Opinión | Elecciones en Ee.Uu.

Qué le conviene a la Argentina

Opciones. El demócrata Obama es el preferido de Cristina K. El republicano McCain repunta.

Por James Neilson

 

Cristina cree que hay “una posibilidad en enero del año que viene de que haya un nuevo presidente en los Estados Unidos de Norteamérica” y no hace esfuerzo alguno por ocultar su esperanza de que el elegido sea el demócrata Barack Obama. En aquella ya célebre conferencia de prensa del sábado pasado, la Presidenta se confesó sorprendida “por su personalidad, por su discurso, por su forma de enfocar las cosas absolutamente diferente”, o sea, por la imagen mediática que se ha creado en torno al candidato favorito de la progresía internacional, ya que si bien Obama domina el arte de pronunciar discursos rimbombantes, llenos de generalidades huecas basadas en la noción nada original de que con buena voluntad universal el mundo sería un lugar mucho mejor, sus propuestas concretas distan de ser novedosas.

En cuanto a que Obama sea lo que la Presidenta llama un “hombre de color”, hay que recordar que gracias a aquel ecuménicamente despreciado “derechista” George W. Bush el mundo se ha acostumbrado a que afronorteamericanos como Colin Powell y Condoleezza Rice ocupen los cargos públicos más poderosos de la superpotencia. Si los hubiera nominado por el puesto más prestigioso de la diplomacia internacional un presidente demócrata como Bill Clinton, el mundo entero aún estaría felicitándolo por haber asestado un golpe devastador al racismo blanco, pero ocurre que todos saben que Bush es un bruto reaccionario, razón por la que su gesto no impresionó a nadie.

Aunque por motivos que podrían calificarse de ideológicos y por suponer que en cierto modo le es afín Cristina respalda a Obama, acaso no le convendría subrayarlo demasiado. Después de todo, no hay garantía alguna de que el demócrata triunfe en las elecciones de noviembre. A pesar de contar con una multitud de ventajas sobre su rival, el setentón republicano John McCain, cuya campaña hasta ahora ha sido llamativamente pobre y que es propenso a cometer gaffes, según las encuestas de opinión más recientes los dos están empatados, si no es que McCain ya haya tomado la delantera.

En las semanas últimas, Obama ha perdido terreno en buena medida porque una franja importante del electorado sospecha que no hay mucho detrás de la retórica facilista que es su especialidad y que por lo tanto sería más sensato confiar en un hombre más experimentado, aun cuando se trate de un afiliado del mismo partido que Bush, un mandatario cuyo índice de aprobación es casi tan bajo como el de Cristina. Claro, McCain dista de ser un clon de Bush. Es un republicano decididamente atípico que nunca ha vacilado en criticar a los operadores partidarios que, por su parte, lo detestan. Aun cuando ya había derrotado a los demás aspirantes en la interna republicana, se resistieron a apoyarlo, motivo por el que los fondos de campaña de McCain son llamativamente menos imponentes que los recaudados por su contrincante supuestamente popular.

Con todo, si bien la campaña de Obama es mucho más profesional que la de McCain y la mayoría concuerda en que en buena lógica el demócrata debería ganar por nocaut, el electorado norteamericano podría estar preparándose para repudiarlo. Además de desconfiar de un hombre que pronuncia discursos elocuentes que suenan bien pero que carecen de sustancia, en un lapso muy breve se ha difundido la sensación de que el hombre es un elitista que se cree superior al grueso de sus compatriotas, incluyendo, desde luego, a sus congéneres “de color” y a los integrantes de la clase trabajadora blanca. A los norteamericanos del montón, las desigualdades económicas les importan poco –parecería que todos imaginan que un día ellos también podrían llegar a ser billonarios– pero les molesta sobremanera las presuntas diferencias sociales o intelectuales. Si rechazan a Obama, pues, no será tanto por el color de su piel como por ver en él un representante cabal de una elite cosmopolita que sencillamente no entiende las preocupaciones y los gustos del hombre común.

La gira triunfal y triunfalista de Obama por Europa, en la que hizo gala de sus talentos retóricos ante una inmensa muchedumbre en Berlín, no lo ayudó: habló como si ya fuera presidente de los Estados Unidos, lo que muchos tomaron por una manifestación imperdonable de soberbia, una característica que podría resultar ser su talón de Aquiles. Asimismo, su forma ingenua de “enfocar las cosas” en regiones tan complicadas y traicioneras como el Medio Oriente reavivó dudas relacionadas con su falta de experiencia en la arena internacional. Condenado por las circunstancias a actuar como el jefe de policía mundial y en consecuencia a hacer frente al desafío incipiente planteado por China, luchar contra el terrorismo islamista, impedir que el Medio Oriente sea escenario de una guerra tal vez nuclear y manejar con la debida prudencia una economía en apuros, el próximo presidente norteamericano necesitará ser algo más que un buen orador según las pautas locales que sea capaz de enfervorizar a quienes reaccionan coreando la consigna “¡Sí, podemos!”.

