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Bailando por un sueño

“Marathon”, de Ricardo Monti. Con Pompeyo Audivert, Luis Campos, María Fiorentino, Pepe Novoa, Martín Slipack, Iván Moschner y otros. Dirección: Villanueva Cosse. Teatro Cervantes, jueves, viernes y sábados a las 21, domingos a las 20.30.

Por Olga Cosentino

 

La luz de escena se enciende sobre una miserable pista de baile donde se desparraman viejos zapatos vacíos. La visión evoca catástrofes, holocaustos y cromañones pasados y presentes. El impacto de la imagen con que empieza la versión de “Marathon”, de Ricardo Monti, que acaba de subir al escenario del Teatro Cervantes, activa de inmediato la asociación con la época siniestra de su estreno original, en 1980. Pero enseguida se advierte que la obra trasciende aquella circunstancia histórica con una densidad filosófica capaz de interpelar a la vez nuestra identidad como país, nuestra civilización, nuestra barbarie y nuestra pertenencia a la cultura occidental. No es arbitraria la huella griega de la “hache” en esta marat(h)on. Desde las míticas competencias clásicas intenta ganar la humanidad, aquí encarnada en una docena de desesperados que bailan por un premio ignoto (¿por un sueño?), manipulados por un animador sin escrúpulos, obligados a la exhibición humillante de sus miserias y empujados a la agonía y la muerte.

La puesta de Villanueva Cosse valorizó lo que este texto sobresaliente tiene de inagotable y universal. Y mantuvo el grotesco espectral que hunde sus raíces en los personajes y la poética populares. La obra propone una alternancia de épocas y personajes, de realidad y mitología, de razón y de locura que fluyen gracias a los climas generados por el diseño escenográfico de Tito Egurza, también responsable, hace treinta años, de la memorable puesta del fallecido Jaime Kogan. A la que este regreso, hay que decirlo, rinde dignísimo homenaje.

Acaso quienes hayan visto aquella versión añoren ahora, en este escenario a la italiana del Cervantes, la asfixia dramática que en los Teatros de San Telmo producía la presencia del público prácticamente integrado al espacio escénico. Hoy, la distancia física permite sin embargo asistir a una lectura más distanciada y abarcadora. Por otra parte, todos y cada uno de los rubros evidencian un tratamiento de la materia dramática de inobjetable compromiso. El expresionismo fantasmal de la coreografía (Camila Villamil), del vestuario (Daniela Taiana), de la iluminación (José Luis Fioruccio) y de la música (Carmen Baliero) suma significados sin caer en el virtuosismo frívolo. Otro tanto hay que decir, finalmente, de las homogéneas actuaciones. Intérpretes como Pompeyo Audivert, María Fiorentino, Luis Campos, Iván Moschner o Pepe Novoa están a la altura de sus trayectorias. Pero sería injusto pasar por alto la intensidad sin fisuras con que el joven actor Martín Slipack afronta de manera descollante los exigentes pasajes de su personaje. No obstante, cada actuación define la visceralidad y psicología de su criatura y responde de manera homogénea a las exigencias de una puesta rigurosa.