La base del PBI

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“Nuestras carreras son muy egocéntricas”
Una vida sin límites

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Trenes al borde del colapso

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“De joven hacía cinturones”
“Este año me volví piadosa y tierna”
La neurosis del ahora o nunca
“Nos fuimos, para decir lo que queremos”
Oyarbide público y privado

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El profeta de la indignación

La carrera educativa

Puesto que ya han transcurrido casi cinco años desde que, según el ministro de Educación, Daniel Filmus, “cambió el modelo de país”, sorprende que los autores de tamaña metamorfosis hayan tardado tanto tiempo en emprender la demolición de lo que a su juicio fue uno de los pilares de viejo régimen menemista, la ley federal de Educación de 1993 que, entre otras cosas, nos dio el “polimodal” y la “EGB”. Aunque trece años atrás aquella ley disfrutó del apoyo del grueso de la clase política, pronto se convertiría en el blanco favorito de las protestas de sindicalistas y otros resueltos a atribuir el deterioro de la enseñanza pública a los “neoliberales” que, daban a entender, sólo querían depauperar a la Argentina por motivos acaso misteriosos pero con toda seguridad siniestras.

Andando el tiempo, el enfoque interesado así supuesto se difundiría por todo el país debido menos a sus eventuales méritos que a la voluntad generalizada de creer que las deficiencias manifiestas de la enseñanza pública podrían achacarse a la ley de educación vigente, no a las particularidades de una cultura nacional que, a diferencia de las de países como China, el Japón y Corea del Sur, se interesa mucho más por las vicisitudes de deportistas y “artistas” que por la educación. La razón principal por la que los alumnos de los países asiáticos brillan es que se esfuerzan muchísimo más que los norteamericanos, europeos y, huelga decirlo, los latinoamericanos. Aunque todos juran creer que la educación es de suma importancia, abundan los que están más que dispuestos a subordinarla al derecho de todo niño a mirar por la tele las hazañas del seleccionado nacional en el Mundial de turno o aquel de los hoteleros de aprovechar mejor las oportunidades brindadas por las temporadas turísticas. A menos que modifiquen pronto tales actitudes, llegará el día en que la nueva Ley de Educación Nacional impulsada por Filmus sea tratada como la fuente de todos los males del país.

Si bien Filmus habla del “cambio de modelo” e incluye en su proyecto dosis bastante fuertes de propaganda política, como las entrañadas por la obligatoriedad de inculcar en los niños lo fundamental que es “la causa de la recuperación de las Islas Malvinas”, lo necesario que es adoctrinarlas sobre la “construcción de la memoria colectiva” acerca de la dictadura militar más reciente, con el presunto propósito de institucionalizar la versión oficial kirchnerista y, cuando no, lo beneficioso que se presume sería fortalecer “la perspectiva regional latinoamericana”, en términos generales no se trata de un típico ensayo tercermundista. Antes bien, contiene algunos toques que podrían considerarse conservadores. Filmus quiere que todos se vean constreñidos a estudiar un idioma extranjero: si bien no especifica cuál sería, el candidato más evidente es el inglés, medio de comunicación que los chinos consideran tan esencial que en su país son más los chicos que lo están aprendiendo que en los Estados Unidos, el Reino Unido, el Canadá y Australia juntos.

También dice que los padres deben “respetar y hacer respetar a sus hijos la autoridad pedagógica del docente”, obligación ésta que aún suelen repudiar ciertos progresistas que preferirían un arreglo a su entender más democrático. Demás está decir que en todas partes los intentos de liberar a los chicos de la tiranía docente han tenido resultados desastrosos, lo que es lógico porque, bien que mal, la educación es de por sí “autoritaria” por basarse en la noción de que algunos saben mucho más que otros. No es una cuestión trivial: tal vez lo que distingue más a los países que encabezan la liga internacional pedagógica de los rezagados sea que en los primeros los docentes son profesionales prestigiosos mientras que en éstos son meros “trabajadores de la educación”, en su mayoría mujeres, que son mal remunerados y de formación a menudo defectuosa.

