La base del PBI

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“Nuestras carreras son muy egocéntricas”
Una vida sin límites

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Trenes al borde del colapso

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“De joven hacía cinturones”
“Este año me volví piadosa y tierna”
La neurosis del ahora o nunca
“Nos fuimos, para decir lo que queremos”
Oyarbide público y privado

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El profeta de la indignación

Los milagros de la economía K

En las últimas semanas, el Gobierno se ha preocupado de anunciar con bombos y platillos tres buenas noticias: el crecimiento a ritmos chinos continúa (+8,7% en los últimos 12 meses), la desocupación sigue cayendo (10,2% en el tercer trimestre 2006) y las reservas del Banco Central superaron los 30.000 millones de dólares. Son, qué duda cabe, buenas nuevas, que se tornan espectaculares cuando –como no se cansan de hacer los panegiristas oficiales- se compara el escenario actual con el abismo de 2002. Ante cifras tan contundentes, no parecen quedar motivos de escepticismo frente a los milagros de la economía K. Y sin embargo…
Y sin embargo, cada una de estas cifras se presta a un gran número de objeciones. En primer lugar, no es la primera vez que la Argentina obtiene elevados índices de crecimiento para después desmoronarse abruptamente. En efecto, la economía nacional ha tenido varios picos (por ejemplo: 29% de crecimiento en los tres primeros años de Menem contra 28% de Kirchner en similar período) sin que por eso se pudiesen sentar las bases de un crecimiento sostenible en el tiempo y evitar los tropezones, hasta el punto de que en las últimas tres décadas la mitad de sus años han sido de crecimiento negativo; un verdadero récord mundial. Y si bien los analistas prevén que el tono positivo de la economía global causado por la incorporación fulminante de chinos e indios al mercado asegurará el crecimiento por un lustro, nada de esto puede ser achacado al modelo neodesarrollista K, cuya performance es solamente aceptable cuando al crecimiento obtenido en ambos períodos se le resta lo ganado gracias a la expansión mundial. Por otra parte, si se consideran los datos en perspectiva, la Argentina ha crecido sólo el 12% desde su anterior récord productivo, obtenido hace ya ocho años. Esto significa simplemente que gran parte del anunciado crecimiento no merece tal nombre sino el de recuperación, ya que el aumento genuino del período 98-06 es inferior al 1,5% anual. Lo que pone en ridículo varias afirmaciones del Gobierno, entre ellas la de que la crisis energética se debe a la explosión provocada por los milagros de la economía K.

En segundo lugar, cuando se considera que los beneficiarios de los planes de seguridad social son lo que son, es decir: desempleados, se advierte que la desocupación real es del 12,1%, esto es: un guarismo mediocre, mayor al que existía en 1994 y 1998 y sólo superado durante la crisis posterior al Tequila y en el infierno de Duhalde-Remes Lenicov. Aún en el actual escenario creado por la tabla rasa de la megadevaluación y la pesificación-licuación del salario, por no hablar de los laxos controles laborales que favorecen el trabajo en negro, los progresos obtenidos son modestos si se considera su elevado coste social. De allí que la economía K, a pesar de sus milagros, haya tenido efectos redistributivos aún inferiores a los ya muy pobres de la Convertibilidad y exhiba hoy un índice de pobreza del 31% (contra un 25,9% del anterior récord productivo), una indigencia del 11,2% (contra el 6,9%), la brecha social sea de 31 a 1 (contra el 28 a 1) y el ingreso promedio esté 10% por debajo de lo que necesita un hogar para dejar de ser pobre, cuando en 1998 estaba 34% por encima de esa cifra.

Finalmente, un nivel de reservas superior a los 30.000 millones de dólares no es ninguna exclusiva nacional, ni tampoco una novedad. Quienes lo ensalzan pasan por alto la actual recomposición de reservas de todas las economías en desarrollo del planeta, como China, Corea, India, Malasia, Rusia y Taiwan, cuyo factor clave (la abundancia de dólares en el mercado mundial) era considerado demoníaco por los neodesarrollistas cuando se trataba de criticar el endeudamiento de los ’70 o la Convertibilidad. Además, el criterio de las reservas como reaseguro contra la volatilidad de los mercados financieros debería ser descalificado por los neodesarrollistas K por conservador y neoliberal. Para no recordar ineducadamente que el anterior récord de reservas se alcanzó aquí en junio del 2000; con 35.609 millones de dólares registrados apenas un año y medio antes del colapso de la Convertibilidad.

