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Egipto no está solo

Podrían ser moderadamente positivas como las revoluciones de la periferia rusa, pero las rebeliones populares árabes también pueden conducir hacia una dimensión inquietante por su incertidumbre.

Por Claudio Fantini*

 

Jamás imaginó el general Muhamad Hosni Sayyid Mubarak que un día, la Plaza Tahrir se colmaría de multitudes clamando por su caída. Las masas sólo se aglutinan en ese punto neurálgico de El Cairo para pedir liderazgos, no para repudiarlos.

Además, desde que egresó como oficial aeronáutico de una academia militar soviética, su vida despegó hacia el poder y nunca concibió la posibilidad de caer en picada. Haber planificado el sorpresivo ataque aéreo que en 1973 puso en serio riesgo a Israel iniciando la guerra del Yom Kipur, le abrió las puertas a la vicepresidencia, mientras que las balas ultraislamistas que acribillaron a Anuar el-Sadat en 1981 lo convirtieron en presidente de Egipto.

El vuelo de crucero por las alturas del poder duró tres décadas. Hubo turbulencias de alto riesgo, como la emboscada terrorista a la que sobrevivió en Adís Abeba, pero nunca perdió el control de la situación. Igual que otros autócratas árabes, su continuidad estaba garantizada por la Muhabarat, el poderoso servicio de inteligencia que desactivó decenas de intrigas palaciegas y conspiraciones fundamentalistas.

¿Por qué perdió el control tan repentinamente? Porque esta vez no fue un complot golpista ni un plan islamista de desestabilización, sino una rebelión social espontánea. Si hay planificación en lugar de espontaneidad, la Muhabarat lo detecta y lo desactiva a tiempo. Pero no puede desactivar lo que no ha sido planeado ni dirigido. ¿Y por qué irrumpió espontáneamente la rebelión popular? Por la aparición en escena de un grupo social en el cual la frustración puede más que el miedo: los jóvenes con título universitario y sin trabajo.

La colosal entrada de China e India en la economía mundial tracciona positivamente a las regiones que producen alimentos. Por eso Latinoamérica y el África Subsahariana viven su momento de gloria, pero las geografías más áridas no pueden surfear sobre la ola indochina. Eso explica que países árabes norafricanos y del Oriente Medio, en lugar de sentir el viento de cola asiático, sientan la crisis de la economía europea. En ese marco, el atraso tecnológico y el subdesarrollo generan el estancamiento que se traduce en desempleo y pobreza con menos asistencialismo estatal. La chispa se produce entre los jóvenes, pero enciende otros sectores que toleran el autoritarismo y la corrupción mientras la economía funciona, pero le pierden la paciencia y el miedo cuando falta trabajo y dinero para sobrevivir.

Salvo Líbano y el Irak pos Saddam y posvirreinato obtuso de Paul Bremer, los demás países árabes son autocracias. Algunos tienen monarcas absolutistas como los emiratos del Golfo, Jordania y Marruecos. Otros son monarquías dinásticas disfrazadas de repúblicas como Siria, Túnez, Egipto, Libia y Argelia, con regímenes de partido único pero disimulado, como el PRI; aunque a diferencia del ejemplo mexicano, cuyos presidentes regían sólo un mandato y el que perduraba en el poder era el partido, un autócrata árabe es dueño del aparato partidario y del Estado. Hafez el Assad y Saddam Hussein fueron dueños de los partidos Baaz de Siria e Irak. Muerto el primero, heredó la presidencia su hijo Bashir, y la habría heredado Udday Hussein o su hermano Qussay de no haber muerto ambos en la guerra que demolió el régimen y ahorcó a Saddam.

La camada de autócratas de estos días ya tenía primogénitos en las gateras. Alí Abdalá Salé preparó a su hijo Ahmed para sucederlo en la presidencia de Yemén, del mismo modo que Muammar Khadafy preparó a su hijo Seif el Islam para que herede el poder en Libia. Pero en Egipto se produjo el primer derrocamiento de un sucesor. Mubarak nunca nombró vicepresidente para que el mayor de sus hijos, Gamal al Din Muhamed Hosni Sayyed Mubarak, lo sucediera como Rais egipcio. Pero todo cambió a partir de Túnez.

