Arizona pareció de repente el nombre de una novela distópica. En literatura, la distopía es la antítesis de la utopía. Un género que plantea un futuro no muy lejano en el que impera una realidad perversa. El mecanismo de creación es simple: llevar a extremos desopilantes las malas tendencias que existen en la sociedad real.
Con la administración Bush, los “neocon” intentaron diseñar una distopía como la que describieron Frederik Pohl y Cyryl Kornbluth en “Mercaderes del espacio”, novela sobre un mundo en el que el híper-capitalismo devora al sistema político depositando todo el poder en grandes empresas que lo ejercen sin intermediarios.
En la sociedad distópica que Aldous Huxley plasmó en “Un mundo feliz”, la genética crea individuos condicionados para la esclavitud en un sistema de consumo y entretenimiento. Y en la que describió Ray Bradbury en “Fahrenheit 451”, el poder entra en guerra contra los libros condenándolos al fuego. Pues bien, en la Arizona distópica que impulsan los republicanos, no hay inmigrantes latinos sin papeles. Más aún, no hay inmigrantes latinos.
Lo monstruoso es que esa sociedad sin forasteros étnicos no estará en la dimensión literaria, sino en la realidad. Así será de consolidarse la Ley SB 1070. El instrumento que daría a policías y gendarmes el derecho a detener transeúntes por “dudas razonables”, con el objetivo de arrestar y deportar a los 460 mil indocumentados que viven en ese Estado del suroeste.
El estallido de indignación fue tan inmenso que el puñado de racistas que lucubró la espantosa idea debió ponerse a borrar y cambiar palabras en el texto de la ley, para dar la sensación de que nadie será detenido por portación de piel, de idioma y de cultura. Pero... ¿qué otra cosa puede generar “dudas razonables” en los agentes estaduales?
La pesadilla sería total, de no ser por esa ola de repudios y protestas que comenzó por los demócratas, incluido el presidente Barak Obama, y sacó a las calles norteamericanas a cientos de miles de hispanos acompañados por decenas de miles de anglosajones y otras etnias dispuestas a impedir la ofensiva xenófoba y racista. La CNN se convirtió en un bastión de la resistencia y estrellas populares, como Shakira y Ricky Martin, agregaron su aborrecimiento para aislar a los segregacionistas.
El béisbol puede aportar lo suyo. Este deporte que desciende de un juego medieval inglés y se irradió como pasión popular desde la Nueva York del siglo 18, generó una de las primeras rebeliones cubanas contra España a mediados del siglo 19, cuando la potencia europea lo prohibió en la isla antillana. Y también hizo su aporte contra el racismo en los Estados Unidos. En las ligas norteamericanas regía un apartheid y en los torneos-guetos de los negros empezaron a aparecer héroes deportivos, cuyas proezas desmentían su presunta inferioridad racial. Devolviendo autoestima a una comunidad humillada y despertando conciencias en los blancos, el béisbol sumó gente a la causa de Martin Luther King y los derechos civiles.
Ese origen de un fenómeno que llegó a su máxima expresión con la conquista de enclaves deportivos blancos, como la F-1 con Louis Hamilton, el tenis con las hermanas Williams y el golf con Tiger Woods, sería un instrumento de presión sobre el Estado donde debe realizarse el próximo Juego de Estrellas. Si se logra que la liga nacional de béisbol se sume al boicot económico, suspendiendo ese torneo o sacando la sede de Phoenix, Arizona sentirá lo que sintieron los blancos sudafricanos cuando, aportando al aislamiento internacional del apartheid, la liga mundial de rugby dejó fuera a los springboks.
Arizona es la postal del Gran Cañón del Colorado, de los pueblos con saloon de cowboys y del desierto de Sonora, con sus cactus y esos acantilados donde el coyote perseguía al correcaminos.
Sin embargo, el nombre de ese Estado situado entre California y la frontera con México, ahora quedó a la sombra de espectros como el Ku Kux Klan, por la apuesta extremista de su gobernadora.
