La base del PBI

La base del PBI

“Nuestras carreras son muy egocéntricas”
Una vida sin límites

Una vida sin límites

Trenes al borde del colapso

Trenes al borde del colapso

“De joven hacía cinturones”
“Este año me volví piadosa y tierna”
La neurosis del ahora o nunca
“Nos fuimos, para decir lo que queremos”
Oyarbide público y privado

Oyarbide público y privado

El profeta de la indignación

Generación asesina

Hace poco más de treinta años, chocaron dos corrientes patológicas latinoamericanas que están íntimamente relacionadas por originarse en la noción de que la violencia puede cumplir una función depuradora. La de los revolucionarios de izquierda que, inspirándose en ideologías mesiánicas europeas y también en una larga tradición de bandolerismo guerrillero varonil, fantaseaban con cambiar todo de golpe para construir una realidad mejor, se estrelló contra la de los persuadidos de que lo que sus sociedades necesitaban para abrirse camino en un mundo que las dejaban atrás era una buena dosis de disciplina militar y la eliminación física de los reacios a tolerarla. Dichas corrientes se alimentaron mutuamente. La presencia en tantos países de un partido militar sirvieron para estimular a los revolucionarios mientras que los crímenes perpetrados por éstos dieron a sus enemigos pretextos convincentes para alzarse con el poder. Atrapada entre las alternativas así supuestas, casi toda América latina cayó en manos de una generación de asesinos.

Puesto que tantos creían que, como decía Mao, en el Tercer Mundo por lo menos el poder nace del fusil, fue tal vez inevitable que en aquellos tiempos buena parte de la región terminaría gobernada por dictaduras castrenses cuyo poder de fuego era muy superior a aquel de los revolucionarios.  Aunque la encabezada por Augusto Pinochet no fue la peor de tales dictaduras, le tocó al general chileno erigirse en el tirano derechista más emblemático del medio siglo último tal y como el “comandante” cubano Fidel Castro desempeñaría el mismo papel para la izquierda.

Al morir Pinochet a los 91 años, la mayoría incluso de los conservadores de Europa, Estados Unidos y América latina coincidieron en que se había tratado de un sujeto cruel y corrupto. Pronto Castro lo seguirá al más allá, pero es de prever que cuando lo haga los comentarios sean un tanto más respetuosos. Sucede que si bien los partidarios del capitalismo liberal, con el que para sorpresa de muchos Pinochet se comprometió, han triunfado hasta tal punto que manejan la economía en todos los países significantes, la izquierda marxisante ha ganado la guerra cultural. Así pues, no provoca escándalo que alguien reivindique la sanguinaria revolución cubana aludiendo a las mejoras sanitarias y educativas atribuidas al régimen resultante, pero sólo merecen desprecio los que dicen que la dictadura pinochetista contribuyó a hacer de Chile una democracia vibrante con lo que, a pesar de las muchas lacras que persisten, es la economía más exitosa de toda América latina.

A diferencia de Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y compañía, en su propio país Pinochet aún cuenta con muchos admiradores. En su opinión, sí fue el salvador de la Patria y el artífice del orden democrático actual. Así y todo, escasean los que quisieran que se celebrara una nueva masacre de los opositores y, lo mismo que sus equivalentes de otras latitudes, con pocas excepciones los partidarios de la izquierda extrema se conforman con exhibir los símbolos de su culto –banderas rojas y efigies del Che Guevara– y manifestar el odio que sienten por el dictador fallecido sin por eso pensar en intentar reeditar sus hazañas.  Para los más, Pinochet ya es historia y la revolución un fenómeno entre cultural y comercial.
Pinochet no poseía el carisma de Castro. Su imagen es la de un soldado adusto de pocas palabras, pero al igual que su homólogo cubano tenía sus pretensiones intelectuales. Entre los libros de su autoría se encuentra “Geopolítica de Chile” en que nos aseguró que “los dolicocéfalos rubios producen filósofos, pensadores, artistas”, etcétera, razón por la que son superiores a “los braquicéfalos céltico-eslavos”, un juicio que es un tanto extraño ya que los antepasados de Pinochet incluyen a bretones, un pueblo que se enorgullece de su presunto origen celta. Es que Pinochet  fue un estudioso de la “Rassenkunde”, o sea, “ciencia racial”, alemana que floreció con los nazis y por lo tanto luego de su derrota se desprestigiaría por completo. Aunque no era exactamente un nazi, no dejó pasar ninguna oportunidad para ensalzar el viejo ejército alemán y compararlo con la legión de pelilargos fofos de sexualidad ambigua que según él lo sucedió. Podría argüirse que la tradición representada por Castro está en verdad tan desacreditada como la favorecida por Pinochet, pero pese a los desastres inverosímiles que ha provocado el marxismo militante todavía tiene muchos adherentes en círculos intelectuales, de suerte que las declaraciones del caribeño no suelen motivar la misma extrañeza.