Sucede que los regímenes árabes pueden caer por golpes de Estado, complots o intrigas palaciegas, pero no por estallidos sociales. Los llamados “Oficiales Libres” derrocaron mediante un golpe al rey Faruk en Egipto, y del mismo modo cayó el rey Idris en Libia. Fueron conspiraciones internas las que llevaron al poder al sirio Hafez el Assad y al iraquí Saddam Hussein. En cambio, el tunecino Siné Ben Alí fue derribado por una rebelión popular. Ese acontecimiento novedoso, junto con internet y las redes sociales, explican por qué ocurrió ahora lo que no pasó durante largas décadas de despotismo, subdesarrollo y corrupción.

Cuando los jóvenes egipcios vieron que es posible derribar un gobierno, inundaron las calles de El Cairo. La primera réplica del sismo tunecino hizo temblar a Salé, que es presidente desde que el magnicidio de Ahmed Husayn al-Ghashmi lo puso al mando de Yemen del Norte. La reunificación del país tras la caída del régimen comunista de Yemen del Sur, le había dado mucha popularidad. Pero proscribió a los partidos opositores y no toleró el disenso. La corrupción y el autoritarismo no le restaron apoyo occidental, porque era enemigo de los fundamentalistas. Igual que Siné Ben Alí; el argelino Abdelaziz Buteflika; el rey Abdulá II de Jordania y su colega marroquí Mohamed VI. Por la misma razón, Europa y Estados Unidos eran aliados de Mubarak.

El error no fue asociarse con déspotas, porque en esos países no hubo opciones pluralistas ni cultura democrática. Cuando Cristina Kirchner hace negocios con Qatar y Kuwait, está tratando con monarcas absolutistas de teocracias retrógradas y represivas. El error de las potencias occidentales e Israel fue no ver que los déspotas antiislamistas, por su represión, ineficacia y corrupción, terminaron potenciando el fundamentalismo, en lugar de sofocarlo.

El dilema argelino sobrevuela Egipto. Al derrumbarse el régimen del FLN hubo elecciones libres y plurales, pero las ganó el Frente Islámico de Salvación (FIS), que proponía instaurar una teocracia. La democracia nacía suicidándose. Los comicios fueron anulados, se instaló un autoritarismo laico y el FIS pasó a la clandestinidad y se transformó en el Grupo Islámico Armado, desatando una brutal guerra civil.

En Túnez, el fundamentalismo es moderado, por eso si llegara al poder el partido Nahda (renacimiento) habría un gobierno como el de Turquía. Pero en Egipto está la Hermandad Musulmana, organización integrista fundada por Hasán al-Bana en la primera mitad del siglo XX y matriz de todos los grupos fundamentalistas del Oriente Medio.

Ahmed Yassin, el jeque ciego que creó Hamás en la Franja de Gaza, se formó en la Hermandad Musulmana, grupo que también influyó en fanáticos como el médico cairota Aymán al-Zawahiri (número dos de Al Qaeda) y sobre las Brigadas Abdullah Azzam, grupo terrorista que reivindicó las masacres en Sharm el-Sheij.

Es lógico que Israel tema que la caída de Mubarak implique el final de la política instaurada por Anuar el-Sadat y sostenida durante las últimas tres décadas. Antes de Sadat hubo cuatro guerras regulares entre egipcios e israelíes. Ese estado bélico podría reinstalarse si políticos laicos como Mohamed el-Baradei no aseguran la continuidad de la política exterior del ancien regime o terminan siendo desplazados por los integristas.

Las potencias occidentales erraron al no ver que sus aliados autócratas potenciaban el fanatismo religioso que decían combatir. Pero podrían equivocarse también los que cándidamente confían que donde cae un déspota florece una democracia pluralista.

Las masas que inundaron las calles de El Cairo, más que hartarse del autoritarismo y la corrupción de la autocracia, se hartaron del estancamiento económico y la desocupación. Por eso los israelíes terminaron defendiendo a Muhamad Hosni Sayyid Mubarak, el general que los atacó por sorpresa iniciando la guerra del Yom Kipur.

* Director del Depto. de Ciencia Política de la Universidad

Empresarial Siglo 21.

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