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El desafío de ajustar el modelo

La economía avanza a toda velocidad pero genera inflación. No todo se resuelve con plata. Qué cambiar.

Por Carlos Melconian

Lo que se ve a primera vista es que la Argentina, en el terreno estrictamente económico, avanza a toda velocidad. Va por el quinto año de fuerte reactivación y bate récords de consumo, facturación empresaria y recaudación de impuestos. También bate récords de gasto público y, comparado con el mundo, de inflación. Ha mejorado espectacularmente el empleo, es cierto que hay mucho informal, pero hay más plata en el bolsillo. Poco importa que, visto en una serie larga, se trate de una recuperación económica, con creces, de lo que se había perdido previamente. Lo mismo vale para el hecho de que todo el planeta está creciendo muy fuerte.

Estamos frente a un modelo expansivo con dólar alto, a priori para exportar, pero que pretende también mantener bien caliente la demanda interna, el consumo, al cual, más allá de lo que creció genuinamente, se lo ha "pichicateado" muy fuerte a través de distintas vías. Las dos cosas, exportación y consumo, disparan subas de producción y empleos. Esto genera rentabilidad empresaria y demanda más producción. Allí es entonces donde la inversión privada debiera acompañar. Cuanto menos acompañe, más cerca el fantasma inflacionario. Simplemente porque entre lo local y lo externo hay más demanda que oferta. El circuito apunta claramente a bajar rápido la desocupación. Todo, de la mano de un ciclo internacional brillante para el país, casi sin antecedentes.

Oferta y demanda. En este contexto pujante al quinto año aparece cierto desacople. Una percepción de vértigo. Es como si la economía estuviera avanzando a 200 kilómetros por hora, y por la banquina. La visión de país que se cae y país que milagrosamente se levanta con la misma rapidez (once veces como mínimo en cien años) no está erradicada. Esto lleva a que aun en la bonanza haya comportamientos conservadores en la oferta y/o demandantes de muy alta rentabilidad en proyectos de inversión, para evitar errores, volantazos bruscos o eventuales discrecionalidades en las reglas de juego. Se factura a nivel récord pero con el cinturón de seguridad ajustado y el freno de mano a tiro, por las dudas, una frase bien argentina. Entonces oferta y demanda van claramente a velocidades muy diferentes, la primera más lenta que la segunda. Es como que a lo "virtuoso" se lo ve cada vez más "vertiginoso". El que le toca gobernar en la Argentina sabe que independientemente de sus aciertos y errores está el miedo a la historia en la toma de decisiones. Y la confusión virtud-vértigo no ayuda.

Este modelo expansivo generó un desenlace reactivador sin inflación por tres años pero hacia fines de 2005 la inflación subió a dos dígitos reales, aceptados por el gobierno. Había una enfermedad cuyo diagnóstico era deflación, desempleo, recesión, desmonetización, etc., y el remedio claramente fue bueno. Como la Convertibilidad, que fue un gran remedio cuando tuvo que abatir el 5.000 por ciento de hiperinflación ochentista. Pero, insisto, a partir del 2005 hay reactivación pero también hay inflación.

En el 2006 ya no se quiso más la inflación, que es lógico, pero más que erradicarla genuinamente se contuvo "la estadística inflacionaria" con controles y subsidios. En el 2007, como los precios siguieron yendo para arriba, otra vez a dos dígitos anuales, no sólo se reforzaron los controles y los subsidios sino que también se avanzó directamente sobre el índice del INDEC. La realidad es que la economía está mostrando que al cuarto ó quinto año de crecimiento, seguir creciendo a estas tasas obliga a convivir con una inflación de dos dígitos anuales, no de uno. Observando un mundo que mató de cuajo a la inflación y donde cinco décimas más o menos son un problema, podemos afirmar que estamos claramente frente a un lío. Es un gran lío. No una tragedia. Pero políticamente se ha elegido la ruta crecimiento-empleo-inflación (aunque a esta última se la "tape"). Es una elección. Habrá que discutir si es sostenible el otrora invento argentino de tener gran actividad con un "poquito" de inflación. Si es creciente o controlable, etc.

La gran caja fiscal. Lo que pasa es que todo en este modelo gira alrededor de la reactivación, que es lo que le da de comer a la caja fiscal, con la que se gobierna y se "arreglan" los problemas tirando para adelante. Entonces luce poco imaginable que el nivel de actividad pueda crecer un poco menos ex profeso como para atenuar genuinamente la tasa de inflación. Ha sido a partir del repunte del PBI que subió la recaudación, se revirtió la crisis fiscal de las provincias, salió a flote el sistema bancario y se recompuso la rentabilidad empresaria y la caja de las empresas de servicios públicos privatizados. Todo estuvo ligado a la reactivación y el ciclo. Muy poco es sostenido con reformas, confianza y horizonte. Como no hay estrategias preventivas ni la mirada traspasa el corto plazo, la clave del programa es que el Estado tenga caja para sortear los problemas a medida que se presentan. Es un programa plata-intensivo. Los problemas se arreglan con plata. Para Kirchner recaudar es un desafío político, tan importante como lo era para Alfonsín controlar a los militares y para Menem derrotar a la hiperinflación.

