De un lado del mostrador hay viajes que despiertan ilusiones, besos a la familia que se queda, maletas despachadas y apuro por conquistar el Free Shop que, aunque el cambio no favorece, siempre depara alguna chuchería para mostrar a los que no viajaron. Pero mientras estas escenas se desarrollan de a cientos por día en el aeropuerto de Ezeiza, del otro lado del mostrador, en el área restringida, donde la mirada del gran público nunca llega y a donde sólo se accede por medio de una credencial autorizada, se pone en marcha un engranaje menos feliz: el robo de objetos de valor guardados en valijas. Mafias enquistadas en empresas, códigos propios, secretos y zonas riesgosas en el recorrido del equipaje vuelven vulnerables las pertenencias de los desprevenidos pasajeros que, por otra parte, no tienen cómo evitar el atraco.
El episodio que echó luz sobre estos oscuros procedimientos, a principios de octubre, fue el escandaloso robo de 80.000 de dólares de un container de la Reserva Federal de los Estados Unidos que se dirigía al Banco Central y la posterior apertura de lockers grupales del personal del servicio de rampas del aeropuerto –ubicados en una zona de acceso limitado– donde se descubrieron cámaras, filmadoras digitales, equipos de audio, perfumes y relojes tomados de los equipajes. Pero el tema no es nuevo. En lo que va del año, ya se registraron 311 robos en Ezeiza, a razón de uno por día. Un aumento de casi un 70 por ciento respecto del año pasado. Y hubo no menos de 26 detenidos.
NOTICIAS reconstruyó la ruta de las valijas en riesgo, desde su despacho en el mostrador de las aerolíneas que realizan vuelos internacionales hasta la bodega del avión con el que llegan a destino. Cuáles son los lugares críticos y propensos para la violación del equipaje; qué empresas lo manipulan; qué métodos utilizan para abrirlo; historias de “punguistas” aeronáuticos descubiertos mediante cámaras ocultas y otras cuestiones.
Paso a paso. Mientras una mujer, Marcela, que ni se imaginaba lo que iba a encontrar en su valija Louis Vuitton al final de su viaje, presentaba sus documentos en el check in de la aerolínea, mostraba su pasaporte al día, se acomodaba el tapado y despachaba su maleta sin exceso de equipaje, los empleados de Ezeiza iniciaban el día con buen humor. “¿Se puede laburar?”, preguntó uno a otro. “Sí”. Todo listo, el pulgar en alto y la señal de que había zona liberada. La valija de la mujer empezó a deslizarse gracias a la ley del esfuerzo mecánico por la cinta transportadora en forma de óvalo que se ubica en el “famoso patio de las valijas”, escenario de la mitad de las tropelías cometidas en Ezeiza en los últimos tiempos, según indicaron fuentes policiales del aeropuerto. El equipaje estaba por entrar en lo que denominamos “zona de riesgo 1”.
En esta primera instancia de vulnerabilidad, un agente de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) se para detrás del visor de un escáner por donde pasan todas las valijas recientemente despachadas. Su tarea es fisgonear el interior para detectar drogas o algún elemento peligroso para el vuelo. Sin embargo, en este puesto, a principios del año pasado, la PSA detuvo al “Pelado”, un empleado infiel que no sólo revisaba si había estupefacientes sino que también separaba las valijas que contenían elementos de valor –celulares, notebooks– y con una birome rompía el cierre. En general, en este lugar el personal suele trabajar como una PyME, es decir, solo. O bien, contar con el guiño de los agentes de seguridad de las aerolíneas que siempre se ubican cerca de la cinta transportadora. No fue fácil encontrar al “Pelado” con las manos en la masa. Las autoridades de la PSA estuvieron meses preparándole una cámara oculta con un compañero infiltrado que quería “estar en la joda” y que se ofreció a servirle de salvoconducto para el material robado. Así fue como el hombre calvo apareció en una filmación movediza –como todas las filmaciones clandestinas– compartiendo el botín con su nuevo cómplice, que no era más que un delator consuetudinario. En lo que va del año, ya hubo 11 detenidos de la PSA por robo.
