Información General | Susana Giménez

El deber de ser sexy a los 60

Volvió a los medios con su estilo "comehombre". Cómo se convirtió en un referente patrio eterno.

Por Omar Bello

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Por qué tendremos símbolos sexuales sexagenarios? Seguida de cerca (al menos en la intención) por Moria Casán y Graciela Alfano, Susana Giménez lidera sin esfuerzo a un grupo de señoras mayores que, contra viento y marea, insisten en reivindicar su condición de símbolo sexual a prueba de balas. No sólo se trata de lucir eternamente joven y bella. Además, están obligadas a seducir, a posar para las tapas de las revistas como si fuesen máquinas de comer hombres en fila india.

Son pocas las deidades que, entrada la tercera edad, siguen posando con los labios entreabiertos y esa actitud desafiante capaz de leerse así: "dejad que el macho venga a mí". Graznido amoroso que, por lo que se ve, no cae en saco roto. Las tres viven muy felices (así parece) en compañía de parejas muchísimo menores que, por si fuera poco, agradecen a Dios la bendición que les cayó cual maná del cielo. Porque nadie las deja jamás. Son ellas las que, cansadas del príncipe consorte de turno, seleccionan presa nueva mientras ponen pies en polvorosa. ¿Sufrir por un hombre? ¿Qué es eso?

Siempre están a punto de retirarse y su agenda incluye la posibilidad de tomar un año (o dos) sabático. Período en el que reflexionan, viajan por el mundo, y vuelven sospechosamente renovadas. Generalmente creen en la reencarnación. Fueron, de mínima, Cleopatra, u otra celebridad misteriosa (nunca un simple mortal). Alguna vez nos explicarán qué pecado mortal las condenó al oprobio de reencarnar en la castigada Sudamérica. ¿No era que el alma iba mejorando? Aunque siempre hacen lo mismo, odian la rutina. Necesitan renovarse, cambiar. Concepto que, la mayoría de las veces, se reduce a un cambio de vestuario. O de escenografía. ¿El look? Pasada determinada edad no es cuestión de arriesgar. Especialmente con el pelo. Definitivamente conviene largo. Si seguimos lo que dice la prensa están cruelmente condenadas a muerte. ¿Motivo? Cada año adelgazan una cantidad de kilos que, sumados, no cierran. Ni se ven. Mejor dicho, se ven bien. El amor del público las pone piponas. ¿Entrevistas? Muy espaciadas y en tono intimista. Condición: abren o cierran con la pregunta ¿qué es la felicidad para vos? "Momentos". ¿Y el amor? "La fuerza motriz del universo". ¿El dinero? "Va y viene" (por supuesto, odian que vaya). Secretamente (es un decir) se dedican a la caridad. Si nos enteramos todos es porque la gente es mala y comenta. Las divas buenas no hablan de ciertas cosas.

El manual de la diva es estricto.

Deseada en continuidad desde finales de los sesenta, Susana permanece congelada en los gestos y mohines que abonaron su ya mítico ¡shock!; frase mágica del comercial de jabón que la lanzó al estrellato. A ella, porque el producto en cuestión corrió con suerte opuesta. Si a Mirtha, en señal de respeto, le decimos "señora", ¿qué título respetuoso usaremos, en el futuro cercano, para homenajear a la Giménez? "Amante eterna" le calza mejor. Hasta es probable que le guste. Ahora bien, si "Su" sigue jugando a movilizar ratones cuando casi todas las demás mujeres se resignan a verlos correr en la dirección opuesta, se debe a que la sociedad lo permite.

¿Deseamos tanto a Susana? La necesitamos, que no es lo mismo.

Arena en sus ojos. "¿Me amas, me amas, Olimpia? ¡Dime una sola palabra! ¿Me amas?, murmuraba Nataniel.

Pero Olimpia se limitó a suspirar y exclamó al levantarse: ¡Ah, ah, ah! ¡Ángel mío!, dijo Nataniel. ¡Tu vista es para mi un faro que ilumina mi vida para siempre!,…

¡Ah, ah, ah!, replicó Olimpia, alejándose".

