La base del PBI

La base del PBI

“Nuestras carreras son muy egocéntricas”
Una vida sin límites

Una vida sin límites

Trenes al borde del colapso

Trenes al borde del colapso

“De joven hacía cinturones”
“Este año me volví piadosa y tierna”
La neurosis del ahora o nunca
“Nos fuimos, para decir lo que queremos”
Oyarbide público y privado

Oyarbide público y privado

El profeta de la indignación

Creacionismo versus evolución biológica

EL ORIGEN DE LAS COSAS
En 1986 el biólogo molecular norteamericano James Watson visitó la Argentina, invitado por el entonces Secretario de Ciencia y Técnica, el matemático Manuel Sadosky. Watson había obtenido el Premio Nobel en 1962 junto a Francis Crick por el descubrimiento de la estructura en doble hélice del ADN, la sustancia química portadora de la información genética en todos los seres vivos. Además de dar una conferencia magistral en el Centro Cultural San Martín, Watson dialogó con un público de más de mil estudiantes, profesores e investigadores que colmaron el aula magna de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA. Cuando un estudiante levantó la mano y le preguntó qué lo había motivado en su juventud a dedicarse a la ciencia, Watson dijo: “Como no creo en Dios, quería averiguar el origen de las cosas”. Esta sintética respuesta ilustra cabalmente el tema central de esta primera clase.

La religión no permite averiguar el origen de las cosas, lo da por sabido y lo relata. La ciencia en cambio, que al igual que la religión son inventos exclusivamente humanos -otros seres vivos no los practican- intenta averiguar el origen y el funcionamiento de “las cosas”. Explícitamente digo “intenta” para descartar de entrada la idea de que la ciencia camine sobre senderos de certidumbre o logre siempre sus cometidos. Pero aún en la incertidumbre e imperfección, la explicación que la ciencia da del mundo que nos rodea es totalmente incompatible con la que dan las religiones, justamente porque estas últimas se basan en dogmas, creencias o actos de fe, que podrán eventualmente satisfacer necesidades espirituales y morales de algunos hombres pero que, por no poder ser puestas a prueba, no pueden reemplazar la evidencia experimental, la argumentación racional y el pensamiento crítico.

CIENCIA VERSUS CREENCIA
Aunque para muchos parezca mentira, el debate entre ciencia y creencia se ha revitalizado en los últimos años, en particular en los Estados Unidos, gracias al gobierno del Sr. Bush. La derecha ultra conservadora norteamericana, aliada con sectores religiosos fundamentalistas están tratando de imponer en los programas de biología de la escuela secundaria la enseñanza del diseño inteligente en reemplazo de, o al menos al mismo nivel que, la “teoría” de la evolución biológica por selección natural de Darwin y Wallace. ¿Qué es el diseño inteligente? Es la afirmación de que el ser humano es tan perfecto que la única explicación posible de tanta belleza, ajuste y complejidad es que haya sido creado por un ser inteligente, un ser sobrenatural, un dios.

Por lo tanto, para los abogados del diseño inteligente, la especie humana no es el resultado de selección natural sino de creación. No postulan que todos los animales y plantas hayan sido creados como figura en la Biblia, sino sólo del hombre. Los otros seres vivos podrían ser el resultado de la evolución pero la perfección del hombre sólo responde a la perfección de un creador. Nada nuevo bajo el sol para el pensamiento religioso.

El argumento de los defensores del diseño inteligente para imponer sus ideas es que la teoría de la evolución es sólo una teoría y que por lo tanto puede ser contrastada con otras teorías alternativas. Es decir que se trataría de un debate entre dos hipótesis científicas. Y he aquí la falacia. La teoría de la evolución no es una teoría más. Se la llama teoría por tradición histórica pero deberíamos dejar de llamarla así si no se entiende que una teoría científica no es lo mismo que una idea loca o arbitraria, sino que es un cuerpo conceptual sustentado en múltiples e independientes observaciones y que permite hacer predicciones verificables. Así, que los seres vivos y entre ellos el hombre no hayamos sido creados como tales sino que seamos el resultado de procesos evolutivos de especiación que ocurrieron a lo largo de cientos de millones de años, se encuentra mucho más cerca de la categoría de hecho que de la de teoría.

