Ovalada o redonda. Esa era la cuestión shakesperiana que envolvía a un chico de 7 años que vivía en Pilar y solía hacer deporte hasta quedar fusilado en el club Deportiva Francesa. Dieciséis años después del dilema, 50.000 almas congregadas en París le gritaron "Maradooo, Maradooo...". Y él, Juan Martín Hernández, el apertura de Los Pumas, el deportista de moda, el que se anima mostrar sus músculos y algo más en un calendario hot, el que se inventó a sí mismo, supo que la elección había sido la correcta.
Juan Martín forma parte de la tercera generación de deportistas, que se inició con su abuelo, Héctor, el verdadero patriarca familiar que inició a sus hijos en los valores y los códigos del deporte, sea cual fuere. Daba igual. Si hasta la segunda salida de Juan Martín, con apenas días de vida, fue ir al predio del club donde años después se destacaría como jugador, Deportiva Francesa. Oscar Martínez Basante, uno de sus entrenadores, dice sobre "Carajito" –apodo que recibió por lo travieso que era de chico–: "Es el mejor jugador que hemos tenido la suerte de ver desde todos los tiempos". Y agrega: "Nunca antes me había pasado que un jugador de mi equipo fuera juzgado con tanta admiración por los entrenadores de los equipos rivales".
Árbol genealógico. Hijo de Miguel (rugbier y preparador físico) y de Silvia; hermano de María de la Paz (jugadora de hockey e integrante de otro seleccionado que deja huellas, las Leonas) y de Nicolás (también rugbier y hoy capitán del primer equipo de Deportiva Francesa), y sobrino de Patricio Hernández (ex jugador de Estudiantes de La Plata, director técnico de fútbol), el ADN de los Hernández respira deporte. En todas sus variantes. Tanto, que los domingos, y luego de todo un fin de semana en el club, los tres hijos de Silvia y Miguel regresaban a casa sobre el filo de la medianoche. Dormidos, pero satisfechos.
El camino inicial de Juan Martín no fue rosa, como el color de una de las camisetas de su actual club, el Stade Français parisino, uno de los más poderosos del mundo. Un problema congénito en los pies hizo que el pequeño Juan Martín no pudiera caminar bien ("Era muy chueco y no podía correr", graficó su tío, Patricio Hernández). El influjo de papá Miguel hizo que Juan Martín y su hermano Nicolás (cuatro años mayor) comenzaran a jugar al rugby con las rodillas, juego al que bautizaron “ruchibil” y que se transformó en una especie de código entre los dos, aún cuando Juan Martín superó su inconveniente de salud.
Hasta los cuatro años, Juan Martín vivía una infancia a puro deporte. En un club de rugby. "Deportiva Francesa es el patio de nuestra casa", afirma papá Miguel en el diario francés L’Equipe. Así se tomaban los Hernández la vida en el club. Tres años después (y con siete de vida), Juan Martín tomó la decisión trascendental de jugarse por la guinda del rugby: fue a su primer entrenamiento en Deportiva Francesa. Pese a que los comentarios familiares dicen que le pegaba "bárbaro" a la pelota de fútbol, prefirió la de rugby.
Desde ese momento, y hasta la consagración mundial en este 2007, la carrera de Hernández fue meteórica. De "arenero" (el chico que lleva la arena que usan los jugadores para apoyar la pelota antes de patear) a "aguatero", Hernández se hizo jugador. Y destacó en todas y cada una de las categorías que integró. Participó de la selección argentina de menores de 19 en el 2000 y 2001. Jugó para el equipo nacional de seven –una variedad de rugby en la que cada equipo está formado por siete jugadores– y se graduó de Puma en el 2002, en un test-match frente a Italia A. Su currículum incluye una particularidad: durante un torneo de seven, se puso la camiseta de...¡Paraguay!, selección en la que participó como reemplazo. Juan Martín "era el más pequeño del equipo porque era tan bueno que lo adelantaron un año y jugaba con los que éramos un año mayores" contó Jaime Marina, jugador del club de rugby Cisneros, de España, y ex compañero de Juan Martín.
Aló, París. En el 2003, y después de jugar el Mundial de ese año (Argentina fue eliminada por Irlanda, en cuartos de final), a Juan Martín le llegó la oportunidad que pedía a gritos con las buenas actuaciones en su club: un contrato en el rugby profesional. El Stade Français de París, uno de los clubes más poderosos de la liga gala, se había fijado en él. Para que el sueño se hiciera realidad fue fundamental el guiño de quien por entonces ejercía de figura y medio scrum titular en el equipo francés: Agustín Pichot. Consciente de las cualidades de Hernández, Pichot no dudó en aprobar su contratación, al punto de enseñarle la vida en la capital de Francia, adoptándolo como si fuera su hermano menor. La pareja que hoy hace jugar -y ganar- a Los Pumas empezó a gestarse en París.
Le llevó sudor y algunas lágrimas adaptarse a la vida en Francia. Para empezar, le cambiaron el puesto: se fue siendo fullback; terminó convertido en apertura. Y la tuvo que remar desde abajo para convertirse en el titular indiscutido que es hoy: en su club está David Skrela, apertura de la selección francesa e hijo de un prócer del rugby galo, Jean-Claude Skrela. Además, la distancia con Argentina se llevó a alguna novia y una carrera universitaria: iba a ser licenciado en marketing, pero por los entrenamientos sólo rindió algunos parciales, aunque ningún final. "Algo voy a estudiar, todavía no sé qué, pero algo voy a hacer", dice Hernández cada vez que lo consultan por su futuro. Su actual contrato no lo obliga a hacerlo: gana 20.000 euros al mes.
Ese futuro está teñido por los éxitos que lo acompañan en este mundial de Francia. Elegido en la formación ideal de todas las fechas del mundial por los periodistas, Juan Martín es uno de los cinco candidatos (junto a Felipe Contepomi, otro Puma) al premio al mejor jugador del año 2007. En su carrera se avizora un futuro en Gran Bretaña –el Leicester, que dirigirá el coach Puma, Marcelo Loffreda, puede ser su próxima escala–, y la cábala perpetua que ha instalado junto a su hermana María de la Paz: llamarse por teléfono antes de cada partido. Mientras tanto, seguirá deleitando a la platea femenina con imágenes hot de su cuerpo contorneado –como las que hizo para el calendario "Dieux du Stade", Dios del Stade, en castellano– y a los fanáticos del rugby con drops de zurda como el que tiró ante Irlanda. Y se pondrá muchas veces más la número diez de Los Pumas. El número emblemático que le valió ser comparado con otro crack al que todavía no pudo conocer: Diego Armando Maradona.