La base del PBI

La base del PBI

“Nuestras carreras son muy egocéntricas”
Una vida sin límites

Una vida sin límites

Trenes al borde del colapso

Trenes al borde del colapso

“De joven hacía cinturones”
“Este año me volví piadosa y tierna”
La neurosis del ahora o nunca
“Nos fuimos, para decir lo que queremos”
Oyarbide público y privado

Oyarbide público y privado

El profeta de la indignación

El camionero a la ofensiva

Puede que Hugo Moyano no se suponga un neoliberal, pero su propuesta de que “cada organización gremial disputa el salario de acuerdo a la evolución de su actividad” sin que haya “ni techos ni pisos” debería merecer la plena aprobación de todos los así calificados y la hostilidad del sindicalismo tradicional que, por motivos bien concretos, siempre ha preferido simplificar las cosas dejando todo en manos de una junta conformada por el jefe de la CGT, un representante empresarial y el presidente de turno. En una economía tan compleja como la argentina, cualquier aumento generalizado obligaría a algunas empresas a bajar las persianas pero no provocará problemas a otros que están en condiciones de pagar a sus empleados mucho más, de modo que es un tanto absurdo que un puñado de personajes intente manejarla como si fuera una sola empresa, pero tan fuertes son las tradiciones corporativas aquí que los sindicalistas, funcionarios y aquellos empresarios que tienen el tiempo necesario para integrar entidades presuntamente representativas se resisten a entenderlo.

Con todo, aunque desde el punto de vista de los liberales la postura asumida por Moyano es lógica, su transformación en adalid de la flexibilidad se habrá debido menos al sentido común que a la conciencia de que no le está dado disciplinar a todos sus congéneres, algunos de los cuales ya están reclamando aumentos salariales del 30 por ciento o más, una cifra que con toda seguridad significaría la muerte de una multitud de empresas pequeñas y medianas. Y como si esto no fuera suficiente, de reconocer la CGT que convendría discriminar entre los obreros conforme al desempeño de su actividad particular, se asestaría un golpe demoledor a la noción de unidad obrera que sirve para justificar el arcaico esquema sindical mussoliniano que fue engendrado por Juan Domingo Perón y que, levemente retocado, sigue vigente.

Para el Gobierno, las negociaciones salariales que se celebrarán una vez terminadas las vacaciones veraniegas constituirán una prueba difícil. El año pasado el presidente Néstor Kirchner fijo una pauta salarial del 19 por ciento que los más, incluyendo a los camioneros, optaron por respetar, pero gracias a Moyano ya se ha difundido la idea de que una del 30 por ciento sería más apropiada y que de todas maneras sería muy injusto negar los beneficios a quienes tienen la mala suerte de trabajar para empresas raquíticas. “¿Y por qué no?”, preguntan los sindicalistas. A pesar de que la economía haya crecido con brío a partir del achicamiento que sufrió cuando se escapó de la jaula de la convertibilidad, el poder de compra del trabajador promedio aún es inferior al alcanzado en los tétricos años noventa del siglo pasado. Es natural, pues, que los dirigentes gremiales se hayan visto presionados por las bases que creen que les ha llegado la hora para recuperar lo que queda del terreno perdido. Por lo demás, el discurso oficial según el que los empresarios están prosperando como nunca antes pero quieren seguir saqueando al pueblo ha contribuido a convencer a muchos de que un aumento espectacular no frenaría la marcha triunfal del modelo productivo.

Es probable que quienes piensan así se hayan equivocado, ya que la supervivencia de dicho modelo depende precisamente de la capacidad del gobierno para mantener “competitivos” los salarios de la mayoría abrumadora de los trabajadores argentinos, una empresa que no es nada fácil cuando uno toma en cuenta lo que cobran sus putativos rivales en países como Brasil, China, la India, Vietnam y Bangladesh. El éxito en este ámbito del gobierno puede atribuirse al trauma que fue causado por el colapso del 2001 y 2002, merced al que para alivio de muchos la mayoría se resignó a la depauperación resultante, de ahí la tranquilidad relativa en el frente laboral, y a las medidas proteccionistas que han servido para impedir que mejore demasiado el poder de compra de los asalariados, pero parecería que luego de algunos años de crecimiento macroeconómico chinesco la paciencia de quienes trabajan en blanco está acercándose a su límite. En cuanto a los millones que están en la mitad negra de la economía nacional, sus ingresos seguirán siendo determinados por la ley de la oferta y la demanda, no por el regateo de las paritarias.

