Keiko y sus cuatro hijos acaban de mudarse a un pequeño departamento, en Tokio. Como en ese edificio, al parecer, las criaturas molestan, los dos más chicos llegan embalados en sendas alijas. La consigna es no hacerse oír por el portero. Todos son hijos de padres diferentes. Hay algo que no inspira confianza en la voz y las actitudes de Keiko. Al poco tiempo los abandona a su suerte, dejándoles un poco de dinero y una nota al mayor, Akira, de 12, donde le pide que se encargue de los otros. Convertido a los apurones en padre sustituto, el muchachito hace lo que puede ante tamaña tarea. Estira las monedas, compra comida, trata de que no alboroten. Pasado el mes, inesperadamente, Keiko regresa con regalos para todos.
La felicidad dura poco, sin embargo. Al poco tiempo empaca sus cosas y parte de nuevo, prometiéndoles que estará con ellos en Navidad. Mandará algún dinero pero no volverá más. Akira la llama a un teléfono que ha encontrado por casualidad. Ella ha cambiado de identidad. La situación se torna más y más desesperante con el correr de los días. Akira oculta a sus hermanos la verdad sobre su madre pero cada vez se le hace más difícil mantener ese delicado equilibrio ante la amenaza de derrumbe que se cierne sobre ellos. Para este cuarto y angustioso largometraje sobre egoísmos y soledades, Hirokazu Koreeda, de quien conocimos hace unos años "After Life", se inspiró en un episodio real, conocido como "El caso de los cuatro niños abandonados de Nishi Sugamo". Esos cuatro chicos vivieron solos y aislados durante seis meses, sin que nadie a su alrededor lo notara. La muerte, de pronto, despabilará a unos y otros. Film estremecedor.