron en "lista de espera" porque había más chicos que chicas. Afortunadamente, una rubia que se había retrasado llegó al evento y él pudo entrar al juego. Más tarde, mientras espero el taxi que me devolverá a casa, descubro a Charly08 ocupado con la rubia, en un reservado. Días después, un e-mail de los organizadores me avisa que el chico me ha "flechado" y quiere contactarse conmigo. Enseguida, pienso en la rubia, que tal vez esa noche abandonó el bar segura de que la plata de la entrada estuvo bien invertida. Aunque quizás, al igual que en el caso de su esquivo muchacho, para ella sólo se trate de obtener la satisfacción instantánea y efímera que se siente al acumular tentativas de seducción en cada encuentro.

"Las argentinas son más lanzadas" que el resto de las sudamericanas, observa Campero. "Suelen encarar a los varones y es frecuente que rechacen un trago de un desconocido porque ‘después va a querer algo más’", nota divertida. Con los hombres locales, la empresaria no se muestra tan benévola: "Van al boliche y aún no te preguntaron el nombre, y ya te están tocando y queriéndote besar", se sorprende. Según ella, como en nuestro país la noche empieza a la madrugada, "a esa hora, los chicos llegan a la disco bastante alcoholizados", lo que repercute en la forma de relacionarse entre ambos sexos. También le sorprende la costumbre de bailar entre chicas o chicos solos. "Los que dicen que van al boliche a divertirse, mienten: todos buscan engancharse con alguien", asegura esta celestina de 32 años cuya autoridad en el tema parece haberse fortalecido desde que una pareja que se conoció en una de sus reuniones, se casó en septiembre pasado. Para Campero, el “speed dating” sólo representa una opción más en el mercado de los encuentros amorosos. En ella, los participantes no necesitan un teclado, un grupo de amigos o varias copas –en este ámbito, tomar de más está mal visto– para entablar conversación con el sexo opuesto: sólo se necesita una charla de 8 minutos que empieza y termina con un saludo cordial, como aconseja el instructivo. De hecho, las normas de cortesía juegan un rol importante: durante el encuentro, hay que ser atento, sonreír y apagar el celular, lo que en la era del sexo virtual y las relaciones efímeras resulta hasta curioso.

Aunque, para mí, se trató de un cuestión de trabajo, me pregunto, al terminar la noche, si volvería a ver a algunos de los hombres a los que conocí. Ocho minutos pueden alcanzar para saber si alguien te interesa lo suficiente como para encontrártelo por segunda vez. Y no mucho más. Lo ves, lo escuchás, conocés sus datos mínimos. Y todo en un clima agradable, respetuoso e incluso demodé.

Quizá la clave esté, justamente, en una "vuelta a los básicos", como rezaba la cruzada moral emprendida en los 90 por los conservadores británicos. Tal vez los desencuentros y la histeria que forman parte de los rituales argentinos de seducción desaparecerían si, como propone la publicidad de una marca de saladitos, "volvieran los lentos".

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