En fin, para ser sinceros, que quien fue capaz de la “hazaña” de propiciar el más portentoso paga-Dios de la historia de la economía mundial (60.000 millones de dólares) con la excusa de que la deuda era impagable, se jacte dos años después de haber “ahorrado” la mitad de esa cifra y se vanaglorie de un superávit fiscal obtenido hipotecando la posibilidad del país de obtener préstamos a intereses razonables, es simplemente una burla, especialmente grave para el 38,4% de poseedores argentinos de esa deuda “externa”, en buena parte jubilados estafados con la anuencia de sus AFJP. Lo mismo puede decirse del “superávit fiscal”, obtenido como si un padre de familia dejara de pagar la luz, el gas y la tarjeta de crédito y se enorgulleciera de sus ahorros del mes. Y con parecidos resultados a largo plazo. En cuanto a la deuda, asciende hoy a u$s152.000 millones, 70% del PBI contra el 66% que antecedió el default del 2001, y aproximadamente un diez por ciento más que entonces en su valor total.

En tanto los milagros K del país en serio, la nueva política y la redistribución de la riqueza siguen haciéndose esperar, el modelo productivo neodesarrollista se muestra aún más desigual que el neoliberista que presidió los noventa. Es cierto también que la globalización de la economía sin globalización de las instituciones democráticas instala un escenario global regido por la competencia inter-nacional por los capitales, forzando a la baja de los estándares laborales y ecológicos y poniendo serios límites a las capacidades redistributivas de las naciones. Pero también es cierto que existen márgenes para una reforma del sistema fiscal argentino, uno de los más regresivos del mundo, y para una mejor aplicación del gasto, con menos clientelismo y anuncios y más inversión real en salud y educación. Por otra parte, los gobiernos que sostienen un sistema de ingresos poco igualitario lo hacen para lograr, por lo menos, elevados índices de inversión. Nada de eso sucede en la Argentina de los milagros K, capaz de combinar desigualdades sociales crecientes con bajos índices de inversión. Si a la inversión bruta anunciada hoy como gran logro (22% del PBI) se le resta la depreciación del stock de capital (aproximadamente el 13%), la inversión neta anual resulta del 9%, lo que es suficiente para no más del 3,6% de crecimiento. Para no hablar de su bajísima calidad, ya que proviene en buena parte del “superávit” de un estado altamente endeudado y alrededor del 60% total se destina a la propiedad inmobiliaria, que no produce efectos expansivos en la economía como la inversión en unidades productivas o bienes de capital. En cuanto a la afluencia de inversiones externas, en teoría altamente favorecidas por la depreciación de activos y salarios causada por el shock devaluatorio, la participación argentina en el flujo que se dirige a Latinoamérica es del 6% contra un 14% del período 1996-2000. Como triste contrapartida, empieza a producirse una afluencia de capital especulativo a corto plazo perfectamente explicable si se considera que cualquier banco ofrece bonos estatales a 2% de rendimiento anual más CER, lo que en buen español quiere decir al menos 13% anual en dólares, como en los mejores momentos de la bicicleta financiera local.

Pese a que ha sido capaz de revertir un escenario catastrófico, el neodesarrollismo K es incapaz de cumplir sus promesas yendo más allá de la Convertibilidad 3 a 1. Lo que parece más que mera casualidad si se considera que su programa nacionalista-industrialista atrasa medio siglo respecto del mundo real, esto es: respecto del universo postindustrial y global en el que la riqueza se genera aplicando inteligencia al proceso productivo, creando conocimiento, diversidad e innovación y participando de los flujos globales de tecnología y capitales. Basta ver que aún en este país empobrecido la desocupación es un fenómeno casi inexistente entre la mano de obra de alta calificación para comprender que la sociedad de la información es algo más que un espejismo fantasmal.

Cuando la actual bonanza mundial se esfume y los resultados de los desvaríos y euforias nacionales se hagan presentes, los argentinos no atribuiremos las consecuencias a nuestras políticas de pan-para-hoy-y-mañana-Dios-dirá sino a un manifiesto complot mundial destinado a acabar con un país condenado al éxito. Se trata más o menos de la estrategia adoptada por todo marinero chambón y principiante, y que consiste en atribuirse todos los méritos cuando el viento sopla por la popa y en insultar a los dioses cuando lo hace de frente, con la particularidad de que en este caso lo aplica masivamente una nación con casi dos siglos de experiencia histórica y que fue creada cuando Italia y Alemania, por poner dos ejemplos, eran todavía un brumoso proyecto. Para entonces, cuando el tiempo del neodesarrollismo se haya agotado, la Argentina habrá perdido una oportunidad como no se le presentaba desde la postguerra para modernizarse según los parámetros actuales y no con los existentes cuando para comunicarse con China era necesario hacer señales de humo. Que la hayamos dejado pasar de largo a pesar de la mucha evidencia y experiencia disponible habrá sido el último de los milagros de la economía K.