
Oscar al mejor filme extranjero, registra un episodio tabicado de la Segunda Guerra. De la noche a la mañana, Salomón Sorowisch, judío con veleidades de “dandy”, jugador compulsivo, mujeriego, estafador y, sobre todo, uno de los más grandes falsificadores de dinero a escala mundial, va a encontrarse ante un desafío mayor cuando los nazis lo atrapen con su amante de turno. Arrestado por el inspector Herzog, va a parar de entrada al campo de concentración de Mauthausen, donde sus habilidades “artísticas” lo convierten en el dibujante favorito de la oficialidad. Dibuja al carbón a los SS y a sus familiares, y se gana algunos favores, hasta su traslado a Sachsenhausen. Allí, lo recibe a su viejo conocido Herzog, ahora al mando, quien le tiene reservada una misión formidable: falsificar libras esterlinas y luego dólares para inundar los mercados, y confundir las finanzas del enemigo. Con objeto de llevar a cabo la operación, lo rodea de los mejores profesionales, que trabajan en una barraca de privilegio: comen bien, duermen en colchones confortables y tienen moderadas diversiones, mientras al otro lado del muro se escuchan lamentos de los torturados y disparos que prefieren ignorar. Durante años, estos hombres imprimieron 130 millones de libras esterlinas –tres veces la reserva de Gran Bretaña– y siguieron con los dólares, todas falsificaciones perfectas. Pero, entre ellos, estallaron internas: muchos demoraban o boicoteaban la tarea, presumiendo que cuando terminara, los esperaba una muerte segura. Sabían demasiado. El filme, áspero, filmado con imágenes terrosas, habla de la necesidad de sobrevivir a cualquier precio en una instancia límite.