
Treinta años atrás, Silvester Stallone saltó a la fama como intérprete y guionista de "Rocky", un marginal con poca suerte en el cuadrilátero y a quien un golpe de suerte le permite enfrentarse con Apollo Creed, campeón de todos los pesos, y llevar adelante un combate más que digno, a puro coraje. Rocky perdió por puntos, pero fue casi un triunfo moral que todo el mundo celebró, a tal punto que al film le otorgaron el Oscar, postergando títulos claramente superiores como "Taxi driver". Ahora bien: en lugar de quedarse tranquilo en el otoño de su carrera con la fortuna que debe haber amasado entre Rockys y Rambos, Stallone vuelve a calzarse el personaje y cuenta la misma historia, con ribetes aún más inverosímiles que en la primera versión. Porque ahora Rocky Balboa tiene 60 años, ha perdido a su mujer y no para de llorarla, tiene un hijo con vocación de yuppie y un restorán que le da para vivir más o menos dignamente. Pero siente que su tiempo pasó. De pronto, el manager de Mason "The Line" Dixon, una locomotora que ha ganado por K.O. treinta de los treinta y seis combates que emprendió, insólitamente le ofrece a Rocky la posibilidad de enfrentarlo en una exhibición que tendría lugar en Las Vegas. No se entiende muy bien en qué lo puede beneficiar al campeón de todos los pesos el encuentro con un boxeador que ha estado retirado durante 20 años, pero Stallone no se fija en detalles con tal de exhumar a su personaje y darle una despedida digna. El hombre se entrena como antes (aunque le cuesta una enormidad) y todo hace presumir una catástrofe, pero no. La primera mitad es aburridísima y llena de lugares comunes. El desenlace no se puede creer.