Lo sustentan la paleontología, la anatomía y fisiología comparadas, la biogeografía, la ecología, la genética de poblaciones y la genética molecular. Por todos los vericuetos que un biólogo se meta durante una investigación se topa con la evidencia incontestable de la evolución. Aunque su formación o convicción religiosas traten de impedírselo, aunque se resista, la evidencia macroscópica y molecular de la evolución lo abofetean y lo despiertan del absurdo sueño creacionista. Pero aun si esta evidencia no fuera tan contundente, incluso si la idea de selección natural no hubiese sido verificada experimentalmente desde las bacterias hasta el hombre, el diseño inteligente carecería de entidad porque se basa en un dogma que no da lugar a la verificación experimental. Por lo tanto, el problema es que no se pueden poner en el mismo nivel ideas científicas y creencias dogmáticas. No tienen el mismo valor epistémico y por ende no son comparables. El diseño inteligente no es ciencia y quienes pretendan lo contrario están atacando las bases mismas del pensamiento científico. Prueba de ello es el artilugio dialéctico con que el Consejo de Educación de Kansas, uno de los estados norteamericanos que milita contra la enseñanza de la evolución junto con Minessota, Nuevo México, Ohio y Pensilvania, redefine a la ciencia, disfrazando de manera políticamente correcta al diseño inteligente. La ciencia, dicen, es “un método sistemático de investigación continua que usa observación,… experimentación, argumentación lógica, que llevan a explicaciones adecuadas de fenómenos naturales”. Esta definición hace una omisión crucial: la palabra naturales ha sido quitada de la oración que decía “…explicaciones naturales de fenómenos naturales”. Es decir que la definición abre la puerta a explicaciones sobrenaturales de fenómenos naturales.

El peligro de adoptar al diseño inteligente como ciencia no se limita a la biología. El mismo razonamiento puede ser usado para explicar cualquier otro fenómeno natural complejo. ¿Qué impediría que las teorías del Big Bang en física que explica el origen del universo, de la tectónica de placas en geología que explica los movimientos de los continentes o del efecto invernadero en meteorología para el cambio climático fueran suplantadas por la sugerencia del control por un ser omnipotente?

RELATIVISMO COGNITIVO
Los ultra creyentes defensores del diseño inteligente pueden darse la mano con los postmodernos y la new age -entre los que sin duda hay paradójicamente muchos ateos- en la práctica del relativismo cognitivo. Es decir, en postular que toda afirmación es válida y equiparable con cualquier otra, independientemente del grado de verificación o racionabilidad. Ambos grupos pretenden desconocer la capacidad del hombre de adquirir conocimiento objetivo a través de, y a pesar de, su propia subjetividad.

La ciencia está indisolublemente ligada a una concepción materialista del mundo. El materialismo da por sentado que la realidad existe independientemente del observador, lo cual no quiere decir que un materialista sea un inhumano, un ser falto de sentimientos o de valores éticos o afectivos. Consciente o inconscientemente, los científicos somos materialistas y ante la pregunta de si es posible conocer la realidad, la mayoría de nosotros responderemos que sí. En todo caso aceptaremos que nuestro conocimiento tiene un cierto grado de error o imprecisión, que las verdades científicas son necesariamente transitorias y que la magnitud del error puede incluso ser muy grande. No obstante, no dudaríamos en afirmar que ciertas teorías científicas (como la de la redondez de la Tierra por ejemplo) han sido confirmadas por un número tal de observaciones experimentales independientes que atestiguan que somos capaces de adquirir un conocimiento objetivo.

