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La cúspide del talento

“Eva”. Música de Alberto Favero. Textos y letras: Pedro Orgambide. Con libro, puesta en escena, dirección y actuación de Nacha Guevara. Teatro Lola Membrives, Av. Corrientes 1280.

Por Jorge Montiel

 

Un traje sastre oscuro, el pelo rubio apretado en un rodete, la sonrisa delineada por labios rojísimos, la mano izquierda que se levanta en señal de saludo: Eva Perón se corporiza en escena.

No es sólo el perfecto maquillaje o la exacta caracterización del vestuario, el simple muestrario de los distintos hechos reales o la mera reproducción de los ya reconocidos gestos. Nacha Guevara logra el prodigio de encarnar –y no es una metáfora– a una de las mujeres más emblemáticas de la historia política y social del siglo XX.

Como una mariposa que recién rompe la crisálida, Guevara elude el paso del tiempo y se transforma en Evita, aquella muchacha que se convirtió –y aún lo sigue siendo– en el principal referente del peronismo.

Difícil tarea la de intentar bosquejar y resumir el friso de una existencia breve, pero tan significativa y contradictoria para los argentinos y el mundo, que no pudo eludir su carismática figura y polémico accionar. Porque Eva fue, alternadamente, simpática, grosera, afectuosa, tozuda, sensible, despótica, solidaria, orgullosa, generosa o mandona. Por eso, lejos de situarla en el bronce o el altar, este soberbio e imperdible musical, muestra la mítica figura de Evita con toda su crudeza. Como debe ser, por cierto.

El periplo narrativo se inicia con el viaje desde su Junín natal hacia la anhelada Buenos Aires –donde soñó con triunfar como actriz–, pasa por los duros comienzos en el hostil medio artístico, los “favores” a distintos amantes que le dieron oportunidades, la particular relación con Perón, retrata la adhesión popular sin reservas en plena gloria gubernamental y culmina con el cáncer feroz, que tempranamente le devoró la vida cuando apenas tenía 33 años.

Hay dos sólidos cimientos del deslumbrante edificio artístico: las letras y textos de ese gran hombre de la literatura que fue (y es) Pedro Orgambide, más la bellísima partitura del formidable Alberto Favero (cuya batuta preside en vivo a la orquesta). Gracias a sus eximios trabajos nos atrevemos a decir que quizás sea este el mejor musical concebido en el país.

Pero no es todo, claro está. La actual versión –casi el mismo equipo creativo la estrenó en el Maipo durante la temporada de 1986– también se favorece por la exquisita factura técnica, el entusiasta y homogéneo elenco –donde se destaca el poderío vocal de Rodolfo Valls–, y una puesta que conjuga diferentes niveles, proyecciones y sofisticada escenografía con mecanismo de relojería. A la par de cualquier producción de New York o Londres.

En fin, ¿qué más decir sobre Nacha Guevara? La voz intacta, una entrega visceral, como la de un animal que se desangra en escena, y una actuación que hace empalidecer los adjetivos. Sólo queda conmoverse ante semejante talento.