Janice Kay, hoy conocida como Jan Brewer (por la abreviatura del nombre y el apellido de casada), representaba el ala más liberal (o menos conservadora) del Partido Republicano, igual que John McCain, el máximo exponente político del lugar.
Al fin de cuentas, nació y creció en Hoollywood, suburbio de Los Ángeles donde el mundo del cine exuda su preferencia por el progresismo del partido de los Kennedy. Por eso ocupaba un lugar clave en el gobierno que encabezaba la demócrata Jan Napolitano y del que participaban varios republicanos. Curiosamente, estaba en el primer lugar de la línea sucesoria porque ese Estado no tiene vicegobernador, por lo que ocupó el despacho principal de la gobernación en Phoenix cuando Napolitano se hizo cargo de la Secretaría de Seguridad Interior de la administración Obama.
O sea que, desde un puesto para el cual se votó a una demócrata y en el que sólo debía concluir el mandato de su antecesora, convirtió en ley con sus correligionarios republicanos una iniciativa ultra-conservadora. Y no fue la primera. Ni bien se sentó en el sillón de su tocaya demócrata, impuso la “portación constitucional” de armas de fuego sin necesidad de pedir permiso, desmesura que la Sociedad Nacional del Rifle sólo había logrado imponer en Alaska y Vermont.
Habrá que ver si finalmente logra consolidar la ley que convertirá a los latinos en sospechosos. De momento, lo que logró es aumentar el enfrentamiento entre el país liberal de las costas y el país reaccionario del interior. También agregó excitación al extremismo de derecha y borró de la lista de los republicanos sensatos y moderados nada menos que a John McCain.
El viejo senador de Arizona, que en tantas leyes trabajó con los legisladores demócratas, también había impulsado conjuntamente con sus adversarios un buen proyecto de ley de inmigración. Pero cuando Jan Brewer estampó su firma en la SB 1070, McCain sumó su apoyo a la iniciativa, defraudando a los muchos latinos que lo votaron y opacando la imagen de centro-derecha seria y sensible que había construido desde que volvió de la guerra de Vietnam.
La xenofobia existe desde siempre y en todos los tiempos se encendió por la presencia creciente y en cantidad significativa de otras culturas y razas. Hasta las mentes lúcidas se obnubilan por ese rencor violento que despierta el forastero.
Por caso, en la antigua Roma, hasta el refinado Decimus Junius Juvenal paladeó la hiel del desprecio contra los griegos que se instalaron en la capital imperial donde él había nacido. Muchos de los hexámetros dactílicos con que compuso sus célebres “Sátiras”, ridiculizan a los helenos y otras etnias no latinas, expresando la convicción de que no debían tener trabajo ni posición en Roma mientras hubiera un romano sin trabajo ni posición.
Pero en el caso de Arizona, la xenofobia no está alimentada por la pérdida de puestos laborales en manos foráneas. La sangrienta guerra entre el gobierno mexicano y las poderosísimas mafias narcotraficantes, dio elementos para que Jan Brewer y sus laderos ultra-conservadores condujeran el miedo social hacia la xenofobia y el racismo. A ese miedo lo acrecienta la cercanía de Arizona con puntos claves del conflicto narco que estremece el noroeste mexicano, como Ciudad Juárez, Sinaloa y Tijuana.
Es cierto que muchos sicarios y bandoleros en fuga cruzan la frontera para ocultarse en territorio norteamericano. Pero también es cierto que el Ku Klux Klan y otras organizaciones racistas siempre asustaron con viejas historias a los blancos de ciudades cercanas a la frontera, como Tucson. Al fin de cuentas, a la única incursión de un ejército extranjero en territorio norteamericano la efectuó Pancho Villa, quien regresó a México tras atacar en varios puntos sin que el ejército local pudiera darle alcance.
Tejiendo miedos antiguos y actuales, la intolerancia logró que, al menos momentáneamente, Arizona deje de ser la postal del Gran Cañón y del desierto donde el coyote persigue infructuosamente al correcaminos, para convertirse en el nombre de una novela distópica en la que la policía detiene gente por portación de piel y de cultura.
*Autor del libro “La sombra del fanatismo”