En la cabeza política y económica del modelo, "siempre" hay que crecer rápido y mucho. La reactivación fuerte tiene que ser un estado constante de la economía. Mantener bien caliente la demanda es lo que mantiene vivo al programa. Es mejor 9 de crecimiento con 9 de inflación que 6 y 6; y mejor 9 de inflación con 8 de desempleo que 6 y 10. Se prefiere tensión en inflación pero no en actividad ni en empleo.

El principal temor es a un aflojamiento del nivel de actividad, aunque sea moderado. Este es el fundamento de por qué la política macro es tan expansiva y por qué se aplican "pichicatas" al consumo vía el abaratamiento artificial de productos en el mercado interno (alimentos, combustibles, luz, gas, etc.). Por eso en el 2007 viene una dosis adicional de cebada de bomba, básicamente, una muy fuerte suba del gasto público y un estiramiento lo máximo posible de la suba de salarios en el sector privado formal.

Es que la reactivación fuerte en este programa se ha convertido lo que para la Convertibilidad era el 1 a 1. Salir del 1 a 1 era un intríngulis, aun asumiendo que había un problema de competitividad. Sin el 1 a 1 era otro programa, con derivaciones difíciles de prever. Acá es lo mismo. Con un crecimiento menguado sería un intríngulis imaginar el programa, aun reconociendo la conveniencia de ir un poco menos rápido para no forzar demasiado la máquina y quedarse a mitad de camino. Sería otro programa. Otra caja, encontrar otra forma de "resolver" problemas tirando para adelante. Hasta otro "alineamiento" político.

Pero mantener tan caliente la demanda cuando la oferta no emparda no es gratis. Genera más tensión en precios, lo que lleva a parches crecientes: más controles, más subsidios, más penalizaciones para exportar alimentos, más mercados paralizados. Este es el gran desafío en el que de a poco está entrando el programa.

En una economía tan cebada y con tensión inflacionaria es difícil maniobrar y mucho más tocar el freno viniendo a 200 kilómetros por la banquina. Cuesta cada vez más ajustar el circuito macroeconómico de dólar alto, fogonazo de consumo, gasto público volando, salarios en alza y controles de precios. Se empieza a necesitar más: emisión monetaria y endeudamiento del Banco Central para sostener alto el dólar, recaudación impositiva para mantener tamaño gasto público, poder político para contener la presión salarial que quiere "verdadera" inflación más un poquito, y más controles y subsidios para contener los precios. Ir por todo a la vez es, como he señalado en alguna otra oportunidad, querer "la chancha y los veinte", que empieza a chocar contra la realidad.

El desafío de corregir. Seguir creciendo al 9% con baja inflación, dólar alto pero con los alimentos que se exportan baratos (encima con precios internacionales fabulosos), tasa de interés negativa en términos reales para el ahorro pero demandando al sistema bancario crédito a largo plazo y barato, tarifas de luz y gas congeladas para las familias y que no haya cortes, o continuar emitiendo pesos para sostener alto el dólar pero que el Banco Central tenga superávit cuasifiscal. La "chancha y los veinte" tiene los cortocircuitos de la realidad. El vértigo asusta a la inversión y no la induce a ponerse a 200 Km. por hora. Al revés. Por eso a esta macroeconomía le hace falta un "service", como le decía a la revista NOTICIAS hace un par de meses. La pregunta periodística habitual: "Con la macro bien, ¿ahora qué falta?", es incorrecta. Algunos resultados parciales han sido muy buenos, pero como diría Alan Greenspan, hay "imbalances".

Mientras el contexto internacional empuje y el superávit fiscal tentado por el gasto no se diluya, no hay riesgos de crisis terminales. Pero aunque esto ayuda a seguir adelante, se incuban estos temas "endógenos" del programa. Persiste por supuesto además la incógnita de cuáles serán las reacciones cuando la bonanza amaine (internacional o local) o cuando suba más la inflación o se haga más evidente la necesidad de "equilibrar" la política económica. Sin un "service macro", se van a correr esos riesgos, de que la reactivación fuerte con inflación bajo control se transformen en estanflación: desaceleración económica sin que necesariamente baje la inflación. Esto puede suceder aun con el mundo jugando a favor. Ahí va a estar la prueba de si la "pichicata" tiene tanto poder como para evitar que la economía se estanque. Por supuesto con costos fiscales.

La Argentina pasó de baja actividad, alto desempleo y baja inflación en el 2003 a alta actividad, bajo desempleo y alta inflación en 2007. El gran desafío económico es ir bajando genuinamente la tasa de inflación sin planchar la economía y sin que empiece a subir de nuevo el desempleo. No es necesario hacerlo de golpe y todavía no se requiere de un plan de ajuste a la vieja usanza. Se puede ir convergiendo gradualmente sin pagar costos elevados en materia de actividad económica y empleo. Pero hay que hacerlo lo antes posible o en su defecto resignarse a convivir con inflación e indexación, con los riesgos que sabemos que ello acarrea, o encaminarse en el tiempo a un plan de ajuste ortodoxo. En todos los gobiernos siempre la primera palabra la tienen los Presidentes con gente que tiene que ir pensando a partir de un diagnóstico y proponer. Aquí debiera ser igual.

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