A Doris Lessing le gustan los gatos y la ginebra. Nació en Persia (hoy Irán), creció en Rhodesia (hoy Zimbabue), huyó del hogar a los 15 años, trabajó como niñera y se convirtió en una figura insoslayable de la literatura inglesa del siglo XX. Usa una falda vieja, larga y desteñida y tiene el aspecto de un ama de casa campesina que atiende a la prensa que la felicita por el Premio Nobel que acaba de ganar, mientras el pan que está preparando leva en la tibieza de la cocina. Su aire agreste, su corpulencia y su pelo recogido la emparentan físicamente con Marguerite Yourcenar.
A los 88 años, la decisión de la Academia Sueca la sorprendió mientras estaba de compras en Londres totalmente ajena a la discusión de los académicos. Eterna nominada para recibir el galardón, se había acostumbrado a su condición de candidata perpetua.
La Academia la cree merecedora del Nobel por haber sido la transmisora de la “experiencia épica femenina” la que abordó “con escepticismo”, pasión y fuerza visionaria”. ¿Pero no se trataba, acaso, de un premio de literatura? El tan mentado feminismo de Lessing parece haber eclipsado, en la decisión académica, su condición de escritora. Un hombre que escribe es un escritor. Pero una mujer que escribe sigue siendo, ante todo, una mujer. A nadie se le ocurrió decir que el anterior galardonado, Orhan Pamuk, es un defensor de la causa masculina porque en sus novelas aparecen muchos hombres.
Lo cierto es que Lessing, cuya obra muchos críticos consideran despareja, tiene en su haber méritos que exceden su condición de mujer. Por empezar, la de estar más allá de los premios. Aunque dijo sentirse muy contenta por la distinción, agregó que la Academia había decidido otorgársela “porque no podía premiar a un muerto”. Su novela “El cuaderno dorado”, de 1962, le dio fama internacional. marcando un antes y un después en su vastísima trayectoria literaria. No eludió el compromiso político ni cuando se afilió al Partido Comunista ni cuando desertó de sus filas en desacuerdo con la política de Stalin. Su gran ductilidad le permitió escribir un libreto operístico con Phillip Glass, el músico de la repetición obsesiva. Luego de acumular tantos honores descubrió que, al fin y al cabo, la vida se sostiene en unos pocos ritos cotidianos: jugar con sus gatos y darles de comer a los pájaros de su jardín.