La base del PBI

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“Nuestras carreras son muy egocéntricas”
Una vida sin límites

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Trenes al borde del colapso

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“De joven hacía cinturones”
“Este año me volví piadosa y tierna”
La neurosis del ahora o nunca
“Nos fuimos, para decir lo que queremos”
Oyarbide público y privado

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El profeta de la indignación

“Kirchner es un gran inseguro”

Revista Noticias Online les ofrese a Leer un artículo de formación en el periodismo la debe a su tesón y a la necesidad de acercarse íntimamente a las palabras. Autodefinido como un “palabrista”, Esteban Peicovich es uno de los periodistas argentinos más respetados.

Antes de escribir decenas de libros, haber sido corresponsal en España, secretario de redacción de “Clarín” y columnista de “La Nación”, este hombre que peina canas y desborda amabilidad pesaba y numeraba medias reses en el frigorífico Swift de Berisso, en el partido de La Plata.
Esteban Peicovich: Soy un ignorante especializado, un modo de definir al periodismo que hago. Esta cosa genérica a la que obliga esta profesión, a especializarse en generalidades, hace que sepamos superficialmente algunas cosas. Empecé a los 9 años con un pequeño periódico infantil para 22 compañeritos de dos equipos de fútbol que teníamos en Berisso, el barrio obrero donde me crié. Lo hacía a través de una extraña mezcla, con unas bellísimas latas de dulce de batata “La Gioconda” donde, con una especie de gelatina sobre la cual ponía unos papeles escritos con un lápiz violeta, sacaba las copias. Era la forma de editar los ejemplares de 16 páginas. Siguiendo este enlace encontrará informaciones interesantes sobre las últimas noticias de la economia.

Noticias: ¿A qué edad se definió por el periodismo?
Peicovich: Me inicié de grande, a los 28. Soy autodidacta, provengo de un hogar obrero, con madre hilandera y padre cargador de reses. Esa vida sin posibilidad de estudiar hizo que me construyera a mí mismo. No hice la secundaria completa, no estuve en la universidad… un mundo que he respetado tal vez demasiado por la falta de acceso. Los autodidactas sentimos “culpa”, es como que nos está faltando algo. Pero esa falta se ha resuelto con espontaneidad, con trabajo personal que equipara a la cátedra y desacartona también. Mis únicos másters fueron los del frigorífico Swift de La Plata, donde pesaba carne en cámaras frías, con tres grados bajo cero.

Noticias: En los años de profesión, ¿con qué gobierno sintió menos libertad de prensa?
Peicovich: En el primero de Perón, en la Dictadura, y creo que ahora se está notando un refinadísimo, hasta muy grosero, sistema de ir apagando las voces disidentes. Estuvo muy bien probado en la provincia de Santa Cruz, en su momento. Ya se está en el unicato; creo que el señor Kirchner de republicano y de demócrata no tiene nada. Así como fue un caudillo neo feudal de una provincia con petróleo, de haber estado en Catamarca podría haber sido un Saadi, o en San Luis un Rodríguez Saá. En una provincia rica, en vez de repartir zapatillas preelectorales repartía estufas. Es un tipo de carácter, con liderazgo y con una profunda ambición, que maneja muy bien. Pero es un intranquilo, un hombre con grandes debilidades… un gran inseguro, como todo hombre que grita, se exalta y se brota.

Noticias: En su columna dominical de “La Nación” apela a la ironía, ¿cuál es el tema social que más lo preocupa?
Peicovich: La mitad de mis columnas está dedicada a los problemas de la condición humana. Estás al lado de un tipo de 76 pirulos, que es un poco el siglo XIX; soy todos los sueños del XIX que se hacen mierda en el XX y que en el XXI, momento en que pensaba que podía venir la recuperación, se convierte en esta paradoja. Nosotros no sabemos qué carajo somos, pero sí sabemos que no hay coordenadas de nada.