Por el contrario, para los relativistas cognitivos todo conocimiento es necesariamente subjetivo, las afirmaciones científicas no son más que el acuerdo de muchas subjetividades: si todos afirman ver al rey vestido, “el rey está vestido” (1). En un folleto dedicado a la formación de docentes secundarios en Bélgica se define al término “hecho” como una interpretación de una situación que nadie, al menos en ese momento, quiere cuestionar. Prueba de ello, dice el folleto, es que en el lenguaje común “un hecho se establece”, lo que demuestra que se trata de un modelo teórico que se cree apropiado. “La computadora se encuentra sobre el escritorio” o, “si se hierve agua, ésta se evapora” serían consideradas proposiciones fácticas que nadie quiere contradecir en un dado momento. El folleto raya con el absurdo afirmando que “durante siglos se consideró como un hecho que el Sol giraba alrededor de la Tierra. La aparición de otra teoría como la de la rotación de la Tierra involucra el reemplazo de un hecho por otro” (sic). Los autores del folleto no quieren admitir que un hecho es algo que ocurre fuera de nosotros, nuestra conciencia y nuestra interpretación. Confunden hechos con conocimientos. Según ellos parecería que la Tierra empezó a girar alrededor del Sol sólo después de que Copérnico lo descubriera, o sea ¡en el siglo XV! De ahí hay sólo un paso a considerar que cuánto más personas afirman algo, mayor es el valor de esa afirmación. Si la mayoría de los humanos cree que Dios creó al hombre, se vuelve un hecho que Dios creó al hombre. ¡Como si las verdades científicas se decidieran democráticamente y se aceptara como cierta a la más votada!

¿Y POR CASA COMO ANDAMOS?
Durante el gobierno del Sr. Menem, el Ministerio de Educación instrumentó una reforma de la educación primaria y secundaria que incluyó nuevos contenidos curriculares en todas las asignaturas. La primera versión de dichos contenidos sufrió un ataque desenfrenado de ciertos sectores ultra conservadores de la Iglesia católica argentina. El entonces obispo de San Luis, Juan Rodolfo Laise, dijo que los contenidos curriculares no afirmaban la existencia concreta de Dios, negaban el orden natural, inducían al pensamiento crítico y se oponían a las leyes puestas en el mismo ser humano, “creado a imagen y semejanza de Dios”. Los comparó con “una jeringa envenenada que se intenta introducir en el ser argentino” y acusó de marxistas a quienes habían participado en la elaboración de los mismos. Por aquellos tiempos escribí en “Página/12” (2):

“La Argentina es una república, no es una “república islámica” como Irán, ni un “estado iglesia” como el Vaticano. En nuestro país conviven en democracia hombres y mujeres de distintos credos y también ateos. La libertad de culto amparada por la Constitución implica también la posibilidad de falta de culto. No parecería prudente, en consecuencia, que los contenidos afirmen taxativamente la existencia de Dios, imponiendo una verdad relativa a los no creyentes.

En otro orden, el obispo de San Luis no es un autoridad científica como para emitir opiniones fundadas sobre el orden de la naturaleza y el creacionismo. Si el Ministerio se hiciera eco de sus opiniones, desconocería los avances más elementales de la ciencia y se ubicaría a la retaguardia de la propia Iglesia, la cual, en un tema igualmente urticante como el del giro de la Tierra alrededor del Sol, debió reivindicar recientemente la figura de Galileo, a más de 300 años de su muerte.”

“La naturaleza no es ordenada. Es como es. Es la consecuencia de millones de eventos azarosos y de la selección natural. El hombre es un animal. Es un mamífero que no fue creado… Nuestras secuencias de ADN son más parecidas a las de un chimpancé, que a las de un elefante o una planta de trigo; pero el programa básico y el código genético son los mismos y no hay duda de que tuvimos antepasados comunes.”

“Al carecer de argumentos científicos, el obispado de San Luis recurre al lugar común de acusar de marxistas a los que expresan hechos divergentes. Cabría preguntarse qué jeringas cargadas con veneno marxista usan los médicos del obispo y de sus seguidores al curar sus infecciones bacterianas con antibióticos o detener el crecimiento de sus cánceres con quimioterapia, haciendo uso de estrategias basadas en la selección natural.”

Lo más interesante es que el Ministerio de Educación de Menem cedió a las presiones de la Iglesia, y redactó nuevos contenidos donde se relativizó la teoría de la evolución al definirla como una más entre varias y se eliminó el nombre de Darwin. Hubo escándalo, renuncias de funcionarios, nuevos artículos de protesta en los diarios, pero así quedó.