Kirchner, comprometido como está con el “modelo productivo” que le legó quien fue su apadrinador, Eduardo Duhalde, no puede sentir mucho entusiasmo por los planteos de Moyano que, además de encabezar la ofensiva salarial, quiere que se reduzca la presión impositiva sobre quienes ganan más de 3.500 pesos por mes y, huelga decirlo, ver subir el mínimo muy por encima de los 800 pesos actuales, pero entiende que le sería suicida oponérsele con la misma dureza que lo caracteriza cuando se ensaña con aquellos empresarios que no militan en su equipo. Como buen camionero, Moyano es combativo por naturaleza y sería más que capaz de hacer del país un aquelarre si por algún motivo decidiera incluir al Presidente en su lista de enemigos. Por lo tanto, Kirchner está dispuesto a ir a casi cualquier extremo para complacerlo, tratándolo como el potentado que es, perdonándole sus excesos por extravagantes que sean, reuniéndose con él en privado, diciéndole que comparte sus opiniones y colmándolo del manejo de cajas. Tal vez no le guste mucho tener que tratar con un interlocutor a quien no puede amedrentar, pero dadas las circunstancias no le queda más alternativa que la de consentirlo.

Sería así aun cuando no hubiera comenzado un año electoral que, siempre y cuando no se produzca ninguna convulsión que ponga fin al idilio del presidente con los consultados por los encuestadores y, es de suponer, con una proporción significante de la ciudadanía, parece destinado a culminar con la apoteosis del proyecto kirchnerista incluso si lo representa la pingüina, pero puesto que la proximidad del voto le da una razón adicional para esperar que nada desagradable suceda antes de octubre, es de prever que Kirchner redoblará sus esfuerzos por conformar al sindicalista más peligroso de todos aunque como resultado plantee el riesgo de un rebrote inflacionario que le resulte inmanejable. Si bien Moyano insiste en que los aumentos salariales no alimentan la inflación, la experiencia universal dice lo contrario, sobre todo si son tan grandes como los que pretende para los más afortunados comenzando, cuando no, con los camioneros.

El que los trabajadores se hayan visto rezagados desde la década de los noventa y que lo sepan es el arma más filosa que poseen Moyano y sus compañeros. Otra que podría resultar igualmente mortífera consiste en la embestida judicial que se ha puesto en marcha contra Isabelita Perón y por lo tanto, contra la memoria del general. Aunque los sindicalistas juran y rejuran estar persuadidos de que Kirchner no ha tenido nada que ver con la maniobra, comprenden que el gobierno se encuentra en una posición incómoda y calculan que por lo tanto estará más dispuesto a ceder frente a sus reclamos, razón por la que en las semanas venideras se intensificará cada vez más la ofensiva salarial. Si bien para tranquilizarlos Kirchner podría declarar que no le gusta para nada que joden con Perón, reaccionando así a las amenazas apenas veladas de ciertos sindicalistas, para entonces exaltar las cualidades sobrehumanas del militar, sorprendería que lo hiciera porque no quiere perder el apoyo de quienes piden una investigación auténtica de todo lo vinculado con la Triple-A. Ser un peronista progre nunca ha sido fácil, pero últimamente se ha vuelto aún más complicado de lo que fue antes de que se les ocurriera a un par de jueces hurgar en las partes menos atractivas del pasado del movimiento.

Hasta ahora, Kirchner no ha tenido que preocuparse demasiado por el activismo sindical. Mediante la combinación habitual de privilegios para los dirigentes amigos y advertencias de que no sería de su interés debilitar lo que es, después de todo, un gobierno peronista, ha logrado que aceptaran un modelo socioeconómico que no incluye entre sus méritos el de dar prioridad al poder adquisitivo de la mayoría de los que dependen de sus salarios. Pero de correrse la voz de que a pesar de las apariencias y de la trayectoria de su jefe el gobierno de Kirchner no es peronista ya que está dominado por una banda de “infiltrados” que no comparten su propia veneración por el genio y figura del general, muchos sindicalistas se sentirían tentados a darle la espalda, lo que garantizaría que el año electoral viera no sólo los intercambios de lindezas a que nos han acostumbrado los aspirantes a mudarse a la Casa Rosada sino también una embestida salarial furiosa equiparable con aquellas que tanto contribuyeron a hacerles la vida imposible a presidentes de otro signo político.