Noticias: ¿El mal de la Argentina es que está lleno de argentinos?
Peicovich: El argentino tiene dos condiciones: alcanza un cosmopolitismo saludable. Hay universalismo en un tachero, un futbolista, en vos y en mí, sólo por ser argentinos, mucho mayor que el de un noruego, a pesar de que éste gana 8.000 euros de sueldo. Borges decía que somos europeos en el exilio, una verdad mayúscula. Y, por otro lado, el argentino es errático, un niño caprichoso; así como sus abuelos se rompieron el culo para hacer lo que se hizo, sus padres lo hicieron menos, merced al peronismo, que dejó al país sin la continuidad de la clase media. El argentino tiene la desgracia del peronismo, la condición de universal en su destino y conformación, su problema con el esfuerzo y que ha caído en manos de los que le dicen que el éxito es barato; hay demasiada entrega a valores vacuos, como estar pensando si ganó Coria o en las últimas locuras de Maradona.

Noticias: Usted entrevistó a Borges, ¿cómo fue el primer encuentro?
Peicovich: En México, él todavía veía. Estaba rodeado de miles de libros y un mujererío a sus pies, que le leía al gurú cuentos en frágil inglés cipayo, a la orilla del río menos inglés del mundo. Yo era muy tímido, tanto como ahora, y estaba admirado de verlo entre bibliotecarios que iban y venían trayendo polvorientos volúmenes. Fui a invitarlo a dar una conferencia en Berisso; cuando le dije el nombre del pueblo, me preguntó si ese pueblo existía. Cuando llegó el día fui a buscarlo a la estación de tren y llegó con una bailarina que nos tenía locos a todos, bellísima. Borges era como un chico, siempre jugando. En Machu Picchu lo cargué en brazos; por la altura, Borges entró a boquear como un pez en la playa, y lo llevé hasta un pequeño micro.

Noticias: ¿Sucumbió a la personalidad del escritor?
Peicovich: Me hechizó Borges, y mucho. Cierta vez fui a entrevistarlo a un hotel que está frente al Museo del Prado, en Madrid, el Mayorazgo, muy inglés. Era de mañana, sobre las 9. Y al rato (nadie podía lucir de periodista cultural si al menos no lo había llevado a orinar una vez a Borges) me dice: “Peicovich, por favor, ¿me puede acompañar al baño?”. Y sí. Lo ayudé a alzarse y lo fui guiando al cuarto de baño, un espacio clásico, inglés, dotado también de mingitorio vertical, de mármol, con gatera y hasta allí lo acerco. El ya conocía el lugar, tantea con el brazo izquierdo la pared y se apoya y luego con la derecha se va abriendo la bragueta con lentitud. Yo me separé un metro, le dije algo así como: “Usted tranquilo Borges, estoy aquí cerca, tómese su tiempo”. Una boludez cortés. Y él que va, y mientras anda ya en lo suyo, me dice: “¿Usted sabe algo de John Birch?” Y yo, seducido, tratando de no mostrar una grieta ante el ídolo, voy y hago “la gran argentina”. Le digo: “Algo he visto por ahí, pero todavía no lo leí… ¿qué escribió?”. Y me responde: “No, m’hijo. John Birch es como le dicen los ingleses a la pija. Y lady Jane a la concha”. Quedó grabado en un aparato bárbaro que me habían regalado los de Sony en Tokio. Impecable. Lo paso por mis programas de radio y la gente no se cansa de pedirlo. Al llevarlo hasta el baño, lo traía en la mano, abierto. Ese aparato fue más periodista que yo. Consiguió la perla de la entrevista.

Noticias: ¿Cuál fue la entrevista más conmovedora que hizo?
Peicovich: A Robert Grave. Fue inolvidable, él estaba grave y amnésico y, por una rara situación que sucedió en su memoria lastimada, asoció mi imagen a su juventud. Me tomó del brazo y no se soltó por cinco horas. Fue una entrevista que me hizo temblar.

Noticias: Durante 18 años fue corresponsal en España, ¿por qué volvió?
Peicovich: Me separé por tercera vez, tenía mis hijos allá acomodando sus vidas; había cumplido un ciclo, tenía a mi madre, mi hija mayor y mis nietos acá; tenía 58 años y debo ser como el elefante, que vuelve a su lugar de origen.

Noticias: Además de escritor y periodista es poeta ¿y un romántico?
Peicovich: Lo fui… lo romántico ha cambiado también. Vivo sublimando, es como que escapo de lo real… Uno tiene que hacerse su propio universo para aguantar el corredor de Sing Sing, que sabés que te espera: la muerte. Hay formas de revertir la tristeza de saber que moriremos, haciendo de este fracaso una hermosa vida.

