Cultura | Alfredo Leuco (54)

Los 10 mandamientos del periodismo ético

En el marco del ciclo presentado por NOTICIAS y organizado por el Ministerio de Cultura porteño, el periodista disertó sobre “Ética y libertad de expresión”.

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Muchas gracias por venir. Les agradezco mucho que se interesen por lo que humildemente uno pueda decir en esta charla que va a ser muy coloquial, muy informal, porque no soy un conferencista. Soy apenas un periodista y no puedo resistir hacer un pequeño comentario de periodista. Gianni Vattimo planteó en el marco de este ciclo referido a la Ética, que algunas estructuras rígidas de la Ética, a veces, se transforman en opresión. Este es justamente el tema de la película “Cuestión de principios” sobre guión de Fontanarrosa, con la actuación de Federico Luppi. Si tienen oportunidad de verla, no se la pierdan. Muestra cómo la rigidez de la Ética en una persona de bien se transforma en una suerte de cárcel. No sé hacer otra cosa que periodismo, por lo que voy a tratar de darles mi visión de la Ética desde el periodismo.

Los diez mandamientos. Les quiero confesar que no soy una persona religiosa. De todas maneras, creo que el ADN, la génesis de la Ética se puede encontrar fácilmente en los diez mandamientos. Es una guía para una persona de bien y para cualquier periodista que quiera ser una persona de bien. El ejercicio ético de la libertad de expresión se puede resumir en esos sencillos preceptos: “No robarás”, “No levantarás falso testimonio”, “No mentirás”. A partir de estos cimientos, uno se puede construir su propia ética profesional. Es una vuelta a la responsabilidad social, a la justicia, a la verdad. Yo sé que es una mochila muy pesada, pero puede funcionar como utopía, como el motor que debe mover a los periodistas y a los medios en su búsqueda.

La ética periodística para Albert Camus, se resume en “justicia, honor y felicidad”. Él dice: “Podemos no saber cuál es la verdad, pero sabemos muy bien cuál es la mentira, y podemos dormir tranquilos diciendo cada noche ‘hoy no hemos mentido’ ”.

A propósito y para romper el hielo les cuento un pequeño chiste en contra de nosotros, los periodistas. Lo contaba un inglés maravilloso que se llama Chesterton. Él decía: “¿Saben cuál es la diferencia entre un cirujano y un periodista? El cirujano entierra sus errores y el periodista los publica”.

Hay otra frase que es muy cruel con nosotros, pero bastante cierta en muchos casos, debo reconocerlo ya que estamos hablando de Ética: “Un periodista es aquella persona que está completando su formación en público”. Otra frase dice: “Un periodista es una persona que tiene un océano de conocimientos, pero de dos centímetros de profundidad”. Así somos muchos de nosotros. Pero también hay una buena enseñanza que dice: “Un buen periodista debe tener más respeto por la verdad que por la ideología”. Es un buen consejo.

Yo soy producto de la Universidad de los años ’70 y, obviamente, la ideología era lo que articulaba, lo que nos daba una visión del mundo. Pero ahora hay una corriente moderna muy interesante que habla de la ideología, de cualquier tipo de ideología, como una forma de autoritarismo. Si uno ya tiene preconcebidas cuáles son las principales verdades, trata, en muchos casos, de acomodar la realidad a esas verdades ideológicas preconcebidas y se transforma en una especie de autoritario con uno mismo y con la realidad.

Al lado de las víctimas. Me pregunto si alcanza con no robar y con no mentir para ser un periodista ético. Creo que no. Me parece que hay que agregarle una cuota de humanismo que haga de este oficio un servicio público aunque esté en manos privadas. Hablo de la mirada, del lugar de la mirada de los sucesos, de dónde debemos pararnos para mirar los acontecimientos que tenemos que narrar con la mayor fidelidad posible, pero sin quitarles el espíritu. Creo que ese lugar es al lado de las víctimas. En toda información suele haber una víctima y un victimario. Hacer una opción por las víctimas me ha servido para ejercer a conciencia este maravilloso trabajo. Es cierto, cada vez es más difícil encontrar cuál es la víctima en cada situación y, muchas veces, se da que todos los protagonistas de la noticia son víctimas. Ese lugar de defensa de la libertad, de la justicia social, se transforma en una especie de mandato ético que me parece que nos puede ayudar para tomar el rumbo correcto y cometer el menor número de errores e injusticias posible.

