Danza |

Capacidad dramática y romanticismo

“Giselle” de Adam-Coralli-Perrot. Con Iñaki Urlezaga, Olga Esina (invitada), primeras figuras y cuerpo de baile del Ballet Concierto (dir. L .Gióvine), y Paula Robles. Orquesta Sinfónica (dir. L. Gorelik). Luna Park.

Por Enrique Honorio Destaville

 

Como en oportunidades anteriores, Iñaki Urlezaga retornó a las actuaciones locales eligiendo para acompañarlo a una estrella foránea, lo que posibilita una mayor atracción en el público balletómano que lo sigue desde hace años. La primera bailarina elegida para el riegoso compromiso artístico que implica escenificar “Giselle” fue Olga Osipovna, rusa, con excelentes antecedentes, pero su debut se frustró por un inconveniente físico. Con la rapidez del caso Iñaki halló nueva compañera en Olga Esina, compatriota de la anterior e integrante del Ballet Kirov de San Petersburgo, aunque actúa también como invitada en la Ópera de Viena.

Con gran profesionalidad la bailarina invitada se adecuó al medio, en tanto vimos una versión de “Giselle” que siguió la idea del coreógrafo ruso Boris Románov, quien en 1924, para dar lugar en el reparto a la bailarina de carácter Elsa Krüger le adjudicó el papel de novia oficial de Albrecht e interpoló nueva danza para ella, haciéndola vestir de manera llamativa, en color escarlata y llevando con su mano enguantada la correa de dos borzoi (galgos rusos). Aquí no hubo ingreso de canes a la escena, la cual no tenía la superficie necesaria para el normal movimiento del crecido elenco.

El escenario del Luna Park había sido armado estrechamente sobre el lateral de Avenida Madero y esto trajo sus consecuencias. La Orquesta de integrantes de la Sinfónica Nacional estaba ubicada adelante y, lógicamente, sin foso. En el desarrollo de los dos actos del ballet ejecutó sin problemas la música de Adam (aunque le faltase más dramatismo a la escena de la locura), conducida por el maestro Luis Gorelik. Cabe señalar que éste debería observar asiduamente lo que ocurre en el escenario, para evitar insólitas esperas de los que bailan, como en el caso del pas des paysans.

Last, but not least, el público pudo apreciar una interpretación original de la heroína romántica, con la joven Olga Esina (sólo 21 años) en un papel dramático que la sitúa en un plano destacado. Lo asume sin expresiones grandilocuentes, pero convincentes. Bonita, con una figura excepcional, etérea, utiliza sus puntas como medio técnico virtuoso y ostenta altísimas posiciones, que revelan su formación de escuela rusa gestada en el Instituto Vagánova. En cuanto a Albrecht, fue asumido con notable capacidad dramática por Iñaki Urlezaga, quien ha elegido un tipo de expresividad más actual y natural, desprendida de la tradicional que le dieron figuras tan notorias como Vladimir Vasiliev y Peter Schaufuss en los escenarios porteños. Él le adiciona sinceridad a la expresión, ensamblándose perfectamente con su compañera en los encuentros, sobre todo en el pas-de-deux del segundo acto. Ésto es posible pues mantiene perfecta su técnica y figura, de allí que sea exacto en las caidas y desplazamientos aéreos: evidentemente, una “Giselle” con Urlezaga asegura la activísima participación escénica de Albrecht.

En cuanto a Myrtha, reina de las willi, fue acometida con brío y solvencia técnica por Eliana Figueroa Valdivia, en tanto el pas-de-deux paysan tuvo la gracia y dinámica de María Lovero Vila y Franco Cadelago. Patricio Torres encarnó con vehemencia encomiable al guardacotos Hilarión, el mismo que pone trágico fin al idílico romance de la aldeana y el noble que oculta su verdadera identidad. El reformado papel de Bathilde estuvo a cargo de Paula Robles, quien se movió con autoridad teatral en su marcha y en la danza que se le asignó. Los figurantes y el duque de Courland estuvieron fuera de la apariencia y estilo requeridos. Muy buen desempeño del elenco del Ballet Concierto, dirigido por Lilián Gióvine. Escenografía y vestuario fueron una auténtico logro para una obra tan evocativa del romanticismo del siglo XIX. El público premió esta actuación con cálidos aplausos y la ovación final.