Kilómetros de pasarelas y miles de horas bajo las luces de estudios fotográficos convierten a Valeria Mazza en un indudable referente de la moda. Modelo top, “cover girl” de las principales revistas del mundo –Elle, Glamour, Cosmopolitan, Marie Claire, entre otras– y musa de diseñadores como Giorgio Armani y Valentino, Valeria tiene suficientes conocimientos sobre el arte de vestir como para justificar su intento de transmitirlos a las demás mujeres. Esa es la intención de su reciente libro, “¿Qué me pongo? Moda & Estilo” (Planeta): hacer un recorrido ameno y a vuelo de pájaro sobre todos los aspectos que hacen a la moda femenina, con un sentido pedagógico y práctico.
Un poco de historia, un repaso de los básicos del guardarropa, consejos para ir de shopping, elegir accesorios, diseñar el propio vestido de novia y hasta lidiar con rústicos gustos masculinos, son algunos de los tópicos que aborda en sus páginas. Nada distinto de lo que otros libros sobre el tema ya han aportado a la cuestión. Un manual del “fashion emergency” decorado con frases de celebridades del diseño, como Armani, Cavalli, Carolina Herrera y Eva Herzigova.
Enseñar a las mujeres a tener estilo, es una tradición. La pasión por combinar, como en un rompecabezas, colores, texturas y prendas, resulta ser un clásico de la educación femenina que comienza en la infancia. Antes, se practicaba con muñecas o con figuras troqueladas. Hoy, en portales como Stardoll.com o MissBimbo.com –este último fue penalizado recientemente en Inglaterra por dar opciones para adelgazar e intervenir quirúrgicamente a la modelo virtual–. En ellos, las chicas ponen en juego sus habilidades para vestir con creatividad a las celebridades o a sí mismas –en versión digital– y pueden compartir sus logros con la comunidad del sitio web.
La cuestión es simple: en un mundo en el que el diseño de indumentaria es una profesión top y en el que saber quién es Marc Jacobs resulta más importante que conocer las tablas de multiplicar, ¿sigue teniendo sentido dar lecciones de estilo? ¿No son las posibles receptoras del libro tanto o más expertas que quien imparte las clases?
Por lo pronto, si se pretende entrar seriamente en la materia, conviene evitar algunas falacias en las que cae –con las mejores intenciones– Valeria Mazza en su libro. Mitos que, por repetidos, pasan por verdades incuestionables en materia de belleza femenina.
Primer mito. “El estilo puede adquirirse”. Detrás de todo curso o manual, se esconde la idea de que una mujer puede vestirse como los dioses con sólo observar algunas reglas sencillas y básicas. Y esas reglas consisten en limitar la carta de opciones al mínimo, de modo tal que no haya posibilidad de equivocación.
Pero el estilo es otra cosa. Se trata de la suma de todo el conocimiento que se acumula en la infancia, la adolescencia y la adultez. Y también de lo que no se aprende. De lo que es innato en alguien. Hay gente que tiene talento para la música y otra para la moda.
Jessica Trosman lo explica claramente: “El estilo se puede adquirir, pero, para eso, es necesario educar el gusto desde la infancia. No me animo a decir que es una cualidad ‘genética’, pero casi…”, opina.
Sin embargo, muchos confunden “estilo” con “elegancia”. Y son cosas diferentes. Evangelina Bomparola la define como “un valor subjetivo. Una convención social relacionada con lo que comúnmente se llama ‘buen gusto’ y a la que no adhiero porque está pasada de moda”.
Porque si el “buen gusto” es uno sólo; estilos, hay muchos, incluso estilos que atentan contra el buen gusto. En su libro, Valeria Mazza describe los más perceptibles. Clásico, el de quienes prefieren atuendos formales; retro, que se inspira en el pasado; hippie chic, oriental y setentista; vamp, para chicas seductoras; glam, colorido y exagerado, y urbano, el de todos los días. Pero hay unos cuantos más.
Tantos como personas.
Toda celebridad construye su propio estilo para diferenciarse de las demás y se apega a él. Las mujeres comunes tienen la opción del camaleón, es decir, cambiar de acuerdo con las diversas situaciones.
Segundo mito. “El dinero no hace al estilo”. Pero ayuda muchísimo. Es difícil convencerse de que una mujer puede lucir de la misma manera con un modelo de Oscar de la Renta que con un vestidito comprado en Once. Y mucho más en este invierno, en el que adquirir un guardarropa básico supone invertir varios sueldos mínimos. Nunca, como ahora, “pobreza” y “estilo” estuvieron más separados. En todo caso, si no se invierte dinero, es necesario dedicar tiempo. ¿Y quién tiene tiempo? Los que cuentan con dinero. Olvídense, mujeres, si creen que van a lograr el look de Susana Giménez o de Natalia Oreiro sólo con inteligencia y sentido de la oportunidad. Queda una opción: el look de Shakira. Su estilo “hip hop” está al alcance de todos los bolsillos.
Tercer mito. “Con buenos básicos alcanza”. Los básicos son esas prendas que nunca pasan de moda, y lucen bien en todas partes. Valeria recomienda: jeans, un vestido negro, una t-shirt, una camisa blanca, un blazer, un pantalón recto, un trench, un tapado, un suéter de escote en V, un par de botas, un par de zapatos altos y un par de zapatillas. Y con este poquito de ropa…¡nos morimos de aburrimiento!
Los “básicos” suponen una idea clásica del estilo. Y ser clásico no significa tener estilo.
Cuarto mito. “Clásico es igual que elegante”. Si esto fuera verdad, ni Madona, ni Victoria Beckham, ni ninguna celebridad marcaría tendencia. Versace jamás hubiera triunfado y Jean Paul Gaultier estaría pidiendo limosna en el metro de París. Estar bien vestido no significa combinar los zapatos con la cartera. En estos tiempos de vértigo creativo, marcar la diferencia supone atreverse a más, aun corriendo el riesgo de equivocarse.
“El estilo se asocia con lo clásico porque es más seguro”, dice la diseñadora Nadine Zlotogora. Un manual de estilo sólo puede apostar por las opciones probadas. Paradójicamente, son las que están pasadas de moda.
Quinto mito. “La figura no importa”. Es difícil creerlo, pero hasta Valeria Mazza dice no sentirse feliz con su cuerpo. En tiempos de anorexias descontroladas, la belleza todavía pesa 50 kilos y Barbie sigue tan flaca como siempre. Entonces, los manuales de estilo se dedican a enseñar a disimular excesos o a recomendar dietas. Si todo eso no bastara, la solución es aceptarse tal como una es. Es decir, resignarse. Parece que la resignación marca tendencia.