La influencia de la Iglesia Católica sobre la educación en nuestro país no ha cejado como tampoco las innecesarias concesiones de los diversos gobiernos. Sin ir más lejos, las bases para la nueva Ley de Educación Nacional propuesta por el actual gobierno, indican que “las acciones educativas son responsabilidad primaria de la familia….., del Estado Nacional…., de las Provincias, los Municipios, la Iglesia Católica, las demás confesiones religiosas oficialmente reconocidas y las Organizaciones Sociales”. ¿Por qué incluir a las confesiones religiosas en la responsabilidad de la educación? ¿Por qué destacar a la Iglesia Católica por sobre las demás? ¿No habrá llegado la hora de que el Estado se separe de la Iglesia efectivamente y deje de subsidiar a la educación privada y en particular a la religiosa?

EL MISTERIO DEL MUNDO REAL
La Comisión Internacional sobre la Educación en el Siglo XXI de la UNESCO, dedicada a “Educación y Ciencia” dijo:
“El conocimiento descubierto por un científico es una adición inmediata al patrimonio de conocimiento de la humanidad y se convierte en un símbolo de universalidad. Al mismo tiempo, la historia de la ciencia revela la relatividad de cada descubrimiento, de manera tal que puede ser considerada una especie de antídoto para toda forma de fundamentalismo.”

Más adelante, el documento considera a la ciencia como un factor para la evolución individual: “… el moldeado de una mente crítica e inquisitiva, que nos permita eliminar al misterio del mundo real y adquirir independencia de juicio. Por lo tanto, la ciencia debería permitirle a cada ser humano caminar un sendero que esté iluminado por la felicidad de comprender. Un sendero responsable a través de la capacidad de esa persona de actuar sobre el medio que lo rodea de manera informada.”

Palabras sabias las de la comisión de la UNESCO. La ciencia es el mejor antídoto contra el fundamentalismo, permite modelar una mente crítica, adquirir independencia de juicio y optar de manera informada. Ahora se entiende por qué el Sr. Bush se empecina tanto en defender el diseño inteligente. La introducción del misterio en el mundo real es instrumental a la justificación de la invasión, la guerra y la tortura que él practica por mandato divino.

¿QUE ES LA VIDA?
Para poder entender profundamente las bases científicas de la evolución, deberemos aprender los principios básicos de la biología. Todos los seres vivos (bacterias, hongos, plantas y animales) estamos formados por células. No se conoce ningún ser vivo que no esté formado por estas estructuras. Una célula es un conjunto organizado de sustancias químicas (moléculas) muy variadas. Las moléculas están formadas por la unión de átomos, que son los constituyentes de la materia. Esto quiere decir que las células están formadas por los mismos ingredientes que la materia no viva del universo. Las células, y por ende los seres vivos, respondemos a las leyes de la física y de la química. Estas rigen tanto para el universo inanimado como para el mundo vivo. Toda célula proviene de otra célula. Tal como Luis Pasteur lo demostró en París en el siglo XIX, no existe generación espontánea de células. La única excepción a esta ley probablemente haya sido la primera célula que se originó hace aproximadamente 3.500 millones de años.

En realidad, para ser sinceros, no sabemos si se originó en este planeta o si vino de otro en un meteorito. Tampoco sabemos exactamente cómo se originó, aunque todo indica que fue por agregación de moléculas orgánicas que se formaron espontáneamente en algún mar primitivo. Probablemente nunca sepamos cómo se formó la primera célula. No estuvimos ahí para observarlo y no existen huellas en el presente de ese evento. No obstante, nuestro conocimiento de la química y de la física es más que suficiente para poder concebir la formación de la primera célula, sin recurrir a fuerzas sobrenaturales o a principios que sólo se aplicaran a los seres vivos. En otras palabras, la generación espontánea de la primer célula es un hecho que, aunque fuera poco probable, es totalmente concebible. Tenemos fuerte evidencia de que todos los seres vivos, tanto las especies extinguidas como las que pueblan el planeta en la actualidad, provenimos de una única célula original. Esto es lo que se conoce como origen monofilético (un hilo o camino único) de la vida

