La base del PBI

La base del PBI

“Nuestras carreras son muy egocéntricas”
Una vida sin límites

Una vida sin límites

Trenes al borde del colapso

Trenes al borde del colapso

“De joven hacía cinturones”
“Este año me volví piadosa y tierna”
La neurosis del ahora o nunca
“Nos fuimos, para decir lo que queremos”
Oyarbide público y privado

Oyarbide público y privado

El profeta de la indignación

Disparen sobre Blumberg

La vergonzosa intimidación llevada a cabo por el Gobierno con el objeto de disminuir la cantidad de adherentes a la marcha organizada por Juan Carlos Blumberg, así como su estentóreo fracaso, parecen haber marcado un punto de inflexión en la relación de Kirchner con la sociedad. Pasado el pánico de la disolución nacional sufrido en el 2002, es previsible que los argentinos comiencen a observar a Kirchner por lo que es (tal como hicieron con Alfonsín después de comprender que los militares se habían ido definitivamente y con Menem cuando pasó el pánico de la disolución nacional por inflación), bajándolo del pedestal de Salvador de la Patria que no hace tanto tiempo supo ser propiedad de su promotor a la Presidencia, Eduardo Duhalde.

Los argumentos utilizados contra Blumberg son de extraordinario interés para desnudar las concepciones políticas del oficialismo, según las cuales si un dirigente piquetero que ha pasado por la miseria intenta aliviar el drama del 30% de ciudadanos que aún la padece, se considera su actividad como legítima expresión de las necesidades sociales. En cambio, si un padre que ha sufrido la pérdida de su hijo único en un secuestro terminado en muerte por grave incompetencia de la autoridad dedica su vida a que otros no pasen por lo mismo, se dice que “usa el cadáver de su hijo” y “hace política con las necesidades de la gente”. Eso, cuando no se lo acusa directamente de promover un golpe, demostrando el profundo desprecio del populismo por el principio de no contradicción, ya que la acusación de “golpista” es simultánea a la de querer presentarse como candidato en las próximas elecciones.

Si un sociólogo destacara las relaciones entre pobreza y delincuencia, el oficialismo lo acusaría de racista. Pero si Pérez Esquivel sostiene que una marcha contra la delincuencia es una “marcha contra los pobres (SIC)”, el progre-populismo local confirma los dichos del Premio Nobel proponiendo que se suspendan todas las medidas represivas hasta que el país acabe completamente con la pobreza.

Si un diario del frente opositor se hubiera permitido poner en su tapa el título “Gente como D’Elía” y una foto de quienes con máscara y palo piquetero lo siguieron hasta el Obelisco, un enorme escándalo hubiera estallado entre quienes creen que la pobreza es señal de moralidad. Pero si un diario pro-kirchnerista titula “Gente como Blumberg” y publica un reportaje en el que Arslanian lo tilda tres veces de “ignorante”, al oficialismo les parece la cosa más normal del mundo, como si ser rico e ingeniero implicase algún tipo de descalificación intelectual y moral.
Si el Presidente sube al carro de la “Nueva Política” a todo menemista, cavallista y duhaldista que se ofrezca, se considera éste un duro precio a pagar en el proceso de construcción de la Nueva Argentina, ya que “lo nuevo se construye con lo viejo” (SIC). Pero si en una marcha abierta se presentan unos pocos detestables personajes ligados a un partido militar hoy reducido a una derrota que hace imposible toda intentona golpista, se acusa a Blumberg de conspirar con ellos a pesar de que llame a “cambiar las cosas con el voto”; sin -por supuesto- presentar pruebas ni ir a la Justicia, como sería la obligación inexcusable de todo gobierno.

Si Kirchner utiliza una fiesta nacional y aparato y fondos estatales para lanzar su candidatura desde la Plaza, el oficialismo propone este acto como epopeya de la Patria. Pero si la sociedad civil se concentra en el mismo espacio para reclamar una política de seguridad, se la acusa de “invadir la plaza de las Madres”, en una curiosa privatización del más significativo espacio político de la Argentina.
Si Blumberg anuncia que los índices de seguridad han empeorado, los funcionarios le observan que la aprobación unánime del paquete de leyes que presentó no dio buenos resultados, para sostener inmediatamente después que la seguridad está mejorando en todas partes. Finalmente, si Kirchner usurpa la función legislativa a través de superpoderes y superdecretos se trata de una táctica imprescindible para gobernar. Pero si Blumberg dirige su marcha hacia las puertas del único verdadero poder legislativo del país se le indica que sus reclamos deben dirigirse al Congreso.

¿Qué ha llevado a un cuidadoso olfateador de los humores callejeros como Kirchner a cometer el burdo error de enemistarse con un dirigente con el que tenía buenas relaciones, perdiendo por escándalo el desafío de marchas y contramarchas junto con no pocos puntos de imagen? ¿Por qué insiste en amparar una figura obscena como D’Elía? ¿Acaso, como sostiene Elisa Carrió, porque sirve como globo de ensayo a la chavización del Gobierno? ¿Acaso porque le ofrece una fuerza de choque con la que acaba de amenazar “estar ahí cada vez que la derecha cope las calles”?

El dominio de las calles… Mussolini, originalmente maestro de Hitler, quiso después parecerse a él, afortunadamente sin lograrlo. Perón quiso ser Mussolini, pero la derrota del Eje en la guerra, por un lado, y la sociedad argentina, por el otro, que con sus marchas y contramarchas estuvo sin embargo bien distante del odio y la frustración necesarios para establecer un régimen fascista, se lo impidieron. Kirchner parece hoy querer ser Perón, o acaso Chávez. ¿Habremos otra vez dejado atrás los argentinos el límite que nos separa del abismo? Es esto, nada menos, lo que parece estar en juego.