Sociedad | Relaciones

Padres con nuevo estilo

Artistas, empresarios y políticos hablan del vínculo con sus hijos y las claves para que “calidad” sea mejor que “cantidad”.

Por Milagros Belgrano Rawson

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Nunca tengas hijos, sólo nietos”, solía decir el abuelo del novelista Gore Vidal, quizás con la secreta idea de liberar a su único nieto -homosexual, por otra parte- del pesado mandato social que históricamente, ha obligado a la mayoría de los hombres a elegir una esposa para fundar una familia. Durante siglos, esta institución tuvo en el padre a la fuente de autoridad indiscutible, mientras que la madre se limitaba a repartir leche y mimos. Cuando, a fines del siglo XIX, el amor romántico comenzó a jugar un rol en el matrimonio, hasta entonces decidido por los padres de los contrayentes, se otorgó un lugar central a la maternidad, a costa de cuestionar el poder del padre. La capacidad de dar a luz pasó a definir a todas las mujeres, lo que sería denunciado por las feministas como el principal obstáculo a la libertad femenina. Sin embargo, en los 60, el acceso a la contracepción -y al aborto legal y gratuito en el Primer Mundo- harían de la maternidad una opción elegida y no padecida. Por primera vez, el deseo de paternidad de los hombres se hizo tributario de la voluntad de ser madres -o no- de sus parejas. Por otro lado, reformas legislativas y pruebas de ADN mediante, a los hombres se les hizo más difícil negar las paternidades que no quisieran asumir. Es justo ahí, en esta capacidad de las madres de “hacer” y “deshacer” padres, como escribía la francesa Christine Vincent, donde reside el poder de las mujeres y la angustia de los hombres. Ellos, que hasta hace medio siglo indicaban a la mujer su destino natural, la maternidad, son ahora obligados a convertirse en padres. En un contexto de familias recompuestas, monoparentales y homoparentales, de hombres que reconocen hijos que no han concebido, de fertilización asistida, de “parto anónimo” (figura legal que en muchos países europeos permite a una mujer no ser identificada luego de dar a luz y a abandonar a su hijo, dejándolo en manos de los servicios sociales), ¿qué lugar les toca a los padres modernos, que parecen haber perdido sus puntos de referencia?

Padres biodegradables. Hoy en día, sólo la maternidad es voluntaria, no la paternidad, denuncia Marcela Iacub, abogada argentina radicada en Francia y que se ha dedicado a provocar al “establishment feminista” francés con sus libros de derecho, donde demoniza a las mujeres y victimiza a los hombres, reducidos a meros portadores de esperma. Para esta especialista en bioética, la maternidad no es más “natural” que la paternidad, sino una construcción jurídica. En el diario Página/12, Iacub denunciaba que “aun en el caso de que sean los padres biológicos del chico, los hombres viven una situación imposible: por un lado se les pide que se dediquen al hijo como si fueran madres y por otra parte, cuando la pareja se separa, ya no pueden vivir con sus hijos ni criarlos”, indicaba. En ese contexto, el rol del padre queda cada vez más desdibujado.

Hijos huérfanos. En su último libro, el periodista y ensayista Sergio Sinay afirma que procrear un hijo es un accidente biológico, y que para transformar ese hecho en algo significativo se necesita responsabilidad y amor. Algo que, a su juicio, falta en la mayoría de los hogares argentinos, incluso en aquellos donde las necesidades básicas están satisfechas. Para Sinay, estos padres delegan la crianza de sus hijos en niñeras o en la escuela y terminan creando lo que él llama “hijos huérfanos”: adolescentes que deciden las compras familiares en el supermercado, que tienen teléfono celular y que se creen adultos. Chicos cuyos padres –muchas veces exitosos- tienen miedo a “ser autoritarios” y que, muchas veces, como indicaba el educador Jaime Barylko, temen a sus propios hijos. En este contexto pesimista, sin embargo, muchos logran ejercer la paternidad responsablemente, haciendo concesiones con sus parejas y sus carreras profesionales, logrando así un equilibrio entre sus vidas personales y la de sus hijos.

Para el escritor Federico Andahazi, padre de una nena de seis años y un varón de un año y medio, la paternidad lo convirtió en mejor persona. “Si para algo sirven los hijos es para educarnos. Antes de que naciera mi hija, yo era un escritor noctámbulo, que recién emergía a media tarde y que fumaba dos atados de cigarrillos por día. Con la llegada de Vera, dejé de ser el centro de mi propia vida”, afirma.

