Opinión | Opinión

Cien días sin Néstor K

Luto. La muerte de Kirchner tuvo un doble efecto: Cristina creció en las encuestas, pero se resintió la gestión.

Por James Neilson

 

Por ser la Argentina un país tan caudillista, fue de prever que la muerte prematura de quien la había dominado, a menudo de manera llamativamente insolente, durante más de siete años tendría un impacto político mucho más contundente de lo que hubiera sido el caso en lugares en que las instituciones son menos precarias. Al fin y al cabo, si bien su esposa ocupaba la presidencia, nadie ignoraba que hasta aquella mañana fatídica del 27 de octubre Néstor Kirchner manejaba virtualmente todo, preocupándose por los detalles más mínimos como el precio de la leche, que, además de actuar como el presidente de facto, oficiaba de ministro de Economía y del Interior y, para más señas, se encargaba de la relación del Poder Ejecutivo nacional con un enjambre de gobernadores provinciales, intendentes municipales, punteros partidarios, jefes piqueteros, empresarios cortesanos y muchísimos más.

Era el gran titiritero, el dueño de las llaves de la caja, el protagonista excluyente del escenario, el único que entendía cómo funcionaba el sistema que él mismo había improvisado. Incluso sus adversarios más vehementes dependían tanto de él que su desaparición física los dejó confundidos y desorientados. Todavía no se han recuperado por completo de la sorpresa que se apoderó de ellos cuando se dieron cuenta de que en adelante nada sería lo mismo.

Lo lógico, pues, hubiera sido que el gobierno de Cristina quedara irremediablemente debilitado por la pérdida del hombre en torno del cual todo había girado. En cierto sentido lo fue, ya que sus integrantes han dejado de respetar un libreto común escrito por un jefe indiscutido; el resultado es que se ha difundido la impresión de que aquí no manda nadie. Con todo, es posible que la reacción confusa del equipo gobernante frente a episodios desafortunados, como el supuesto por la decisión de Barack Obama de volar por el cielo argentino sin perder el tiempo haciendo escala en Buenos Aires, haya servido para minimizar los costos políticos, ya que de aún estar entre nosotros, Néstor Kirchner estaría despotricando contra el imperialismo yanqui. Será porque siga recibiendo instrucciones del más allá que el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, su perrito más leal –es como Lassie, dijo en una oportunidad–, haya ordenado a los empresarios locales no importar nada de los Estados Unidos.

Sea como fuere, una consecuencia inmediata de la muerte del dueño de Lassie fue el aumento espectacular de la popularidad de la Presidenta. Hace apenas cien días, se daba por descontado que en los próximos capítulos del relato nacional se narraría la historia del ocaso definitivo del kirchnerismo y la aparición de una alternativa que era de suponer sería menos heterodoxa. Pero entonces todo cambió. Fue como si la muerte de su marido todopoderoso le hubiera permitido a Cristina iniciar su gestión auténtica, que merced a una tragedia familiar pudiera volver a ser la candidata de la campaña electoral del 2007, cuando una proporción significante de la ciudadanía veía en ella la persona indicada para pilotear el regreso del país al mundo “normal”. Puede que sólo se haya tratado de un malentendido, pero muchos que habían abandonado el kirchnerismo por considerarlo demasiado agresivo, corrupto e intolerante, optaron por atribuir sus rasgos menos agradables al crónicamente irascible Néstor Kirchner.

La sensación de que la gestión de Cristina acaba de empezar porque hasta octubre pasado su cónyuge había llevado la voz cantante la ayudó a reconciliarse con una parte sustancial del electorado independiente. Por algunas semanas, Cristina pareció tener la reelección asegurada. Aunque el “efecto luto” ha comenzado a agotarse, la Presidenta sigue aventajando a todos sus rivales por un margen respetable. Si tuviera que enfrentar a un solo candidato opositor su situación sería diferente, pero, felizmente para ella, hay media docena que fantasean con reemplazarla.

¿Fue tan grande la diferencia entre las dos mitades del matrimonio presidencial? La verdad es que no hay demasiados motivos para creerlo, pero en política las imágenes suelen pesar mucho más que la mera realidad. Desde finales de octubre, Cristina se las ha arreglado para permanecer fiel al recuerdo de su marido, homenajeándolo con frecuencia y vistiéndose de negro, sin por eso abstenerse de asumir posturas que tal vez no hubieran merecido su plena aprobación, defendiendo a los Estados Unidos cuando lo de WikiLeaks, hablando con cortesía con empresarios no oficialistas, procurando impulsar –sin éxito– el enésimo pacto social, sorprendiendo a sus colaboradores al afirmar que no sería una mala idea bajar la edad de imputabilidad a los 14 años, de tal modo dando a entender que toma en serio el tema de la inseguridad. Ha sido cuestión de retoques menores, pero resultaron suficientes como para alentar a quienes preferirían que el Gobierno fuera menos excéntrico.