Pinochet acaba de irse y Castro está al borde de la muerte, si es que ya no lo traspasó. ¿Serán los últimos de su especie o es que, con la excepción de Cuba, América latina está asistiendo a una suerte de entreacto en que los pueblos que la integran se han resignado a la democracia porque hasta ahora nadie ha conseguido persuadir a los descontentos de que les convendría probar una receta más potente?  Por fortuna, el optimismo parece justificado. Si bien no cabe duda de que abundan los que sienten nostalgia por la violencia, por lo general se limitan a expresarla de forma teatral. Es lo que hacen los piqueteros cuando marchan por las calles de Buenos Aires ataviados como yihadistas árabes y portando palos. En la Argentina, donde la dictadura fue aún más cruel que en Chile, el temor a la violencia es tal que el gobierno ha optado por dejar que los revoltosos se apropien de los lugares públicos con la presunta esperanza de que andando el tiempo entiendan que sus actividades no les sirven para nada. En otras partes de la región, las autoridades suelen actuar con mayor contundencia y en Colombia guerrilleros aliados con narcotraficantes se resisten a entrar en el tercer milenio, pero en términos generales América latina parece mucho más tranquila que en cualquier otra época.

Claro, esta situación promisoria podría cambiar si llegara a su fin el crecimiento económico que se ha visto facilitado más por un boom internacional impresionante que por reformas internas, si Hugo Chávez tomara demasiado en serio la aspiración de propagar por doquier su “socialismo del siglo XXI”, y si Bolivia se desgarrara en una guerra de secesión. Tales peligros existen, pero por ahora no parece nada probable que los militares recaigan en el error de suponerse obligados a desplazar a los “políticos civiles” toda vez que ellos protagonizan un fracaso. Es, pues. legítimo confiar en que Pinochet no tendrá sucesores.

¿Y Castro? Aunque Chávez se supone su heredero y a menudo habla como si se imaginara destinado a liderar una gran guerra continental, cuando no planetaria, contra el maligno “imperio” de George W. Bush, lo que ha hecho en Venezuela no se asemeja en absoluto a la revolución cubana. Que se sepa, Chávez no ha ordenado fusilar a ningún opositor y no existen campos de concentración para quienes se niegan a compartir sus ideas. Tampoco ha intentado transformar Venezuela en un paraíso colectivista. La prensa venezolana puede criticarlo. Es un autoritario cuyos seguidores incluyen a muchos matones, pero no parece ser un asesino como Castro o Guevara que esté dispuesto a matar por motivos meramente ideológicos. Es factible que luego de su reciente triunfo electoral Chávez decida intensificar sus esfuerzos revolucionarios, lo que sería una pésima noticia tanto para sus compatriotas como para los demás latinoamericanos, pero también es factible que siga limitándose a pronunciar las diatribas furibundas en que se basa su fama internacional y repartir subsidios entre sus aficionados.

Lo mismo que Juan Domingo Perón, Chávez, otro militar, representa la fusión de las dos corrientes que tanto han incidido en la evolución errátil de América latina. En el fondo, el militarismo no es tan distinto del guerrillerismo, por llamarlo de algún modo, de ahí el amor del civil Castro y sus partidarios por los uniformes castrenses. La ilusión de que en esta parte del mundo el progreso debería ser impulsado por la violencia tiene raíces profundas y está entre las causas de su atraso en un mundo en el que las sociedades más avanzadas son precisamente aquellas que disfrutan de más libertad y tolerancia. A juicio de algunos, Pinochet demostró que esto no es cierto porque, dicen, fue gracias a él que Chile pudo emprender un rumbo que lo llevaría a la prosperidad relativa y convivencia democrática que hoy en día disfruta, pero a lo sumo se trata de una verdad a medias ya que la consolidación del “modelo” se produjo después de que Pinochet abandonara el poder. En cuanto a la democracia, el que se haya establecido en virtualmente todos los países latinoamericanos en el mismo período significa que sería una exageración absurda atribuir su restauración en Chile a nada más que la generosidad o la sabiduría previsora del dictador.