La agitada existencia de Jack Starks es una suma de muertes y resurrecciones. Sargento de la Marina de los Estados Unidos, durante la Guerra del Golfo recibe un tiro en la frente propinado por un chiquilín al que intentaba ayudar. La recuperación del paciente es delicada. Dado de alta al cabo de meses, ya fuera de la Armada, Starks, sin familia a la vista, transita por una ruta nevada rumbo a Vermont, su ciudad natal. En el camino se topa con una camioneta averiada, una niña sonriente y una mamá quebrada por el alcohol y algunas otras substancias. Las ayuda con el coche y sigue su camino. A poco de andar es recogido por otro auto que va hacia la frontera con Canadá.
Los para un patrullero, algo estalla y cuando Starks vuelve en sí está acusado de asesinato en primer grado. La víctima: el policía. Como el hombre padece de amnesia es recluido en Alpine Grove, un hospital neuropsiquiátrico para criminales. Allí, el doctor Becker lo somete a un tratamiento especial: droga mediante y con camisa de fuerza es encerrado durante horas en un nicho de la morgue donde lo asaltan todo tipo de imágenes. Acá el pasado se enlaza con el futuro. Estamos en el 2007 y en una cafetería de Vermont, Starks traba relación con Jackie, una camarera que resulta ser aquella niña que ayudó en la ruta, 15 años atrás. Ahora se trata de recuperar definitivamente la identidad perdida y quizá, salvar la vida.
Estamos ante una intriga para espectadores atentos. La trama va y viene en el tiempo y hay personajes y situaciones que ofrecen claves para desentrañar una peripecia que apasiona y desespera. Un thriller diferente, cargado de sorpresas.