Me gusta decir que el periodismo, tal como aconseja el Talmud para las religiones, debe servir para acomodar a los incómodos y para incomodar a los cómodos. Esa ubicación, que mantiene nuestra ecuanimidad, pero que no nos obliga a ser neutrales –no estoy hablando de neutralidad y tampoco de insensibilidad– me parece que se resume en otra enseñanza de Camus: “El periodista debe ser fiscal del poder y abogado del hombre común”.

Hace unas semanas estuvo en Buenos Aires Roberto Mangabera Unger, ex ministro de Lula, uno de los grandes intelectuales de América Latina y profesor de Obama. Mangabera dijo: “El periodista no tiene que tratar de humanizar lo inevitable, tiene que evitar lo inhumano”. Me parece una frase muy profunda y, por lo menos a mí me sirve para tratar de encontrar los mejores caminos.

Estamos viviendo tiempos de cólera para ejercer el periodismo. Este Gobierno Nacional en particular tiene una obsesión especial y una vocación permanente de castigar a aquellos que opinan distinto, a aquellos que revelan lo que él se esmera en ocultar. Justamente, esta es una de las principales tareas que la ética periodística tiene que hacer: revelar, develar, mostrar lo que el poder quiere tapar. Los gobiernos de todos los tiempos siempre quisieron mostrar sus costados buenos, sus aciertos, y para eso están los secretarios de prensa, las fortunas que se gastan en publicidad oficial. Y aquí me parece que está el motivo por el que un periodista ético debe defender siempre la libertad: porque ese es el principal insumo de la noticia. Con libertad se puede practicar un periodismo bueno, malo o regular, pero sin libertad sólo es posible la propaganda.

Tomás Eloy Martínez, alguien que es admirado mucho por casi todos los periodistas que quieren ser personas de bien, escribió un texto que me gustaría compartir con ustedes. Dice Tomás: “El periodismo no tiene por qué conciliar con nada ni con nadie. Su misión es en eso idéntica a la del artista, revelar los abismos y las luces más secretas del hombre, agitar las aguas, estimular la imaginación, provocar el cambio, luchar sin sosiego para que las perezas y los conformismos que adormecen nuestra inteligencia sean derribados con el mismo estrépito liberador que hace tres milenios hizo caer las murallas de Jericó. Si el periodista consiente, si transa con el poder, si se vuelve cómplice de la mentira y de la injusticia, no sólo está traicionándose a sí mismo, traiciona, sobre todo, la fe que el lector ha puesto en él y con eso destroza el mejor argumento de su legitimidad y el único escudo de su fortaleza”.

Un ensayista italiano que me gusta mucho, Claudio Magris, decía que “utopía significa no rendirse a las cosas tal cual ellas son y luchar por las cosas tal como ellas deberían ser”.

Un contrato moral. En este sentido, hay algunos compromisos que uno puede tomar, una especie de contrato moral que puede firmar con los lectores, los oyentes o los televidentes. Primero, tratar de no aburrir. Aburrir es despersonalizar y hace desaparecer todo signo vital de la crónica. Segundo, ayudar a enriquecer el lenguaje sin caer en textos crípticos a los que no pueda acceder el común de la gente. Tercero, hacer el periodismo como un fin en sí mismo y no como un instrumento para lograr otros fines, ya sean comerciales o políticos; hablo de instancia partidaria o de lobby para conseguir prebendas, pautas publicitarias, licencias. Apostar a que los únicos destinatarios de nuestro trabajo sean los consumidores de noticias. Evitar caer en la trampa o en la prisión de una fuente informativa porque una fuente informativa es nada más que una fuente, la verdad es algo mucho más complejo. El peligro de convertirse en rehén de una fuente es que uno puede terminar pensando como ella y perder autonomía. Luchar para no caer en el clientelismo periodístico ni en la demagogia. Dice Jorge Fernández Díaz: “No se puede informar lo que el lector espera, halagar al que escucha es el paso previo a convertirse más en un predicador que en un periodista”. Jamás fogonear la intolerancia y la justicia por mano propia como suelen hacer algunos fascistas con micrófono. Respetar el derecho a la intimidad de las personas: el territorio de trabajo para el periodista es lo público, jamás lo privado. Priorizar la vida de cualquier persona antes que cualquier primicia. Esto me toca especialmente.

