
La revista porteña era el reino del lujo, la fantasía y la hilaridad. Pródiga en desnudos femeninos y chistes de grueso calibre, cualquier extravagancia escénica o verbal se legitimaba bajo la tutela de sus monarcas: el capocómico –a cargo del monólogo político irritante– y una escultural vedette principal (Pepe Arias y Nélida Roca son los iconos del género).
El origen fue la histórica visita a Buenos Aires, en 1923, de la compañía de Madame Rassimi, con el elenco del teatro Ba-Ta-Clán de París (así surgió el despectivo término “bataclana”).
Más adelante, en los cincuenta, el autor y productor Carlos Petit se erigió como zar absoluto del formato, lo revitalizó e incluyó cantantes populares para consumo de un público de diferentes estratos sociales.
La dupla Bal y Barbieri concreta una revista como las de otrora, que intenta mirar al presente. Es un sincero homenaje a esas figuras señeras y muchas otras que las nuevas generaciones desconocen: Dringue Farías, Nélida Lobato y Rafael “Pato” Carret, entre los locales, y los internacionales Mistinguett y Maurice Chevalier, por mencionar sólo algunas.
Heredera de una estirpe de artistas –su abuelo Guillermo fue guitarrista y compositor de Gardel y su padre Alfredo, un gran comediante– Barbieri no deja la evocación en el mero enunciado. Del primero hace un digno pot pourri de tangos y con el segundo, mediante proyección, realiza un exacto dúo de mímica en la caracterización que aquel hizo de Al Jolson.
Pero con gran astucia, el show no abusa de su eficaz y carismático protagonismo, y la protege con un fastuoso vestuario y atractivos números.
El principal, sin duda, es la participación del conjunto folklórico Los Nocheros, que con atuendos modernos y ritmo contagioso logra la adhesión inmediata del público.
También el sensacional número solista de una sobresaliente Maria Eugenia Rito, el oficio de Tristán y la gracia natural de Matías Alé –que además demuestra sus dotes de bailarín en el acrobático cuadro del casamiento judío–.
La mirada irónica y mordaz de la realidad, siempre y cuando esté tamizada por humor inteligente, es necesaria. Por eso, desconcierta la ausencia del comentario sobre la actualidad, más en los tiempos que corren.
En otro orden, resultan excesivas las referencias a las bulliciosas peleas mediáticas de la estrella y el regodeo en la historia personal del matrimonio. A los anfitriones les sobran talento e ingenio para cubrir estas falencias en futuros trabajos.