De todos modos, una cosa son las preferencias personales de la Presidenta –y a juzgar por los sondeos, también de una mayoría abrumadora de quienes no votarán en los Estados Unidos– y otra muy distinta son los intereses del país. ¿Sería mejor para la Argentina que el año que viene Obama se instalara en la Casa Blanca que si el elegido resultara ser McCain? En vista de la fuerza que están adquiriendo los sentimientos proteccionistas en los Estados Unidos, al país le convendría más que “el hombre más poderoso del mundo” estuviera comprometido con una mayor libertad de comercio, no sólo por los obstáculos proteccionistas que podrían surgir en los Estados Unidos sino también por su impacto en el resto del planeta. De optar el “país rector” por cerrar más puertas, otros, en primer lugar los europeos, no vacilarían en emularlo, lo que sería una pésima noticia para la Argentina y para vecinos como Brasil, que dependen mucho de su capacidad para exportar.

Obama, un demócrata que supo abrirse camino en la jungla política notoriamente corrupta de Chicago, es por su formación mucho más proteccionista que McCain. También está a favor de aumentar aún más el gasto público ya apenas sostenible de su país, lo que, a juicio de escépticos inmunes a la obamanía, incidiría de manera muy negativa en la evolución económica de los Estados Unidos y por lo tanto de la del resto del mundo. Aunque luego de derrotar a Hillary Clinton –la del “siglo de las mujeres” previsto por Cristina antes de transformarse en Presidenta–, para decepción de sus partidarios más entusiastas, Obama se ha deslizado hacia el centro del espectro ideológico, sus vínculos con los sindicatos siguen siéndole clave, de suerte que no le sería fácil resistirse a la tentación de rodear la economía norteamericana de barreras proteccionistas. En cambio, McCain por lo menos intentaría mantener las puertas abiertas. Puesto que lo último que el mundo, y la Argentina, necesitan hoy en día es que el parate norteamericano actual sea el preludio de una recesión internacional prolongada, una eventual presidencia de Obama no estaría exenta de riesgos económicos.

Tanto aquí como en otras latitudes, se da por descontado que si Obama triunfa en noviembre, los Estados Unidos recuperarían enseguida el prestigio, cuando no el amor, de los demás que conforme a sus muchos críticos Bush despilfarró. Es factible que ello sucediera, pero sólo se trataría de una reconciliación pasajera, ya que una superpotencia no puede sino aprovechar su poder en defensa de sus propios intereses, lo que significaría que tarde o temprano provocaría roces con los resueltos a defender los suyos. Tampoco le será dado al próximo presidente norteamericano dejar de entrometerse en los asuntos de otros países. Aunque meses atrás Obama se afirmó dispuesto a charlar sin condiciones previas con todos los mandatarios del planeta, incluyendo al siempre molesto venezolano Hugo Chávez y su amigo, el iraní de las fantasías genocidas Mahmoud Ahmadinejad, desde entonces ha modificado su posición.

Obama quiere que los Estados Unidos aumenten su propia producción petrolera para no tener que depender de los caprichos de personajes como Chávez y ha dejado saber que no tolerarían que Irán se pertrechara de un arsenal nuclear, aunque hasta ahora no ha amenazado con “obliterarlo” en el caso de que causara problemas, como hizo Hillary, y también parece haberse olvidado de su sugerencia de que invadir Pakistán podría contribuir a la pacificación de una zona crónicamente turbulenta. Sea como fuere, por progresista que sea Obama, a menos que para asombro de todos el Medio Oriente se tranquilice muy pero muy pronto, tanto él como McCain podrían verse en una situación en que el empleo –unilateral o con los aliados de siempre– de fuerza militar les parezca la opción menos mala disponible, lo que, huelga decirlo, reencendería enseguida los fuegos del antinorteamericanismo, este sentimiento tan difundido que se nutre no sólo de las cosas antipáticas que hace el gobierno del país que se cree responsable del orden internacional existente sino también del hecho, para muchos insoportable, de que los Estados Unidos sean más ricos, más poderosos y más influyentes que cualquier otro miembro de la llamada comunidad internacional.