Las células tienen dos propiedades que definen a la vida: la capacidad de reproducirse y la de metabolizar. La reproducción es la capacidad de una célula de dividirse para formar dos células hijas. En las células de hongos, plantas y animales, esto se llama mitosis. En las bacterias, fisión celular. La reproducción celular es consecuencia de la existencia de una molécula que además de llevar información genética es capaz de autoduplicarse. Esto hace que la información duplicada pueda ser repartida equitativamente entre las células hijas y dar así continuidad a la vida. El descubrimiento de la estructura de doble hélice del ADN por Watson y Crick en 1953 fue un hito para la humanidad que echó por tierra definitivamente al vitalismo, es decir, a la teoría antecesora del diseño inteligente, que decía que las células tenían una fuerza exclusiva llamada entelequia, “élan vital” en francés, o “vis viva” en latín, distinta de las fuerzas del mundo físico. En otras palabras, Watson y Crick explicaron a nivel molecular y sin necesidad de recurrir a creadores sobrenaturales, porque, como dice la canción de Joan Manuel Serrat, “A menudo los hijos se nos parecen…” Hay una diferencia fundamental entre las teorías del vitalismo y del diseño inteligente. Los vitalistas de ayer ignoraban la estructura molecular y el funcionamiento de las células porque aún no habían sido descubiertos. Los del diseño inteligente de hoy desconocen la evidencia científica. Los de ayer eran simplemente ignorantes, los de hoy son ridículamente necios.

El metabolismo, por otra parte, es la capacidad de las células de intercambiar materia y energía con el medio que las rodea. Las células unen átomos presentes en el ambiente para fabricar moléculas, almacenando energía en las uniones que forman; pero a su vez son capaces de romper esas uniones químicas para liberar energía y utilizarla en la construcción de su propio orden molecular y en sus múltiples actividades.

¿Cómo es posible que a partir de una única célula original surgieran todos los seres vivos que habitan y habitaron nuestro planeta? ¿Cómo se generó la increíble diversidad del mundo vivo: yerba mate, dinosaurios, mosquitos, ombú, chimpancés, trigo, soja, líquenes, champiñones, delfines, algas, cóndores y el hombre? ¿Qué tenemos en común y qué hay de diferente entre nosotros? ¿Qué son y cómo funcionan nuestros genes? ¿Cuál es el verdadero poder de los genes y los genomas en la determinación de los seres vivos? ¿Qué es la selección natural? ¿Es éste el único mecanismo evolutivo? ¿Existen las razas humanas? ¿Se hereda la inteligencia? ¿Hay herencia de caracteres adquiridos? Sirvan estas y las nuevas preguntas que de ellas surjan para marcar el camino a seguir en nuestras próximas clases.

DARWIN ERA CREYENTE
Charles Darwin (1809-1882), el padre de la selección natural, tenía una idea precaria de las células, no conocía al ADN, ni las leyes de la herencia ni la biología molecular. No sólo no tenía respuesta sino que ni se le pasaría por la cabeza plantearse la mayoría de las preguntas enumeradas más arriba. Sin embargo, la figura de Darwin trasciende el terreno de las ciencias biológicas y ha influido en toda la humanidad. Sus descubrimientos abrieron caminos que permiten comprender no sólo la evolución sino el origen y las propiedades de la vida. No pueden atemorizar a los creyentes sino más bien a los fundamentalistas. De hecho, Darwin era creyente y su cuerpo está enterrado, junto al de Newton, en la abadía de Westminster, en Londres. Es todavía más interesante que durante su largo viaje alrededor del mundo a bordo del Beagle (1831-1836), el joven Darwin era todavía creacionista, como la mayor parte de los naturalistas de su época. Fue sólo a su vuelta a Inglaterra que en base a sus propias observaciones en las Galápagos y otros sitios visitados por el Beagle, y al análisis de los especimenes que había colectado se dio cuenta de la evolución por selección natural. No fue otra cosa que el resultado de su rigor científico y honestidad intelectual. Dejó de ignorar y no fue necio.

Bibliografía
1. Sokal A y Bricmont J. Imposturas intelectuales,
Paidos, Barcelona, 1999.
2. Kornblihtt A. Bienvenidos a la Edad Media.
Diario Página/12, Buenos Aires, 14/05/95.