Política | investigación

Oyarbide público y privado

Maneja los expedientes más explosivos y sus colegas lo consideran un “border”. Su pacto con el Gobierno y la intimidad del spa Colmegna.

Por Federico Mayol

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Se desprende de su bata blanca y deja al descubierto uno de sus mayores secretos: una especie de murciélago tatuado en la espalda, casi en la nuca. Norberto Oyarbide (59) mete los pies, de a poco, en la imperial piscina de mármol, adornada con velas blancas y columnas romanas, rodeado del grupo de amigos que supo cosechar desde hace cuatro años. Están todos desnudos. El juez federal hace chistes todo el tiempo y como buen fumador social, de tanto en tanto enciende un Parliament al costado de la piscina del exclusivo spa Colmegna, en pleno centro porteño.

Es uno de los mejores clientes, y nunca se retrasa con el pago: este año, Su Señoría ya abonó los 6.000 dólares que le sale la “Anualidad VIP”, el pase con el que disfruta de todas las instalaciones, sin restricción alguna. Pero no solo se relaja: desde allí también imparte justicia. Casi todas las tardes le acercan causas judiciales. Firma, llama a indagatoria, resuelve expedientes. Instaló en el sauna una sucursal de su despacho de Comodoro Py.

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