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El transgresor trabajador

"Una libertad soberana" de Georges Bataille. Paradiso, 141 págs. $ 28.

Por Elvio E. Gandolfo

 

Uno de los buenos efectos laterales de la abundancia de nuevos sellos pequeños y locales es la multiplicación de materiales sobre autores centrales, de lo contrario inalcanzables. Correspondencias, textos inéditos o publicados en revistas y diarios de difícil acceso de Manuel Puig, Serge Daney, Baudelaire, Antonin Artaud o, ahora, Georges Bataille, entre muchos otros. Como en el caso de Artaud el papel del margen en su vida y su obra es central, valga la paradoja. También el carácter múltiple, pululante de su obra, que encarna con tanto poder en un texto breve o una observación de un reportaje, como en sus textos más difundidos.

Bataille fue primero surrealista y después opositor intenso a la "corriente bretoniana", con ruptura fuerte. Bibliotecólogo, editor de revistas imposibles de evitar en la constitución del panorama cultural francés ("Documents", "Critique") se interesó fuertemente en la zona negada de la humano: lo escatológico, el derroche, la falta de objetivos, la unión entre erotismo y muerte. Hace poco el sello Caja Negra había difundido los cinco números de otra de sus revistas, "Acephale", que mostraba varias de sus facetas.

Esta recopilación abarca los textos de un catálogo de 1997, que incluía el rastreo de las bibliográficas que escribió con seudónimos varios, un texto clave sobre su concepción de "lo español", una presentación de Maurice Blanchot (otro heterodoxo, otro bordeador de la metafísica y la nada), consideraciones sobre "El arte mágico" y una serie de entrevistas.

Cada una de esas zonas provoca el asombro por el cruce entre la tarea inmediata y la genialidad de ideas o escritura. Ante un torero que muere, comenta: "Empezaba a entender entonces que el malestar es a menudo el secreto de los placeres más grandes." Define la importancia cultural del "¡olé!" coral y luego un baile que "comunica un éxtasis, una suerte de revelación sofocada de la muerte y el sentimiento de tocar lo imposible".

Las numerosas y breves bibliográficas mezclan libros abundantes sobre la guerra recién terminada con otros de Jarry, Boris Vian o Roger Vitrac. Cuando habla de Blanchot lo define más como escritor que como crítico, y establece la importancia mortal del juego en él.

La expresión más clara y a veces más contundente de sus convicciones aparece en los reportajes. Define al ideal de la crítica como "la brutalidad; una buena crítica debería funcionar como una guillotina, de ella debería más bien salir sangre que otra cosa." Pero reconoce: "eso no está al alcance de los hombres (…) sin poder llegar hasta al fin, y sin poder matar a quienes no se ama, ni verdaderamente llevar al cielo a los que se ama, no queda más que permanecer en una suerte de modestia."

Alguien le hace notar que su filosofía se acerca al budismo cuando dice: "el principal objetivo que uno puede llegar a tener es destruir en sí mismo el hábito de tener objetivo". Estos textos breves y circunstanciales llegan al blanco con tanta puntería como algunos de sus libros mayores.