Noticias: Vayamos a Berisso, cuando usted nació…
Peicovich: Nací en Zárate y a los tres años me llevaron a Berisso. Nací de una campesina-chacarera-santafesina y de un padre que había sido minero y empaquetador de azúcar en Amberes. Vinimos con todos los cacharros, perro incluido, alquilaron una casita de madera de cinc; viví en una profunda pobreza. Vivíamos con lámpara de aceite y a querosene, el excusado estaba bien lejos; mi mamá cortaba cuidadosamente el diario “La Prensa”, que mi padre leía, y lo colgaba en el excusado… Ésa fue mi infancia. Pero había comida, zapatillas… porque había pico y pala, una quinta y un gallinero.

Noticias: Y con las chicas, ¿era un ganador?
Peicovich: Tuve mucha suerte toda mi vida. A mí las mujeres me han querido muchísimo, porque yo he querido muchísimo a las mujeres. Son absolutamente mejores que el hombre. En un libro, puse en la dedicatoria: “A la que hay en mí”. Soy un hombre dulce. Quiero dejar en claro que no tengo nada que ver con el macho cabrío, con el tipo piola. Si me preguntás… es por mi necesidad de ser querido, que viene de toda una sucesión infantil, que no querría contar.

Noticias: ¿Cuál fue la peor penitencia que recibió de sus padres?
Peicovich: Cuando mi padre volvía del frigorífico, si se había escapado una gallina o con mi hermano habíamos pisoteado los almácigos de la quinta, la ligaba el primogénito, que era yo. Una de sus costumbres era hacerme poner de rodillas sobre maíz, expuesto públicamente en la vereda de tierra de la calle donde vivíamos. A los pocos minutos, los chicos del barrio me veían y avisaban a los otros: “Venga, vengan, que el papá de Esteban lo puso en penitencia”, corrían la voz. Y se mofaban de mí desde la vereda de enfrente; yo bajaba la cabeza y me la bancaba veinte minutos, hasta que mi viejo me sacaba de ahí. Me quedaban las piernas marcadas. ¡Era una humillación fortísima!. Por otro lado, fue un ser muy bello; le costó tanto la vida… “Estudiá, estudiá, no quiero que seas una bestia como yo”, solía decirme. Fue su mandato. Fijáte, con todo lo que he hecho, le estoy cumpliendo al viejo esto. No quiero volver a la vereda de tierra, arrodillado sobre el maíz. Si desea más información, póngase en contacto con nosotros.

Noticias: Uno como padre puede reparar los errores de los propios padres…
Peicovich: Creo que como padre fuí un gran reparador de esos errores. Tengo algunos problemas con uno de mis cinco hijos, el que adopté. Hay muchos celos con el otro hermano, se mezclaron algunas cosas. Pero mis hijos me adoran, he sido un padre muy dulce.

Noticias: ¿Es un solitario?
Peicovich: Un ser absolutamente oculto. Estoy en esa cápsula que me construí para hacerme un mundo en el cual poder soportar y entender los golpes de mi padre, los misterios de la oscuridad, el hecho de Dios, época importante de mi comunión porque la catequesis coincidió con los momentos en que mi padre más me pegaba. Yo era un “Cristito”, en mi vida familiar, en el dolor, en esa melancolía de la pobreza, muy imbancable. Algo así me pasó cuando llegué a “Clarín”: había muchos periodistas hijos de médicos y abogados. A las once y media, cuando estaba cerrando la edición, todos se rajaban al boliche más próximo y yo me quedaba hasta las dos o tres de la madrugada, hasta que saliera. Una noche lo veo bajar a (Roberto) Noble, la redacción estaba vacía, me llamó y me preguntó si me atrevía a cubrir en San Luis un movimiento sedicioso y tener la crónica a la tarde siguiente. “Cómo no, señor”, le contesté. Al otro día salió en tapa. ¿Por qué hice todo eso? Porque yo no quería volver a los frigoríficos, ¿entendés?

Noticias: ¿Qué le falta para sentirse un hombre completo?
Peicovich: Completar los siete originales que tengo. Es lo que más me entristecería. Tuve un infarto hace 18 años y hasta que llegó la ambulancia conseguí hablar con un amigo, me sentía morir. En ese instante, acababa de llegar de España, abrí la puerta como pude y antes de desmayarme pensé que la más grande tristeza que sentía era hacerle eso a mis hijos. Y no poder terminar mis poemas y relatos.