Ante cada concierto de música clásica al aire libre se encuentran, casi indefectiblemente, la felicidad y la resignación. Por un lado, sobreviene la dicha por poder observar cómo Mozart y Vivaldi también pueden convocar multitudes y lo disfrutan sin restricciones, sin darle oportunidad a que sobrevengan esos conocidos problemas de la pertenencia o la ajenidad al circuito de la música académica. Por el otro, en este tipo de eventos, no siempre la calidad de lo ofrecido está garantizada. En esta ocasión, no había duda de que los artistas en escena iban a aportar exactamente lo necesario para que la música estuviera, literalmente, en las mejores manos.
Sin embargo, y más allá de esa inesperada y gélida noche sabatina de febrero, las cuestiones técnicas no estuvieron a la altura de las circunstancias y la pésima calidad del sonido deslució lo que pudo haber sido una fiesta de mayor jerarquía. Es harto sabido que la amplificación de una orquesta es sumamente dificultosa, aún con las mejores intenciones. Pero, en esta oportunidad, en el gran escenario de La Pampa y Figueroa Alcorta, no parece que haya habido algún intento específico o puntual para amplificar una orquesta de cuerdas y un piano. El sonido fue absolutamente plano, el clave era una especie de golpeteo metálico indistinguible, el piano sonaba seco, chato, sin prolongaciones y, en general, la Camerata, a pesar del oficio y la profesionalidad, sonaba como un viejo disco mal grabado.
En el comienzo del programa, pasaron la "Pequeña Serenata Nocturna", de Mozart, el Concierto para oboe de Alessandro Marcello, con Andrés Spiller como solista y el movimiento final de "El verano", de Vivaldi. Después sí, llegó Horacio Lavandera para tocar el Concierto para piano y orquesta Nº 23 de Mozart y, al final, la Camerata tocó tangos de Piazzolla. Independientemente de los reparos señalados, en el final, las diez mil personas que habían acudido al concierto lucían radiantes. Pero habría que observar que quien tiene hambre puede disfrutar de una comida aunque la cocción no esté en su mejor punto. Si bien las necesidades básicas pueden estar ampliamente satisfechas, es una pena no haber podido agasajar a los comensales con los mejores sabores, las mejores especias y la más acabada presentación.