El párrafo anterior pertenece al cuento "El hombre de arena", de Hoffman. Una de las piezas literarias más estudiadas por la psicología. Freud lo trabajó en sus textos sobre lo Unheimlich (cualquier aspirante a psicólogo sabe de qué se trata). Es decir, aquello que es familiar y desconocido a la vez. También se suele traducir como lo siniestro, lo ominoso.

Nataniel es el personaje central y Olimpia su enamorada. ¿Qué tiene de particular? Olimpia es una "muñeca", un autómata creado por científicos. No emite palabra alguna. "Ah", repite una y otra vez con entonación metálica. De más está decir que, en esos sonidos vacíos, el protagonista cree escuchar confesiones de amor, suspiros de un alma superior que busca unirse a la suya. El horror sobreviene al descubrir que ese amor perfecto es un simple muñeco al que llenó de virtudes. Los científicos armaron el cuerpo y el bueno de Nataniel le puso alma.

Susana es un singular invento argentino. Estamos atados a ella por lazos de amor y espanto. La necesitamos.

La convivencia, de cualquier tipo que sea, pinta brava. El largo idilio que nos une a la Giménez se inscribe en las generales de la ley.

A determinada temperatura (atizada por los años), el deseo se convierte en necesidad. Esta transformación se da por exceso de calor, no de frío. Tanto se calienta que cambia de forma. Cuando nuestra pareja nos dice "te necesito" tocamos el cielo con las manos. ¿Qué más podemos pedir? Sin embargo, debemos considerar lo siguiente: está pronosticando el fin de una era. Y no necesariamente el comienzo de un tiempo mejor. Todo lo contrario. El novelón arranca a los besos y termina con reclamos por camisas mal planchadas. Contrariamente a lo que se cree, el deseo no muere con el paso del tiempo (ni se enfría); nuestros miedos lo empujan hacia territorios más estables. En concreto, le pedimos demasiado. Es gauchito. Cumplir, cumple. Pero durante el proceso de adaptación pierde su esencia. Como si la felicidad pudiera asegurarse a fuerza de tornillos firmemente enroscados. Del mar a la orilla. Tierra firme en la que los glamorosos deseos devienen en prosaicas necesidades.

A simple vista, nada más reconfortante que el nacimiento de una necesidad; etapa de gloria en las que las ansiedades bajan, y sentimos que todo está en su lugar (justo después del matrimonio). La suerte está echada.

Son escasas las oportunidades en las que el parto de una necesidad queda registrado con precisión suiza. Generalmente se trata de un período de tiempo impreciso, difuso. El famoso y nunca bien ponderado "¿qué nos pasó?". Circo mediante, este año Susana tiene el raro privilegio de festejar la llegada al mundo de una: el programa de televisión que marcó un punto de inflexión en su larga carrera.

Antes de agarrar el teléfono y repartir premios entre su incondicional audiencia, "Su" era una figura importante y punto; pasta de diva a la que le faltaba un golpe de horno. ¿Después? Se convirtió en referente patrio. Algo parecido le pasó a Mirtha Legrand con sus legendarios almuerzos.

"Me piden que vuelva", comenta Susana a cuanto periodista complaciente se le cruza en el camino. "Me obligan", podría decir sin faltar a la verdad. Porque fluctuaciones de rating aparte, está obligada a volver, a representar una y otra vez el personaje que supimos construir. La empuja un país que decidió transformarla en referente de sus fantasías colectivas. A ojos de la mayoría, Susana Giménez es (y seguramente seguirá siendo) inimputable, alcanzó los fueros extraordinarios que el ciudadano promedio reclama frente al planeta. Simboliza el poder del encanto argentino, esa chispa despojada de combustible que si bien nunca termina de encender, retiene el potencial de seducir una y otra vez sin dar demasiadas explicaciones, ni rendir comprometedoras cuentas. Una mujer de arena que hace todo lo posible por no defraudar, por no escurrirse entre los dedos de una nación en la que soñar no cuesta nada. O cuesta tanto que conviene seguir durmiendo.

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