La base del PBI

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“Nuestras carreras son muy egocéntricas”
Una vida sin límites

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Trenes al borde del colapso

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“De joven hacía cinturones”
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La neurosis del ahora o nunca
“Nos fuimos, para decir lo que queremos”
Oyarbide público y privado

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El profeta de la indignación

¿Sirven para algo las vacaciones?

Entre los múltiples placeres egoístas de los que es posible disfrutar, ninguno es tan gozoso como el de sentir que Buenos Aires nos pertenece a quienes todavía no accedimos al obligado traslado anual hacia la costa o hacia cualquier otro destino. La ciudad está casi vacía y no se puede reprimir un sentimiento de propiedad privada como el que, según Cortázar, se experimenta al sentarse del lado de la ventanilla en un colectivo repleto. En ambos casos, uno se siente a salvo de la aglomeración, de los pisotones, de los empujones, de los consabidos comentarios folklóricos que suscita el amontonamiento. La ciudad es nuestra. Casi no hay embotellamientos en el microcentro. En los bancos casi no hay que hacer cola. Casi no hay gente en los negocios. Uno se siente casi una persona. Sin embargo, a juzgar por los devotos de las vacaciones, uno está un poco muerto y no se ha enterado. Siga revista-noticias.com.ar y Manténgase siempre actualizado de las noticias sobre cultura Argentina.

Porque la congestión es vida. Basta con encender la tele para comprobarlo. Los almuerzos de Mirtha Legrand, los programas de chimentos, los de entretenimientos, se han trasladado a la costa. Los noticieros, por su parte, han repartido sus movileros entre Mar del Plata y Carlos Paz. Desde que Crónica TV anunció que “estalló el verano” no caben dudas de que “la vida está en otra parte”. Más aún, el ruido de los lugares de vacaciones “es” la vida misma. Y en esa vida, según parece, sólo cabe el placer. Gente de todas las edades se apiña frente a las cámaras para saludar con cara de feliz cumpleaños, el día parece un desfile incesante de cuerpos esculpidos en siliconas y la noche, un paraíso de alcohol, música furiosa y desenfreno. El verano es un espectáculo. No es casual que cierto esnobismo vacacional lleve a algunas personas a aplaudir las puestas de sol. El verano, sinónimo de vacaciones, es un paraíso del que se ha expulsado el dolor. Es goce puro. Para preservarlo, los psicólogos enseñan cómo evitar peleas con ese extraño, con esa extraña, que durante el resto del año apenas vemos dos horas por día y ahora es una presencia que no nos da tregua bajo la sombrilla y que nos llena la cama de arena. Los sexólogos, por su parte, indican cómo reencontrarse eróticamente con la pareja durante las vacaciones. Si en el período vacacional su frecuencia sexual no aumenta, está comprobado, su pareja no tiene salvación. Porque las vacaciones se han hecho para gozar. Y entonces, hay que gozar. Vamos, veraneante, goce. Goce hasta que no pueda más. Disfrute de sus vacaciones. Vamos, disfrute. Es una orden.

Descansar es una historia. Antes de que el verano fuera un objetivo de mercado, era, sencillamente, una estación del año en que hacía calor. Aunque parezca increíble, hubo una época en que no existían ni la movida del verano, ni el hit del verano, ni la cola del verano, ni los libros del verano, ni el periodismo del verano. Como tantas cosas, las vacaciones entendidas como el traslado de un lugar a otro fue un invento de los romanos. El emperador Adriano necesitaba unir comercialmente su vasto imperio, razón por la cual hizo construir carreteras que conectaban Roma con la actual España y la región del río Danubio. Las familias patricias y los funcionarios aprovecharon la ocasión para disfrutar del ocio en otras latitudes, para dedicarse al “dolce fare niente” lejos de casa. La noción de vacaciones nació, pues, indisolublemente ligada al viaje y al privilegio de los poderosos.

Nuestro país no fue la excepción. En la década del ’80, Mar del Plata, bautizada con el ostentoso nombre de “la Biarritz argentina“, se convirtió en el balneario de la élite porteña. Pero muy pronto, una pujante clase media le haría perder exclusividad. En el año 47, los almanaques de “Alpargatas” ilustrados por el cronista gráfico Luis Medrano, muestran con detalles costumbristas una Bristol inundada por oficinistas y otros empleados que pelean palmo a palmo un retazo de arena con su correspondiente rayo de sol. El proceso de pérdida de la exclusividad se tornaría irreversible bajo la impronta del peronismo con el advenimiento del turismo social promovido por las vacaciones pagas de la clase obrera. La ilusión de la igualdad social se había puesto en marcha.

Hacia fines de los ’60, Juan José Sebreli, quien desconfía sistemáticamente de las manifestaciones masivas, señalaba en “Mar del Plata, el ocio represivo”, que la ciudad era una réplica de Buenos Aires creada a instancias del desarrollo de la industria inmobiliaria y que constituía una falsa promesa de diversión a cambio de la inclusión de la clase media en la fagocitadora máquina del consumo. Tal vez le gustaría Leer algo más de las noticias sobre economia politica Argentina.
Los cierto es que, tanto en la Argentina como en el resto del mundo, antes de que las vacaciones se constituyeran en una obligación de felicidad, fueron una conquista social. Es posible que por esta razón todavía conserven su carácter de bien inalcanzable finalmente alcanzado, de revancha no ya con las desigualdades sociales sino con la vida misma que nos obliga, como a Sísifo, a levantar eternamente la misma piedra para ganarnos el sustento. Pero curiosa, absurdamente, las vacaciones no son -pese a lo que aparentan- la celebración del ocio, sino la celebración del trabajo. En la Argentina, en que en las postrimerías de los ’90 la desocupación se convirtió en epidemia, es bien sabido que ningún desocupado festeja su ocio flamante aplaudiendo atardeceres disfrazado de veraneante. Lo que se celebra con euforia, lo que se exterioriza con exceso de alegría impostada es esa libertad condicional que inexorablemente culminará con el regreso al trabajo. Un festejo de esclavos.

PARAISOS ARTIFICIALES
Pocos son los valientes que se atreven a confesar que durante las vacaciones la pasaron mal, que el mar no les gusta, la montaña les produce melancolía, la vida familiar los agota o que la inactividad los pone nerviosos. Hacerlo equivaldría a ser tildado de “amargo” y a sentirse tan solo y a contramano como un antifútbol cuando se juega un mundial. No se puede ir contra las verdades instituidas y la felicidad del veraneante es una de estas verdades.

Hollywood nos enseñó que la felicidad tiene una escenografía precisa. Por supuesto, no es una casualidad que a Mar del Plata se la llame con cursilería, “La Feliz”. La denominación no hace otra cosa que exponer con ingenuidad el imaginario social de las vacaciones, no importa cuál sea el destino elegido. Porque, aunque subrepticio y disfrazado, el objetivo último de las vacaciones es lograr una felicidad tan estática como las de las postales con atardecer rojo y lobos marinos de piedra en primer plano. Una felicidad tan brillante y evidente como la de las publicidades de cerveza.

Se trata, por supuesto, de un objetivo imposible, por lo cual, año tras año, está destinado a la frustración. Sin embargo, insistimos. Y no es para menos. La vacaciones son, como las fantasías diurnas en que desarmamos a nuestro archienemigo con argumentos demoledores y lo dejamos pagando: tienen una función compensatoria. En nuestra imaginación son como un tiempo detenido en el que, por fin, seremos capaces de bañarnos –mal que le pese a Heráclito– no sólo una, sino mil veces en el mismo río: el de la felicidad absoluta.