Clásica |

Dos intérpretes ideales

“Orfeo y Eurídice”, de Christoph Willibald Glück. Con Franco Fagioli, Virginia Tola y Paula Almerares. Régie: Roberto Oswald. Dirección: Arnold Östman. Temporada Lírica del Teatro Colón. Teatro Coliseo.

Por Margarita Zelarayán

 

Con “Orfeo y Eurídice”, su ópera estrenada en 1762, Christoph Willibald Glück produjo una verdadera reforma en el género operístico, que hasta el momento había estado signado por el predominio del virtuosismo vocal sobre la acción dramática. Glück se propuso conseguir un mayor equilibrio entre los dos aspectos, en favor del desarrollo del drama.

En esta obra, la mayor responsabilidad, tanto musical como dramática, recae en el intérprete de Orfeo. Afortunadamente, en esta oportunidad se contó con el contratenor Franco Fagioli, un cantante extraordinario que cargó sobre sus hombros con las principales dificultades de la ópera, sorteando los escollos con un talento y un refinamiento deslumbrantes. Conocedor del estilo, con una voz bella y una técnica impecable, Franco se adueñó de la función desde el comienzo.

La trama genera también una profunda expectativa en torno a la aparición de Eurídice, la esposa fallecida, a quien Orfeo rescata para llevarla nuevamente a la vida. El rol estuvo a cargo de la soprano Virginia Tola, una intérprete ideal, con voz bien timbrada, volumen poderoso, emisión natural y un perfecto control de su instrumento. En la gran escena del tercer acto, con los dos protagonistas, la función alcanzó su máximo nivel en un derroche de talento, refinamiento y musicalidad.

Junto a ellos, la soprano Paula Almerares no defraudó en el rol de Amor, el ballet estable tuvo un desempeño correcto, y la actuación del coro fue notable, con un comienzo algo dubitativo pero superándose con creces en el transcurso de la obra. La dirección musical de Arnold Östman, un verdadero especialista, fue otro de los aciertos de la función, ya que consiguió que la orquesta sonara impecablemente, en un repertorio que no suele abordar.

En el plano visual, los resultados fueron menos convincentes. La escenografía de Roberto Oswald pareció un tanto monótona al ofrecer un único marco escénico durante toda la obra. Lo mismo puede decirse de la régie, con movimientos poco naturales y una fuerte tendencia al estatismo. Una vez más fueron los músicos, el director y los cantantes, los que ayudaron a elevar el nivel general y permitieron que se pudiera disfrutar de una obra bellísima, abordada con inteligencia, conocimiento, y sobre todo, mucho talento.