
Hace muchos años, el periodista Tom Wolfe inventó la etiqueta: "Nuevo Periodismo". Más directo, más cercano a la literatura, al revés del periodismo "objetivo" acudía al Yo, a los efectos sonoros, a los desbordes creativos. Cuando esa etiqueta, "Nuevo", envejeció, ni corto ni perezoso Wolfe dijo que la novela estadounidense no servía para nada porque no tenía el poder y la energía de la novela realista y social del siglo XIX. Pasó a ser escritor de largas novelas realistas y sociales del siglo XX. Le fue muy mal (como escritor, no en ventas). Era buen periodista, pero muy mal narrador.
Por suerte Martín Caparrós, en el informado y dinámico prólogo de este libro, reconoce que la crónica es más vieja que la escarapela y hace un paneo sobre las de la Conquista española antes de entrar en la materia nueva.
Un fantasma recorre hoy el mundo de la letra latinoamericana: la crónica. Ya se ha convertido en materia de interés académico y en mercadería fugaz.
La relación entre la crónica y la literatura sigue siendo esquiva. Quien es tal vez la mejor cronista argentina, Leila Guerriero, nunca cae en la tentación de considerar que hace literatura. Como en "Operación Masacre" de Walsh, como "A sangre fría" de Capote, como en su nota de este libro (que complica las facilidades del tema "desaparecidos y recuperaciones" con el enredo de lo real), cuando acierta, el lector siente que allí late algo distinto tanto al periodismo convencional como a la literatura. Llamarle crónica es otro convencionalismo. Porque hay tantas crónicas buenas y potentes como malas o débiles.
En su introducción, Tomas nombra a quienes debe: Raab, Walsh y Eloy Martínez, y denomina a Caparrós "el gran cronista argentino". También cita al mexicano Juan Villoro, que además de ser uno de los grandes cronistas latinoamericanos ha sabido borrar otro límite: el que divide a la crítica literaria del periodismo.
La antología es muy buena. Carolina Reymúndez se zambulle en el mundo de los "reidores" (risas no grabadas sino actuadas para los programas de la TV): se ensaña con el tema y consigue no sólo la sensación de estar ahí, sino también datos puros y duros. Alejandro Seselovsky se mete con los "skinheads" antifachos y los sigue a pocos centímetros. Cicco se sube al tren de la campaña Duhalde/Ortega y ejerce con maestría visual el "travelling" ferroviario. Esteban Schmidt escribe con explosiva ironía sobre los sitios donde se transa la política.
Hay tres preguntas que se le hacen a todos los periodistas (o "autores"). También por suerte, en la última respuesta Martín Sivak se rebela contra los excesos de entusiasmo por la crónica. Parece pensar que una de las cosas viejas del momento es lo nuevo.