Modelo para armar. En su esfuerzo por ser buenos padres, muchos hombres intentan no repetir el modelo de sus propios progenitores. “De mis padres copio el afecto”, indica el conductor de radio Ari Paluch, padre dos hijos. “Lo que trato de no repetir son ciertos miedos que tenían. Pero en el fondo soy una ‘idische mame’, no reniego de mi herencia familiar”, admite. Por otro lado, muchos varones cuyos padres estuvieron ausentes en su crianza, intentan ejercer la paternidad sin ninguna receta. Andahazi, quien recién conoció a su padre a los 18 años, creció junto a su madre, que debía hacer malabarismos para criarlo sola. “Hizo un trabajo heroico porque yo era muy rebelde”, recuerda el escritor, cuyo único modelo a seguir es “no disimular las debilidades frente a los hijos. De hecho, creo que el mejor ejemplo que puedo darles es que vean mis defectos por sí mismos”. Por su parte, para el conductor y periodista Matías Martin, el ejemplo de sus propios padres es “una buena guía” a la hora de criar a sus hijos, Luca (8), Mía (2) y Alejo, de tres meses. “Pero yo pertenezco a otra generación y, si bien busco repetir muchas cosas que me inculcaron y con las que estoy de acuerdo, trato de trasladárselas a mis hijos con un perfil propio, y a mi manera”, dice. Para él, el sentido de la paternidad cambia todo el tiempo y con cada hijo: “Aunque a mis tres hijos los quiero al máximo, la relación con cada uno es muy diferente”, afirma.

Paternidad a los 50. Muchos hombres que fueron padres cuando eran muy jóvenes, vuelven a repetir esta experiencia con otras parejas y a una edad en la que sólo se hubieran imaginado jugando con sus nietos. Tal es el caso del empresario y ahora diputado Francisco De Narváez, quien a los 52 años tuvo a su cuarta hija, Milena, hoy de 4 años, y más tarde, a su quinto hijo, Juan, de apenas 1 año. “La paternidad a los 50 es diferente, la vivo con mayor intensidad”, dice De Narváez, quien admite que a diferencia de sus hijos mayores, a quienes durante su crianza sólo veía un rato a la mañana y otro por la noche, ahora tiene más tiempo para dedicarle a sus hijos chicos. “Los cambio, les doy la mamadera. En su momento, con los mayores no hice esto porque no tenía conciencia de lo importante que era. Lo cotidiano quedaba en manos de la madre de mis hijos”, admite el político. Por otro lado, valoriza la ayuda que tuvo de sus propios padres para criar a los mayores. “Cuando nacieron mis hijos menores, a mis viejos ya no los tenía a mi lado, lo que influyó en mi forma de ser padre”.

Algunos padres -muchos de ellos profesionales exitosos- se sienten culpables por el poco tiempo que dedican a sus hijos, quienes en la mayoría de los casos, terminan siendo criados casi exclusivamente por sus madres. “Me hubiera gustado tener más tiempo para estar con mis hijos cuando eran chiquitos”, se lamentaba en una entrevista Mauricio Macri, hace un año, durante las elecciones a jefe de Gobierno porteño. A pesar de que se esfuerza por llevar a sus hijos a sus clases de batería y danza, el periodista Luis Majul no puede evitar sentirse “culposo como cualquiera que labura mucho”, como confesaba a Noticias en un reportaje. Para Paluch, en cambio, en un padre “el argumento de la falta de tiempo es muy cobarde, son carencias humanas, imperfecciones. Yo no estoy todo el día encerrado en la radio trabajando, se puede combinar el trabajo con los hijos”, dice.

Otros padres intentan suplir sus ausencias por viajes y obligaciones con “rituales” que no admiten postergación alguna, como “comer pizza y empanadas tirados en la cama y mirando la tele”, como cuenta Fito Paéz que hace con sus dos hijos, Martín (8), al que adoptó con su ex pareja Cecilia Roth, y Margarita (3), que tuvo con Romina Ricci.

Mientras algunos padres se sienten culpables al darles todos los gustos a sus hijos, de Narváez admite “ser permisivo con mis chicos. Creo que hay un rol para el padre y otro para la madre, a la que le toca poner más límites”, dice. Para Paluch, las diferencias de sexo no están relacionadas con el reparto de tareas con su mujer, a quien, dice, deberle el ser un buen padre. “De hecho soy bueno gracias a la madre”, afirma. Para él, en cambio, el género influye en su relación con sus hijos, una nena de 8 y uno de 12, “que está en una edad complicada para darle besos, como hago con mi hija”. Pero con su hijo tiene “momentos de complicidad cuando lo llevo a la cancha de Boca o a recitales, el último al que fuimos fue el de Calle 13”, cuenta.

Más allá de las polémicas declaraciones de Marcela Iacub, para quien la fecundidad del vientre femenino sería el principal obstáculo para la igualdad entre los sexos, como ella misma afirma, el principio de toda filiación debería ser la voluntad de los padres de tener hijos y no el origen biológico. Así, la identidad de los genitores no sería más que un detalle y lo único que importaría sería el deseo de criar un hijo con afecto y responsabilidad.

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