Vamos, cheeee, vamos a llenar!", les grita. Ellos chupan las palabras y la energía del arengue como si fueran una esponja y se enfervorizan: "Vaamooss, vamooosss", repiten. La previa a la salida al escenario es todo un ritual y Fabio "Poroto" Lacolla tiene la voz cantante. Podría decirse que hace las veces de DT de las bandas de rock pero, en su función de psicólogo, no baja línea técnica sino que echa mano a sus herramientas de motivador. "Es algo tribal, es puro cuerpo, puro grito, pura pasión. Y lo hago con la misma pasión que si fuera yo el que sale al escenario", explica. Lacolla los ayuda a atravesar el túnel que une la realidad del camarín con el mundo mágico del escenario. Ellos salen, los ovacionan y suenan los primeros acordes. Él se queda entre bambalinas con el fervor contenido. Lacolla es psicólogo pero además es músico. Por eso le gusta presentarse como el Doctor Poroto, su nombre artístico, y se siente más identificado con libros de la historia del rock que con los tomos de Sigmund Freud.
En su agenda profesional, hay alrededor de 30 músicos que lo eligen para hacerse el "service". "Repártanse esta hoja pero no vale doblarla", les propone a los cuatro pelilargos con jeans gastados y remeras baqueteadas. Ellos se prestan al juego. El del tatuaje en el brazo izquierdo toma la iniciativa de agarrar el papel y le pifia cuando quiere cortarlo en partes iguales. Otro acepta el trozo que le toca, un tercero se queda con la porción más grande, "che, te dicen boludo a vos ¿no?", lo gasta el cuarto. Lacolla observa y lee la situación como si fuera una radiografía del grupo. "La banda que perdura es la que tiene aceitada la dinámica de los roles", sentencia y asegura que las personalidades diferentes y bien recortadas se complementan. Pero, aún así, los obstáculos aparecen: Que quieren grabar y no pueden, que grabaron y no saben cómo vender el disco, que uno se quiere ir de la banda. Entonces, no se acuestan en el diván sino que se juntan en la sala de ensayo y se dejan llevar por Lacolla.
Casos. Las crisis que afrontan los músicos tienen algunos ejemplos emblemáticos. Charly García encarna al ídolo que hace del escándalo su leitmotiv. "La genialidad tiene fecha de vencimiento y creo que García no se entero de eso, no lo acepta, niega una realidad. Su lucha interna es seguir siendo un genio cuando ya no lo es. Para muchos, Charly es como el primer amor y cuanto más tiempo pasa, más se lo idealiza, más cosas se le perdonan, entonces Charly se convierte en la estampita. Ahí está su sufrimiento y él lo pone en acto, no en palabra", analiza Lacolla.
Otro ejemplo repetido dentro del rock, nacional e internacional, son aquellas bandas legendarias que después de una separación traumática vuelven a unirse, como Soda Stereo. "Ellos fueron el resultado del espíritu de una época. Cuando cambió ese espíritu, ya no pudieron sostenerse. La disolución es parte de la evolución del grupo de trabajo. Después, para que se genere el regreso, se tienen que dar muchas condiciones: la económica, la mediática y la trascendencia que eso pueda tener. Creo que tiene que ver con una cuestión nostálgica, pero no melancólica, con una gratitud con el público y con el propio narcisismo".
El caso de Callejeros, en cambio, se aleja de lo estándar. Después de la tragedia de Cromañón, el grupo se convirtió en víctima para algunos y en victimario para otros. "Ellos fueron atravesadas por un accidente. Es muy difícil reponerse de eso. Tal vez hay que asumir que hay cosas que no tienen explicación, lo que es muy complejo porque en el medio está la culpabilidad, la responsabilidad y el dolo –interpreta–. Hoy por hoy, creo que ellos se están cuestionando seguir tocando juntos o no. El tema es que nunca van a estar ajenos a lo que pasó. Son otros Callejeros y es otro público, que también hace catarsis. La vuelta del grupo es una oportunidad única para que todos, los que están a favor y los que están en contra, puedan elaborar el duelo".
Distinto es el caso cuando un accidente desbarata al grupo, como le sucedió a Catupecu Machu. La banda soporta desde hace más de un año el accidente automovilístico de Gabriel Ruiz Díaz -uno de sus fundadores y hermano de Fernando, líder del grupo-, por el que desde entonces quedó en coma. "Los Catupecu sufrieron la sensación de lo irreversible. Aún así, encontraron una salida y, a poco del accidente, dieron un concierto con músicos invitados porque tuvieron la creencia de que Gaby no se iba a oponer a eso. Fue una manera de elaborar lo que estaba pasando. Ahora están conviviendo con su internación".
Lejos de situaciones críticas, hay otros que logran mantenerse no sólo unidos sino vigentes a pesar de los años. Los Auténticos Decadentes, exitosos por más de dos décadas, parecen un ejemplo de que es posible la buena convivencia entre sus ¡12! integrantes. "Ya con el nombre se declaran perdedores. Son muy inteligentes, muy buenos músicos. Las diferencias que hay entre ellos los hace homogéneos. Es un grupo que se permite la licencia de divertirse, de jugar, de tocar bien o tocar mal y eso es lo que se ve. La estética de la desprolijidad simulada que construyeron fue clave para sostenerse durante tantos años", define.
La fama cuesta. ¿Querés ser famoso o artista? le pregunta a sus rockers pacientes. Sorpresivamente para él, cada vez son más los que confiesan que la fama los atrae más que la armonía musical. "No está mal reconocerlo, lo peor es resistirse al deseo. El que lo asume está a salvo. El que dice que no le importa la fama pero uno advierte que detrás de eso está el deseo reprimido, ese está en riesgo".
Sostiene que es más difícil bancarse el fracaso que el éxito aunque aclara que son dos caras de una misma moneda: "Hay que entender que el éxito es transitorio. Hay una situación que me ubica en el lugar de éxito, no es que soy exitoso".
Durante la preparación de su libro, con el que pretende perfilar las características del rockero argento, Lacolla entrevistó a 20 músicos y se topó con que algunos de ellos dicen ser los mismos tanto arriba como abajo del escenario. "Eso no es posible o, mejor dicho, no es recomendable". Enciende su tercer cigarrillo negro y explica que "el público necesita un personaje no una persona. En el escenario no se puede ser real, hay que jugar y para eso tiene que estar claro el sentido de la espontaneidad. Eso siempre desemboca en algo creativo", asegura.
Él también tiene un personaje creado. El Dr. Poroto es su ropaje para desacartonar al académico. Entonces, hace crujir la guitarra que tiene en el consultorio y tararea una de sus letras: "Todos escondemos nuestras partes ocultas/ cruzamos en rojo sin pagar la multa/ Todos nos colgamos del cable del vecino/ les vendemos soluciones a la ex de un amigo/ Y así está mejor/ y así está mejor".