El esquema propuesto por Filmus, el que será aprobado por los legisladores con el mismo entusiasmo que manifestaron cuando les tocó votar por la ley menemista de 1993, servirá para centralizar un poco más la educación pública, o sea, se asemejará más al sistema francés y menos al norteamericano, lo que en vista de la realidad del país podría tener resultados positivos aun cuando las provincias sigan a cargo de las escuelas locales. Prevé que a partir del 2007 la secundaria será obligatoria en todo el país y que los jóvenes tendrán que ir al colegio durante 13 años en vez de los 10 actuales, lo que en teoría es muy bueno pero que dependerá de la actitud de aquellos padres que por los motivos que fueran toleren que sus hijos abandonen las aulas antes de que hayan cursado el tiempo mínimo fijado por la ley.

Como el ministro comprenderá muy bien, la deserción escolar es un problema mayúsculo. También lo es la militancia sindical de los docentes que en muchas zonas del país se han acostumbrado a privar a los jóvenes de la posibilidad de conseguir una educación adecuada. Filmus tendrá que encontrar el modo de aplacar a tales docentes porque de lo contrario sus reformas no ayudarán a quienes no tendrán ninguna posibilidad de abrirse camino en el mundo a menos que logren salir del semianalfabetismo en el que tal y como están las cosas pasarán su vida. Informarles a los docentes que “tendrán derecho a un salario digno” no cambiará nada: aunque el “salario digno” se materializara, los sindicalistas se las ingeniarían para descubrir más pretextos para organizar más paros.

La Argentina dista de ser el único país en que se cree que la educación está “en crisis”. Con la eventual excepción de Finlandia, en todos la mayoría da por descontado que sus compatriotas más jóvenes están perdiendo terreno frente a sus contemporáneos extranjeros y que a menos que haya reformas espectaculares la decadencia nacional se verá asegurada.

Tanta angustia se debe a la evolución socioeconómica de un mundo en el que los cerebros bien preparados valen cada vez más y los músculos cada vez menos, y a la conciencia de que China y la India, países que suman más de dos mil millones de habitantes, entienden esta realidad con el resultado de que todos los años producen cantidades fenomenales de científicos, ingenieros, expertos en informática bilingües y así largamente por el estilo. No son nada promisorias las perspectivas que enfrentan los ignorantes en una “economía de crecimiento”: la brecha entre sus ingresos y los de quienes completan sus estudios continuará ensanchándose. Asimismo, si en el nuevo orden mundial que está construyéndose los premios más jugosos irán a los mejor instruidos, quienes no están en condiciones de competir con los chinos e indios, además de los japoneses, surcoreanos, europeos y norteamericanos, no tendrán más alternativa que la de conformarse con lo poco que puedan ganar cumpliendo tareas subalternas.

Por desgracia, cuando de la carrera educativa se trata ni la Argentina ni ningún otro país latinoamericano se halla entre los adelantados, lo que hace pensar que su ubicación en la jerarquía mundial del futuro cercano será más humilde que la actual y, desde luego, muy inferior a la esperada por los convencidos de que merece estar entre los elegidos. Cuando aceptan participar de las pruebas internacionales que se organizan con la finalidad de comparar el desempeño educacional relativo de los distintos países, los latinoamericanos siempre figuran entre los peores.

Aunque algunos colegios de “elite”, sobre todo en la Argentina, sean equiparables con los mejores de otras latitudes, el resto del panorama difícilmente podría ser más desolador. Los colegios secundarios no preparan a los alumnos para los rigores de la universidad, de ahí los bochazos colectivos tan desconcertantes que se registran con regularidad deprimente, mientras que las universidades mismas, incluso cuando no constituyen campos de batalla dominados por patoteros ideológicos, ya tienen poco en común con las instituciones del mismo nombre del mundo anglosajón.

Cambiar todo esto será mucho más difícil que “cambiar de modelo” porque es la consecuencia de tradiciones culturales arraigadas que se caracterizan por el facilismo y por un notable sesgo anticientífico. Filmus alude a la necesidad de rescatar “la cultura del trabajo y del esfuerzo cooperativo como principio fundamental de los procesos de enseñanza-aprendizaje”, pero mal que nos pese no será suficiente que los políticos sigan hablando, como ya lo hacen desde hace décadas, de la importancia de que cada uno se esfuerce al máximo. Para que la mayoría de los habitantes del país se comprometa con la educación por lo menos tanto como los japoneses, coreanos, chinos y finlandeses, tendría que producirse una mutación social que no parece estar entre las prioridades del gobierno del presidente Néstor Kirchner