Política | A qué juegan oficialistas y opositores

País de niños

La estupidización del liderazgo político. La dificultad adolescente para conciliar. Los "berrinches" y la escalada del ojo por ojo. ¿El síndrome Peter Pan afectará a la economía?

Por José Antonio Díaz

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Simuló hacer un “puchero” para las cámaras, dejó pasar un espacio de tiempo y encaró a las barras convocadas al Club Atenas, de La Plata. “Los médicos se enojan, pero tenía que levantarme de la cama para luchar. El amor y el sentimiento me han fortalecido el corazón”, hablaba el niño-víctima. Ya estaba informado que el efecto carótida le había subido unos puntitos su pobre imagen positiva. Antes de terminar el discurso, Néstor Kirchner también quiso llorar y no pudo. El domingo siguiente, en Olivos, reapareció, sin embargo, el niño-agresivo: “Cuando se den cuenta, la guita no va a estar; no nos dejan gobernar, pero lo hacemos igual”. Como si dijera: “Tomá, ahí tenés, me hiciste sufrir pero ahora, por fin, te la devuelvo”. Había terminado de leer los textos de los dos decretos que reemplazarían el fatídico Fondo del Bicentenario. Ir contra las normas de la madurez política: toda una liberación de energía inútil.

El lunes del inicio de sesiones, mientras su esposa, la Presidenta de la Nación, hacía tiempo y empezaba a decir que había firmado algo (en lenguaje “sarasa”) en acuerdo de ministros -que no llegó nunca a definir como otro DNU-, Kirchner estalló en una mueca pícara y guiñó su ojo disponible. No se pudo contener el niño-pendenciero. Se había vengado de 48 días durante los cuales no le habían dado el gusto de satisfacer su capricho: quedarse con las reservas por la fuerza, sin Congreso mediante. Estaba contento como un chico. No sintió vergüenza porque no puede verse a la distancia ni advertir lo patético de sus gestos. Sus discursos son justicieros, simulan el sacrificio por el bien del país, se autoadjudican todo lo bueno y no se hacen cargo de nada de lo malo. Aunque delatan el propio interés personal y el deseo de lastimar a quien quiera que se le ponga enfrente. Como dice un leal ministro que lo sigue desde Santa Cruz: “A Néstor no le importa nada”. Como al niño-berrinche. El contenido es lo de menos: se puede adquirir en el supermercado de los estilos de vida o en la mesa de saldos del marketing político.

O mejor aún, en el sórdido mundo de los aficionados a las teorías de la conspiración, que dividen entre amigos reales y visibles y enemigos encubiertos, como observa la ensayista Beatriz Sarlo: “El país real (según Cristina) sería el de los amigos, las estadísticas de los amigos, las cifras de desocupación de los amigos, los logros de los amigos. El país virtual, el de las invenciones de los enemigos”. Un juego de niños, sólo que se trata de un juego peligroso porque se creen de verdad que hay políticos destituyentes y maniobras golpistas que los quieren voltear. Básicamente, una gran mentira.

Vea esta nota completa en la edición impresa nº1732 de la revista NOTICIAS

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