Pero si la valija sigue su camino sin sobresaltos, entra en una “zona de riesgo 2”: los carritos de la empresa Intercargo. En esta etapa, personal de esta compañía estatal saca el equipaje del escáner y lo carga en los carritos que se enganchan como un tren tirado por una mini locomotora. Primero, estos contenedores se ubican en forma de herradura al costado de la máquina que puede ver más allá de cueros y cuerinas. Vaya que estas herraduras traen buena suerte ya que, según fuentes de la PSA, los más osados se deciden a romper las valijas aquí, ya que en este lugar no son alcanzados por los limitados lentes de las cámaras de seguridad del aeropuerto.
Pueden usar distintos cortes: tajos horizontales, en ele, ruptura de cierres o quiebre de candados. Y elementos punzantes: lapiceras, navajas y cutters muy finos escondidos en las billeteras para evadir los controles en el ingreso a la estación aérea.
Sin embargo, hay empleados más atléticos que prefieren trepar sobre el montículo de valijas y esconderse debajo de la lona que recubre los costados de los carritos, en viaje directo al avión. En esta instancia, en la “zona de riesgo 3”, el trabajo tiene menos sobresaltos. Salvo los que provengan de un terreno con algunas imperfecciones.
Fin del viaje. La “zona de riesgo 4” empieza y termina en la bodega de la nave, donde los empleados inescrupulosos gozan de mayor privacidad, sin visores ni miradas indiscretas. Aunque el tiempo siempre apremia y se cometen algunas torpezas: como aquel funcionario que se llevó un microscopio de juguete.
En todo este trayecto fatal se esfumaron los 80.000 dólares de la Reserva Federal Norteamericana, embalados en cinco contenedores de un metro y medio de alto por un metro de ancho que fueron manipulados por siete empleados de Intercargo. Uno de ellos, el “Cirujano”, conocido por la precisión en el corte de valijas, le habría confesado a otro colega el manotazo preciso que supo dar dentro de la caja de metal. Junto a otro compañero fue detenido y luego liberado. Se dice que estos trabajadores, además de ser certeros en el uso de la navaja, también son experimentados “pesistas”, es decir, que con sólo levantar las maletas pueden darse cuenta si éstas contienen objetos valiosos. “Hace años que trabajan y no necesitan un escáner para saber lo que hay adentro. Ellos prueban y en general, la pegan”, comentó una de las personas que participa del movimiento del aeropuerto. Es conocida la pelea a las trompadas que en octubre del año pasado protagonizaron empleados de Intercargo –afines a la barra brava de Banfield- con sus históricos enemigos de Lanús recién llegados a Buenos Aires, a quienes al parecer les habrían robado tres banderas de sus bolsos. ¿Con qué criterio elige la empresa a su personal?
Sorpresa final. Al final de esta odisea fue donde Marcela (se cambió el nombre por razones judiciales), que había despachado su valija Louis Vuitton sin sobresaltos, se encontró con una sorpresa. Cuando llegó a destino, además de darse cuenta de que tenía un profundo tajo en uno de los laterales de su equipaje, descubrió en el interior un chaleco verde con las letras en blanco de la firma Intercargo y un par de guantes de hombre. ¿Un olvido insólito o un mensaje mafioso para culpar a alguien?
Los que conocen los pliegues de Ezeiza, cuentan que el aeropuerto es una gran familia y que funciona con una lógica doméstica propia. Tanto los empleados de PSA, como los de las agencias de seguridad, de Intercargo y de alguna aerolínea mantienen fluidos contactos entre sí, lo que facilita maniobras ilegales y el relajamiento de los controles internos que son casi inexistentes. Pueden ser parientes o compartir algún picadito de fútbol los fines de semana. Por eso la pregunta, “¿Se puede laburar hoy?”, esconde un mensaje interpretado por la mayoría de los trabajadores. Un día, un empleado desprevenido contestó “no”. Y lo molieron a trompadas. La cultura de la ilegalidad no perdona malos entendidos.