Con todo, para alarma de sus dependientes hay señales de que Cristina no está del todo convencida de que se mantenga hasta la jornada electoral la ilusión –prolongada por la tregua estival– de que, sin la presencia a su lado de su marido y operador político en jefe, su gestión ha entrado en una etapa nueva y más promisoria. En vista de su talento para decepcionar a quienes la creen un dechado de sensatez, como hizo cuando se le ocurrió tratar a los chacareros de oligarcas golpistas, tiene buenos motivos para pensar dos veces antes de declararse resuelta a seguir gobernando hasta el 2015.

Entre tales motivos estará la conciencia de que, tal y como están las cosas, el alza constante del costo de vida podría ser el tema central de la campaña electoral que ya está en marcha. Acaso sospecha que tarde o temprano tendría que cambiar radicalmente la política económica, puesto que “el modelo” que se ha comprometido a defender “con uñas y dientes”, y con guantes de boxeo, está haciendo agua al seguir su marcha despiadada la inflación que, además de golpear con crueldad a quienes menos tienen, o sea, a su propia base electoral, está brindando a los sindicalistas pretextos inmejorables para emprender una ofensiva salarial que amenaza con salirse de madre, obligándola a elegir entre ceder ante personajes como Hugo Moyano, en teoría su aliado más valioso, y correr el riesgo que le supondría enfrentarlos.

Mientras persista la sensación de que la economía sigue creciendo a tasas dignas de China y que, con un poco de suerte, hasta los más pobres podrán verse beneficiados por el boom consumista resultante, las encuestas continuarán sonriéndole a Cristina. Caso contrario, sus acciones políticas no tardarán en bajar. Por fortuna, siempre y cuando los disturbios masivos que están convulsionando el mundo árabe no terminen desencadenando un choque petrolero que haga temblar la economía mundial, la coyuntura internacional seguirá siéndonos favorable, pero aun así la inflación, combinada con la creciente presión impositiva, constituye una bomba de tiempo que en cualquier momento podría estallar.

Puesto que Cristina ha hecho de la defensa intransigente del “modelo” que armó su marido con los pedazos que recibió de manos de Eduardo Duhalde una de sus señas de identidad principales, sólo le queda mantener cruzados los dedos y rezar para que la economía no se precipite pronto en una crisis grave; es factible que nada malo ocurra antes de las elecciones, pero sólo los más optimistas supondrían que el tan temido ajuste podría demorarse hasta después de diciembre del 2015. Sería comprensible, pues, que Cristina decidiera que le convendría conformarse con un solo período en la Casa Rosada.

A esta altura, sus acompañantes más entusiastas, como Amado Boudou y Héctor Timerman, para no hablar de los ultrasesperpénticos que parecen creer que el kirchnerismo es una especie de movimiento revolucionario destinado a hacer de la Argentina un dechado de justicia social, tienen motivos de sobra para sentirse preocupados. Quieren que Cristina anuncie cuanto antes su candidatura, cerrando así el camino al intruso que más les molesta, Daniel Scioli, y también enviando un mensaje nada ambiguo a la caterva opositora. Sin embargo, Cristina parece entender muy bien que el camino hacia la reelección podría resultar mucho más sinuoso y empinado de lo que imaginan quienes le dicen que triunfaría con facilidad.

Ya se ha atenuado el desconcierto que sintieron los diversos integrantes de una oposición fragmentada al verse privados del blanco casi exclusivo de sus críticas. Por ahora, están más interesados en sus respectivas internas, pero pronto comenzarán a dirigir todos sus dardos contra la gestión de un gobierno que, a pesar de verse robustecido por la voluntad de muchos de solidarizarse con Cristina, parece cada vez más vulnerable. Como suele suceder luego de años de autocracia consentida, propenden a proliferar dificultades originadas en errores que fueron cometidos por sus miembros menos escrupulosos cuando se sentían impunes. En efecto, pocos días transcurren sin que asuntos relacionados con la corrupción –la mafia de los medicamentos, el empleo electoralista impúdico de recursos aportados por los contribuyentes, la presencia alarmante de narcotraficantes que aprovechan la falta de controles– provoquen nuevos escándalos, forzando a los voceros oficiales a defenderse intentando explicaciones nada convincentes.

* PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.

Más Opinión en Noticias

Tésis

La danza de los radicales