Cristina Fernández cotiza en alza. Para almorzar con ella en el hotel Waldorf de Astoria, el cubierto costó 400 dólares. Algo menos, U$S 250, debían pagar quienes eran socios de la entidad anfitriona, el Consejo de las Américas. Y en las tarjetas de invitación figuraba además la casi media docena de empresas que auspiciaban a la candidata de gira por el exterior, y de visita por quinta vez en lo que va del año en Nueva York, la ciudad de sus amores. Para graficar esa tarifa exclusiva basta compararla con la de otros: por las mismas horas y en el mismo escenario primermundista, comer con el presidente ecuatoriano Rafael Correa costaba sólo 150 dólares, y ninguna firma tenía intención de sponsorearlo. En rigor, la modalidad acaba de inventarla la Primera Dama argentina.
Cristina pasó una semana en los Estados Unidos, habló de derechos humanos, fue premiada y criticada, se sacó instantáneas para la campaña con personalidades como el juez español Baltasar Garzón y Bill Clinton, durmió en una suite de 17.000 dólares por noche, y en ningún momento dejó de lado su viejo hobby: ningunear a los periodistas argentinos. NOTICIAS la siguió mientras ella estuvo en Nueva York.
Choques. Uno de los indeseados encuentros con la prensa se produjo tras una reunión que la senadora tuvo con 41 científicos argentinos radicados en los Estados Unidos, entre ellos Bernardo Kliksberg, David Sabatini y Adrián Paenza. Los periodistas fueron marginados del encuentro y tuvieron que esperar a la candidata en la puerta del consulado argentino, en la calle 56 de Manhattan, con la esperanza de robarle algunas palabras al paso.
Cuando los periodistas llevaban ya casi media hora dispuestos en semicírculo sobre la vereda, y obstaculizando el paso de los transeúntes, el mudo vocero presidencial Miguel Núñez llevó a un lado a Román Lejtman –de América TV– para decirle algo al oído. El periodista se acercó enseguida a su camarógrafo y lo instruyó: "Ella hace una declaración y se va, así que no la corran". Minutos más tarde, la senadora salió con prisa y sin detenerse, y arrastró a los cronistas consigo casi treinta metros. A la carrera soltó una frase de casette: "El conocimiento y la investigación aplicados a un proceso económico puede generar ventajas competitivas muy fuertes para la Argentina". ¿La habrá memorizado?
El propio Paenza, también periodista y uno de los organizadores del encuentro, dijo que era "una estupidez" no haberle permitido el acceso de los medios y que debía ser obra de "un idiota". Héctor Timerman, el canciller "cristino" en Nueva York, reconoció con loable franqueza: "El idiota del que habla soy yo".
Auspiciantes. Superado el mal trance, Cristina volvió al estado de gracia que alcanza cuando visita las grandes ciudades, donde recibe los elogios que en la Argentina sólo le propinan los alcahuetes. Esta vez los anfitriones más regalones fueron Richard Revesz, decano de la Escuela de Derecho de NYU, y Susan Segal, presidente del Concejo de las Américas. Le dieron una medalla por su lucha por los derechos humanos y organizaron un almuerzo para ella en el distinguido hotel Waldorf Astoria.
La participación tenía un costo de 250 dólares para los socios de la entidad organizadora y de 400 para cualquier otro interesado. Y a diferencia del resto de otros líderes latinoamericanos, la senadora contaba con el patrocinio de once firmas. Eran las siguientes empresas a las que les interesa el país: Aeropuertos Argentina 2000, Banco Nación (¿algún fiscal reparará en la notable irregularidad que implica que una entidad estatal financie la campaña de la candidata del Gobierno?), Barrick, Duke Energy, LAN, Mc Donalds, Monsanto, Oxy, Panedile y Pan American Energy, la compañía estadounidense a la que el kirchnerismo patagónico de Santa Cruz y Chubut le renovó hasta el año 2027 –y sin explicaciones– la concesión para explotar el petróleo de la zona. "Una lista interminable que se explica por el interés que las empresas tienen en la Argentina", señaló la anfitriona Segal en la presentación. ¿Ayudar en campaña se canjea por futuros favores del Gobierno?
Reclamos. Muchos de los asistentes a ese banquete sponsoreado se vieron defraudados por el discurso de la candidata. "Nuestra empresa pagó 4.000 dólares por una mesa y sólo escuchamos palabrerío abstracto, sin certezas ni anuncios importantes", se encrespó un analista financiero de un importante banco de inversión con sede en esta ciudad. Desde una de las mesas más alejadas, un joven comensal entretenía a sus acompañantes con una irrespetuosa imitación de la Primera Dama: frases altisonantes y palabras rebuscadas con el característico tono de la maestra escolar que regaña a sus alumnos. Cristina no llegó a oírlo.
También hubo quienes reclamaron a la propia Segal por el flaco tenor de las preguntas que se le realizaron a la candidata Fernández al término de su exposición: "¿Por qué no se le preguntó nada sobre inflación e inversiones?", indagaron molestos. "Porque no recibí ese tipo de preguntas", respondió impávida la titular del Consejo de las Américas. "No puede ser, porque nosotros enviamos varias preguntas al respecto", protestaron. Además, disgustó que las preguntas se realizaran por escrito y no en forma oral, "como se acostumbra en este tipo de encuentros", señalaron.
Así, Cristina sólo respondió sobre microfinanzas, educación y el papel de la mujer en el mundo de los negocios. Y sacó a relucir la arrogancia con que muchas veces se caracteriza a los argentinos en el exterior, cuando afirmó que la Argentina tiene "un capital distintivo en comparación con la región", en parte gracias a la "gran inmigración europea". Hubo caras de estupor en el auditorio ante esa frase heredera de las peores ideas de Sarmiento.
El momento en el que la candidata se mostró más exultante fue tras la reunión que ella y Kirchner tuvieron con el ex presidente Bill Clinton en el Hotel Sheraton. Tanta era su euforia que hasta sonrió al encontrarse con los periodistas argentinos: "Fue una charla estupenda, nos felicitó por la recuperación económica", dijo de apuro antes de subir al auto oficial. Había sido una larga jornada, pero una colega no dejó escapar el detalle: "Sólo Clinton puede sacarle una sonrisa como esa a Cristina… No es para menos, porque a mí me pasaría lo mismo".