Cultura | Análisis crítico

Reivindicación de la televisión

Incomprendida y maltratada, la pantalla chica asoma como el último refugio de la creatividad. La decadencia del cine y la literatura que se manifiesta en su oferta de productos de fácil digestión.

Por Omar Bello *

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La televisión se está convirtiendo en el último refugio de la creatividad. Mientras el cine y la literatura ofrecen productos de fácil digestión, aptos para un público que parece tener la cabeza limada, la caja boba es una máquina de escupir proyectos riesgosos. Y lo hace a pesar (o quizá por eso) de tener una pésima reputación. El derrape del séptimo arte es más que evidente. Basta con recordar que “Lo que el viento se llevó”, la película más taquillera de 1939, planteaba en su argumento un conflicto que hoy sería imposible de encontrar en cualquiera de lo “tanques” hollywoodenses: pareja central que no sólo se separa al final, sino en la que uno de sus miembros manda al diablo al otro. Setenta años después, 3D incluido, “Avatar” es un proeza técnica con estructura argumental escolar; mundo perfecto en el que los héroes triunfan, los villanos tienen su merecido y las parejas viven felices para siempre. Su propuesta desgrasada y libre de colesterol no está sola. De hecho, todas las producciones taquilleras terminan infectadas por el mismo virus.

¿Cuánto hacen que no ven morir un perro en pantalla? Ni lo verán. La exigencia de éxito seguro excluye todo aquello que resulte controversial al quisquilloso paladar medio. No vaya a ser cosa que se nos atragante el pochoclo con un deceso inesperado y contrario a las leyes de la naturaleza. Porque el público cinematográfico tiene límites bien marcados. Los ancianos pueden morir tranquilos. Si el guión lo justifica con algún mensaje humanitario o ecológico, niños y animales (siempre que no se trate de perros) también son carne de cañón. Eso sí, el protagonista central jamás muere o tiene facultades especiales que le permiten resucitar en las versiones posteriores que, al momento del estreno, ya estarán en proceso de producción. Frente a lo que se observa en las salas cinematográficas, giros argumentales como los que propone la serie americana “Lost”, saturados de recovecos y misterios que esquivan la resolución, son de una audacia admirable. Claro que si lo que prefieren es un baño de realidad, ahí está “Grey’s Anatomy” y su planteo descarnado de la vida dentro de un hospital. Tampoco hay que ningunear a “Glee”, el suceso de Fox que prueba que los jóvenes son capaces de consumir un envío denso en materia de relaciones humanas, con planteos estéticos de calidad sorprendente. Por ejemplo, la puesta en escena de la canción “Somebody to love”, despojada de artificios y con una dirección impecable, merecería quedar en los anales del musical.

Libros livianos. Menos visible, la decadencia de la literatura avanza sin que nos demos cuenta. ¿Por qué? Aún quienes pisan una librería por error, descubrirán universos de autores que conforman una escenografía intelectual consistente. Claro que la mayoría de ellos están muertos y apenas sirven de adorno. Lo que se vende es de factura liviana. Ensayos periodísticos, revisiones históricas o biográficas, novelas entretenidas que, pasado el verano, avergüenzan al estante de la biblioteca en que las depositamos hasta nunca más ver. Acorraladas por el marketing y temerosas de un mercado que se reduce día a día, antes de innovar, las editoriales son capaces de jugar su destino a las “arrimas” de Belén Francese.

Impulsados por creencias que atrasan alejamos a nuestros hijos del televisor. Sin embargo, un capítulo de “Los Simpson” contiene más inteligencia, ternura y sensibilidad que muchos de los libros anodinos que se recomiendan en las escuelas. Porque la literatura infantil también sufrió un proceso de degradación. La tele tiene varias ventajas que aprendió a aprovechar muy bien. Por un lado, se multiplicaron las horas de transmisión y los canales. Entre tanta actividad, el cultivo de talentos se hace posible. Por otro, resiste el fracaso; inmunidad que la industria cinematográfica perdió hace rato. Con presupuestos superiores a cien o doscientos millones de dólares (sin considerar la promoción), Hollywood no puede darse el lujo de fallar. Aunque existe un margen lógico, los grandes estudios se plantean un objetivo de mínima: recuperar la inversión. Salvo que se trate de emprendimientos “personales”, ya no hay grandes fracasos. La lista de películas más vistas del año es una “mentira”. “Avatar”, “Piratas del Caribe”, “Spider-Man” o “Harry Potter” son sucesos previsibles. A lo sumo pueden reventar la aguja o hacer que la balanza marque el peso ideal. El esfuerzo publicitario y, sobre todo, la falta de riesgo en el planteo argumental, hacen que el naufragio no sea posible. Es cierto que los experimentos siguen existiendo y ganan premios. Pero el pulso del negocio no pasa por ahí. Si la ex de Cameron logra que “Vivir al límite”, producción que costó once millones (un vuelto para los parámetros americanos), supere a la aplanadora ecológica que creó su antiguo marido en la entrega de los premios Oscar, habrá demostrado que la capital del cine mundial no come vidrio. Igual que el tero, pone los huevos en un lado y chilla en otro.

Cine Chatarra. Si su próxima película demanda un presupuesto mayor, deberá atenerse a las leyes y entregar papilla procesada. Cuando sobra plata y los artistas están dispuestos a ceder, la fórmula del éxito existe. Aunque con mucho menos glamour, las editoriales muestran un comportamiento parecido. En caso de que los dioses y la suerte lo acompañen, un autor nuevo deberá caer en las garras de una empresa marginal cuyo máximo logro será sacar a la venta, dentro de un circuito limitado, uno de esos libros mal editados que vienen con las hojas sin guillotinar y carecen de difusión.

Maltratada y en cierta manera incomprendida, la tele se da un gusto que las demás industrias perdieron: patinar en el horario central. Debido a cuestiones estrictamente presupuestarías, un resbalón en la serie del año podría provocar sismos en la cadena que la emite, nunca llevarla a la bancarrota. Situación que se ve favorecida por lo siguiente: los actores de televisión llegan a ganar fortunas una vez que la receta ya está probada. Casi nadie arranca con un millón por capítulo.

El fenómeno de reivindicación televisiva no muere en los yanquis. Si bien la Argentina no araña estándares similares a los de “Dr. House”, “24” o “Nip Tuck”, el potencial futuro se va evidenciando. Comparado con algunas series nativas de los últimos años, el guión de “El secreto de sus ojos”, final feliz y poco creíble incorporado, es políticamente correcto y previsible, apto para el gusto desabrido de la Academia. Falta barajar algunas cartas pero la base está. A partir de “Lalola” Sebastián Ortega alcanzó un pico interesante que no pudo sostener en “Los exitosos Pells” (básicamente porque lo convirtió en un chico en continuado) y directamente rifó en “Botineras”. Gracias a su inocultable pobreza técnica, “Todos contra Juan” sedujo más a los críticos que al público. Igual fue un intento digno. Algunos episodios de “Mujeres asesinas” resultaron maravillosos y novelones como “Resistiré” tuvieron lo suyo.

El descubrimiento de las posibilidades estéticas de la televisión merece un capitulo aparte. Lejos de inquietar, “Alguien que me quiera” atrasa en relación con “Rolando Rivas”. De todas formas, el encuentro de la pareja central, eclipse de sol mediante, fue de una belleza tal que convirtió en deseables las redondeces de Andrea Del Boca. Dado que la televisión se volvió casi indestructible, desarrolló un valor sin el cual el arte se convierte en una máquina de hacer chorizos: la posibilidad de equivocarse. Conviene empezar a mirarla con otros ojos.

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