Les cuento una pequeña intimidad. Esto que acabo de enumerar se lo he robado a un decálogo que hicieron los editores colombianos y que se pusieron de acuerdo en respetar ante la cantidad de secuestros extorsivos que se producen en Colombia. Se juntaron los editores de diarios y dijeron: “Vamos a hacer reglas de juego que nosotros autoimponemos, no que nos indica el Estado”. Nosotros decidimos priorizar la vida de cualquier persona por sobre cualquier primicia. Esto lo busqué durante un momento en que me sentí mal con nuestro trabajo, que fue durante el secuestro del papá de Pablo Echarri. Una persona que me cuesta caracterizar como periodista y que trabaja permanentemente en el territorio del amarillismo le dio lugar en televisión a la banda que, como se dice en la jerga policial, había “mejicaneado” el caso. Esta persona comenzó a hablar con los delincuentes, a jugar con un tema tan delicado como un secuestro. Luego pude hablar con el papá de Pablo Echarri y con la familia y me contaron que en ese momento estuvo a punto de que lo mataran. Me sentí muy mal, busqué lo que les acabo de enumerar y escribí una nota vinculada a cómo nosotros tenemos que autorregularnos para preservar una vida y por suerte, del debate con varios colegas surgió una organización que se llama FOPEA (Foro de Periodistas Argentinos), Como le corresponde a un cordobés, participé de la fundación y después me fui. La ha presidido Daniel Santoro y hoy la preside Gabriel Michi. Su principal objetivo es mirar autocríticamente las barbaridades, los errores y las torpezas que cometemos los periodistas.

La última de las conclusiones que yo saco respecto de nuestro trabajo, es que debemos respetar el derecho de todos, sobre todo el derecho de los acusados de dar su propia versión de los hechos.

La contracara de la ética. Les acabo de hablar de lo que considero que debe ser la ética en el periodismo y en los medios para aplicarla a la libertad de expresión, pero también están los ejemplos negativos. La contracara de lo que estamos fomentando es la antiética, que lleva derechito a cercenar esa libertad de expresión que tanto defendemos y tanto necesitamos.

Les doy algunas pistas y tal vez ustedes se den cuenta de qué estoy hablando. Maltratar públicamente a los periodistas sólo porque hacen una pregunta incómoda o porque pertenecen a tal o cual medio. Traficar con información privilegiada sólo para periodistas amigos. Utilizar los instrumentos del Estado como la AFIP, la Side o los medios públicos para criticar, perseguir y castigar periodistas o empresas periodísticas que no se subordinan. Premiar a los obsecuentes con cifras millonarias en publicidad estatal y castigar a los más críticos y no permitirles ni entrar a la Casa Rosada. Negar el mecanismo republicano de conferencia de prensa o entregarlo en cuentagotas y sin la posibilidad de repreguntar. Utilizar empresarios amigos o testaferros para comprar medios de comunicación. Son sólo algunas pistas. Supongo que cada uno sacará sus propias conclusiones. Estoy hablando de algo que va más allá de las personas.

Para terminar les quiero decir que el otro día leí que los periodistas hoy tenemos que elegir entre cinco caminos surgidos al ladrido de las metáforas caninas para no tirarles nuestra honra a los perros. Podemos convertirnos, primero, en perros falderos que es el que asume una actitud de subordinación, de dependencia, que chupa medias, que acaricia hasta que llega el premio de la comida en forma de pauta publicitaria. Segundo, podemos ser perros cirqueros, que es el que privilegia las volteretas de los saltimbanquis, el espectáculo, el que busca más el asombro que la verdad. Tercero, podemos convertirnos en perros de ataque, que es el que se tira al cuello de los funcionarios a la menor provocación y, de paso, se coloca en el lugar de fiscal incuestionable. Cuarto, podemos ser perros de vigilancia, el que desarrolla una rigurosa mirada que controla todo el trabajo político y denuncia cualquier tipo de corrupción y de atentado a los derechos ciudadanos y a las libertades. Finalmente nos queda el perro lazarillo, que es el que ayuda a ver y aporta luz a los que necesitan orientación para caminar entre la selva de noticias con el objetivo de mejorar su nivel de vida.

A modo de conclusión me gustaría decirles que para los periodistas, los valores éticos deben ser como las estrellas para los navegantes. Tal vez no podamos alcanzarlas ni tocarlas nunca, pero sin las estrellas estamos perdidos. Sin Ética, el periodismo pierde su rumbo.

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