Ralph Emerson decía que todo hombre es la mitad de sí mismo y que la otra mitad son sus palabras. Este ciclo, con 10 años en el aire, y siempre primero en audiencia, parece inspirarse en la frase del poeta norteamericano. Porque Esteban Mirol habla pero, sobre todo, deja hablar, sin red, a quien lo llame. El conductor, en comunicación directa, sin excluir a nadie, dialoga y comparte. En Mitre, ahora y desde el 8 de enero, agrega además nuevas secciones: boleros (que los oyentes pueden dedicar) o pequeños pueblos del interior, de esos donde "nunca pasa nada", pero en donde Mirol y su producción siempre saben encontrar temas de interés. Sigue también con sus antiguos y remozados espacios solidarios (a cargo de autorizados especialistas) en los que se dan respuesta a temas de salud, se atienden consultas sobre trámites jubilatorios, hay lugar para quienes buscan compañía e, inclusive, una vez por mes se dan consejos médicos sobre oftalmología.
En la oralidad primaria, el especialista (poeta, sacerdote o profeta), en medio de su auditorio, alrededor del fuego, narraba y difundía las vivencias grupales fijándolas a la cultura. En el comienzo del siglo XXI, cuando la cultura de la videoimagen no hace olvidar a la radio, no es difícil imaginar al oyente, a la luz de su aparato de radio, escuchando, participando y forjando una versión mejorada del mundo. No es extraño que muchos oyentes, en los cuentos que a veces lee Mirol, crean reencontrarse con aquellos otros que les contaban sus abuelos. Y eso sucede, tal vez, porque la cultura de la oralidad, a la que representa Esteban Mirol, retrotrae a esa infancia en la que, hablando y escuchando y aún sin saber leer ni escribir, los humanos suelen ser puros y simples.