"Democracia", de Michael Frayn. Traducción, versión y dirección: Hugo Urquijo. Con Rodolfo Bebán, Horacio Peña, José María López, Carlos Kaspar y otros. Escenografía: Alberto Negrín. Luces: Jorge Pastorino. San Martín, Sala Casacuberta.
Por Ernesto Schoo
Si es verdad aquello de que cualquier vida, por oscura o monótona que parezca, es materia apta para ser dramatizada, cuánto más se aplica ese criterio a la existencia de quienes ejercen el poder político, o económico (o ambos a la vez), en este mundo cada día más convulsionado.
Cómo llegan a esa situación, las consecuencias que ésta acarrea para ellos mismos y para millones de personas, su ascenso, apogeo y decadencia, son temas fascinantes para los dramaturgos. Éstos tendieron casi siempre -desde los clásicos griegos hasta Shakespeare o los franceses del siglo XVII- a remitirse a personajes de la historia antigua. Ibsen fue uno de los primeros que se atrevió, después del ciclo de sus dramas históricos, a abordar situaciones políticas y sociales vividas en su propio tiempo ("Los pilares de la sociedad", "Un enemigo del pueblo"), y Brecht seguiría ese camino.
Michael Frayn, el notable autor de "Copenhague", se sintió atraído por la singular personalidad y la compleja carrera del alemán Willy Brandt (1913-1992), uno de los protagonistas de la política mundial en el siglo XX, que bien podría ser un personaje de novela. Nacido en Lübeck en 1913, desde muy joven adhiere al socialismo; la llegada de los nazis al poder, en 1933, lo lleva al exilio en Noruega, cuya ciudadanía obtiene y donde trabaja en periodismo. Participa del lado republicano en la Guerra Civil española, y se refugia en Suecia cuando Hitler invade Noruega. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, vuelve a su patria de origen, recupera la nacionalidad y, gracias a su talento y su carisma, va ascendiendo en la carrera política. Es, en 1961, el alcalde de Berlín cuando Alemania Oriental alza el muro infame; en 1969 se convierte en el cuarto canciller de la República Federal, desplazando por primera vez desde el fin de la guerra a la democracia cristiana.
Ese ascenso tiene un precio. Brandt alcanza la cumbre del poder por una coalición de partidos cuyos dirigentes no son unánimes en apreciarlo. Les molesta cierta teatralidad del personaje, su donjuanismo sin pausa, sus excesos etílicos y, sobre todo, su trato con los países del Este, con vistas a una reunificación de ambas Alemanias, que se produciría veinte años después. Ganador del Premio Nobel de la Paz en 1971, avizoró también la Unión Europea. Fueron sus propios aliados quienes descubrieron su talón de Aquiles y lo expusieron: su secretario privado, su hombre de confianza, resultó ser el agente secreto que el Este había infiltrado en su entorno. La revelación fue abrumadora y Brandt debió renunciar a su cargo, en 1972. Murió en Bonn, diez años después.
Por qué, entonces, si el protagonista es tan atractivo, si su historia es interesante, si el elenco -exclusivamente masculino- es idóneo, si la escenografía de Negrín propone una nueva, imaginativa utilización del difícil escenario de Casacuberta, si la dirección de Urquijo es acertada; si se dan, en fin, todos los requisitos para un triunfo, éste no es alcanzado: cabe preguntarse las razones. Se tiene la impresión de asistir a uno de esos documentales, impecables, que la televisión europea y, sobre todo, la británica, dedica a personalidades notorias en muchos terrenos. Los datos están ahí, los hechos más importantes son destacados, pero suele faltar una indagación más a fondo en los móviles y los sentimientos. Se añora el tratamiento que Ibsen y Brecht -mencionados al comienzo de esta nota- quizás hubieran dado a esta historia de vida. Porque lo que le falta al prolijo, informativo espectáculo es, justamente, el temblor de la vida.